La mentira de Obligado

640px-Museo_del_Bicentenario_-__Combate_de_la_Vuelta_de_Obligado_Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Colaboración especial para lacity.com.ar

 

El régimen inequitativo condenaba a los Estados mediterráneos, que de esa forma quedaban a merced del puerto único.

Se debe mencionar este antecedente para demostrar cómo, a las provincias, solamente les quedaba el recurso de la libre navegabilidad de los ríos para comerciar e imponer derechos y contribuciones en suerte paralela a las aduanas interiores, al menos hasta que se provea otra forma de recursos compartidos que compensen a aquellos.

Dice Ferns que: “La política de Rosas de aranceles proteccionistas implantada en 1835 fue presentada como una tentativa de crear un mercado interno para la industria argentina y de reactivar el comercio interior basado en la producción local. Esto elevó inevitablemente los costos para el sector exportador, que era predominante en la provincia de Buenos Aires y en las provincias litorales de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes. Rosas estaba dispuesto a pagar ese precio, pero sus partidarios, en su propia provincia no lo estaban. El bloqueo francés sirvió de pretexto para dejar de prohibir ciertas importaciones y para rebajar aranceles.”

Como consecuencia, y a fin de procurarse recursos, el 22 de Octubre de 1839, Ferré se dirigió a Rivera y al cónsul francés en Montevideo, Bouchet de Martigny, para pedirle al primero, le devuelva a los soldados correntinos que no vaya a utilizar o que no necesite y al segundo para que le solicite al Almirante Leblanc envíe su escuadra al Paraná a fin de abrir el comercio con su provincia.

La situación llegó a volverse tan tensa ante la falta de recursos, que así como en un momento Salta y Jujuy amenazaron anexarse a Bolivia, hacia 1845 se habló de la República de la Mesopotamia conformada por Entre Ríos, Corrientes y el Paraguay gobernados por Urquiza, Madariaga y López.

Rosas inteligentemente, sumaba la debilidad económica a la preponderancia militar de sus ejércitos, para someter a sus “supuestamente iguales” en régimen o sistema que nada tenía de federal fuera de la divisa punzó.

Para otro historiador inglés John Lynch, en su biografía de Rosas, (“Juan Manuel de Rosas”- Emece) Ouseley el enviado inglés de Lord Aberdeen, junto a sus colegas”…negociaron con los caudillos de Entre Ríos, Corrientes y Paraguay para formar coalición contra Rosas. Justo José de Urquiza, no se mostró contrario a las conversaciones, pero era demasiado cuidadoso para arriesgar su futuro sin el apoyo asegurado de poderosas fuerzas terrestres que garantizaran el éxito.”

Lo cual parece razonable a tenor de lo ocurrido 6 años más tarde cuando ante el apoyo terrestre del Brasil llega a Caseros.

La celebración del Tratado de Alcaraz el 15 de Agosto, entre los gobernadores Urquiza y Madariaga, es parte de la política de defensa de los intereses de las provincias mesopotámicas.

José María Rosa (Historia Argentina- Ed. Oriente) recuerda que este tratado tuvo dos aspectos, uno público, que establecía la paz entre ambas, el regreso de Corrientes a la Confederación y la autorización al Gobernador de Buenos Aires a manejar las relaciones exteriores y otro secreto.

En realidad este último anulaba al público porque establecía, por ejemplo, que la obligación de resistir cualquier intervención extranjera establecida en el artículo 2 del pacto federal no regía con el Uruguay “ni en las diferencias actuales con los gobiernos de Inglaterra y Francia”.

Lo mismo ocurría con el Paraguay cuya relación seguiría como hasta el presente en tanto no llegue el caso de los artículos 15 y 16 del referido tratado (La reunión del Congreso General Federativo).
Entonces sobreviene Obligado, el 20 de noviembre de 1845.

Alentados por las provincias ribereñas del Paraná en conjunción con los intereses comerciales de Montevideo y la expectativa de un lucro superior para los grandes países exportadores, intentando impedir el monopolio de Buenos Aires, la coalición anglo francesa resuelve atravesar el curso fluvial.

La escuadra Inglesa estaba integrada por los vapores Gorgon y Firebrand de 6 cañones cada uno; la Corbeta Cadmus de 18; los bergantines Philomel de 10, Dolphin de 3 y Fanny de 1. La francesa por el vapor Fulton de 2 cañones de 80; la fragata San Martín de 18 cañones; la corbeta Expeditive de 16; el bergantín Pandour de 10 y la goleta Procida de 3.
Además, por cierto, acompañaban los barcos mercantes.
Llevan 600 infantes de marina los ingleses y 200 los franceses.

Los cañones ingleses denominados Peysar, los franceses Paixhans, la mayoría de calibre 80 y los cohetes ingleses a la Congreve que se utilizarían, al menos en Sudamérica, por primera vez, daban la pauta del armamento de última generación con el que se combatiría.

Los defensores habían cubierto el ancho del recodo que hace el curso de agua, de setecientos metros aproximadamente, con tres cadenas amarradas, respectivamente, a proa, a popa y en el medio de lanchones esparcidos en toda su dimensión.

En la ribera derecha montaron cuatro baterías. Tres, aguas abajo de las cadenas, al mando de Álvaro Alsogaray, Eduardo Brown y Felipe Palacios. La cuarta, aguas arriba, a cargo de Juan Bautista Thorne. Los calibres eran del 8, 10, 12 y los más grandes del 20 sumando en total unas treinta piezas.

La tropa era de 160 artilleros, muchos de ellos ingleses, como afirma el mencionado Rosa y también Lynch, quienes defendían los privilegios de los comerciantes de esa nacionalidad instalados en Buenos Aires, que competían con los de Montevideo que habían influenciado en las autoridades en Londres, con las que estaban en total desacuerdo en esta oportunidad.

Se completaba con dos mil hombres entre fuerzas de línea y milicias a cargo del Coronel Ramón Rodríguez, todos por cierto, al mando del General Lucio Norberto Mansilla, el estratega.

Por la relación de fuerzas, como se ve, en la nota anterior, un combate totalmente inútil.
Para los defensores porque sabían que no tenían ninguna posibilidad de éxito y para los atacantes porque su avance sobre el río sólo sería útil en aquellos puertos o lugares en los que tuviesen apoyo terrestre.

Fundamentalmente la batalla era inútil por la injusticia del objeto en los defensores y la torpeza en los atacantes.

La inutilidad del combate resalta con la contabilidad de las bajas.
Del lado porteño sufrieron 250 muertos y 400 heridos, entre ellos el valiente General Mansilla, cuñado de Rosas, conspicuo masón, a pesar de la tenaz persecución rosista a esa organización, lo que demuestra la esterilidad de los actos de esa naturaleza, a quién alcanza la metralla pretendiendo impedir, vanamente, el desembarco.

Fueron entonces, 650 bajas sobre 2.160 combatientes, es decir, alrededor de una tercera parte.
Del lado anglo francés los partes dieron nada más que 26 muertos y 86 heridos.

Como se ve, la sangre de gaucho también estaba muy devaluada para don Juan Manuel, no sólo para sus adversarios unitarios.

La desproporción de las bajas demuestra la criminalidad de las autoridades de Buenos Aires, por el desprecio que significó a la vida de sus ciudadanos, aquel combate en el que fueron sacrificados para beneficiar a un puñado de comerciantes o en todo caso a intereses económicos espúreos y centralistas.

La victoria anglo francesa fue total, sus naves pasaron, siguiendo río arriba y los 325 infantes de marina que desembarcaron al cesar los cañones terminaron de dispersar a las milicias porteñas y toda su caballería.

Una humillación innecesaria, a pesar de la bravura y el valor demostrado por los bonaerenses que alcanza para demostrar que esas vidas injustamente sacrificadas podrían haber servido con la misma honra para objetivos enaltecedores.

La Gaceta Mercantil de Buenos Aires, del 29 de noviembre de ese año, también resaltó a los extranjeros expresando:”… la conducta de los jefes y oficiales franceses e ingleses después del combate les honra, y muestra el respeto que han tributado a un enemigo valiente y generoso…”

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