Un partido, la decadencia moral, el castigo

OPINIÓN

DISTURBIOS2
Foto: Youtube

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Colaboración especial para lacity.com.ar

 

 

La Sociedad Argentina decepciona una vez más. En la caída, cuesta abajo, de su educación, de sus recursos, de los logros que alguna vez, antaño, obtuvo, que diera contemporáneamente un Papa, una Reina, deportistas extraordinarios a nivel mundial o en su momento dos premios nobel de la Paz y varios de Ciencias, ahora ante un frustrado evento deportivo de alcance internacional, exhibe una moral deshilachada que cotorrea excusas culpando a extraños de sus propias falencias.

Da pena ver a una dirigencia societaria culpar al operativo policial de prevención, a un periodismo mediocre y adocenado insistir en las fallas de seguridad, a un inadvertido ministro que renuncia o es echado de su cargo, como si fuera la policía quien hubiera arrojado las piedras que agredieron al plantel visitante el último tramo de su recorrido, agresión que continuó hasta el estadio en donde lo seguían apedreando, según vimos todos en las filmaciones, y en el que, con posterioridad, llegaron a apedrear a la ambulancia que trasladaba a los jugadores heridos a un nosocomio.

Las piedras no las arrojaban los policías ni las fuerzas de seguridad.
Eran arrojadas por los simpatizantes locales, únicos invitados a la fiesta.

Aquí viene la demostración cabal de la decadencia moral.
Lo normal, lo lógico, hubiese sido que los todos los jugadores llegaran a la cancha a emprender la justa deportiva en igualdad de condiciones.

La presencia policial, la prevención, solo puede requerirse por la perversión agresiva que solo puede imaginarse en un colectivo enfermo, compuesto por seres que se consideran impunes y que pueden destrozar, romper, agredir, lastimar, amenazar, herir solo por ser diferentes o pertenecer a una parcialidad adversaria.

Es decir que lo normal es que ni siquiera debiera ser necesaria la presencia policial salvo en una mínima porción para prevenir cualquier atentado fortuito de algún irracional.

Sin embargo, hay que contratar para estos eventos cerca de 2.000 efectivos, en el mejor de los casos, y si se produce un escándalo como el que se vivió, la culpa no es de los vándalos sino de los policías que no actuaron bien.

Y lo que es peor, el presidente de la facción local, en conferencia de prensa agredir a sus contrincantes con declaraciones inapropiadas. “Vení…Jugá…si no somos tan buenos…” Como diciendo: “…por ahí ganas…” típico de un compadrito patotero, al recuerdo de Carriego, o de los cuchilleros de Borges bajo el farol de una esquina, en una barriada del sur porteño del 900.

Lamentable, señor presidente de la Localía, usted no está a la altura, lo suyo es peor que lo del salvaje, quizás analfabeto o alcoholizado, que arrojaba las piedras, palos y botellas, usted no tiene excusas, lo suyo es la enfermedad a flor piel.

El castigo y la lección vino de arriba, del Gran Arquitecto, del Hacedor, de aquel a quien algunos llaman Dios, pues en no menos de 24 horas, al día siguiente, su equipo millonario, pretendiente de un título mundial, perdió la clasificación a la humilde Copa Argentina, con un equipo que juega por el descenso en la liga oficial.

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