OPINIÓN

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de lacity.com.ar
Con motivo de una expresión del presidente de la Honorable Cámara de Diputados.
Según la enciclopedia es una voz de origen incierto. Es una máquina que se compone de un tornillo y una tuerca. Dícese también de cada una de las vueltas de un espiral o de todas. Pasarse de rosca es no entrar bien un tornillo en la tuerca o no coincidir o no encajar bien las vueltas, etc.
La significación política del término o más bien su utilización es absolutamente coincidente con la gráfica enciclopédica.
La reivindicación del mismo por Emilio Monzó, presidente de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación, de un gobierno minoritario parlamentariamente, provocó el aplauso uniforme y generalizado de todo el arco político nacional, sobre todo a partir de su interpretación, que él la encontró en la conversación cara a cara, en el encuentro de dos adversarios, en el hecho de que ello provoca la posibilidad de lograr acuerdos, consensos, alejados de los mezquinos intereses sectoriales.
Desde la vieja definición de la política como el arte de los posible, Monzó llegó a la definición de la política como la búsqueda de consensos.
Seguramente tiene razón, al menos en lo que la Argentina se refiere, porque en el medio de esa modificación, o más bien entre ambas transitamos una política definida como la imposición de una voluntad individual o de un pequeño grupo, en el mejor de los casos, sobre la voluntad general.
La política argentina definida así, nos llevó a los personalismos, al llamado culto a la personalidad, a las autocracias, a la demagogia insana de la adulación a las masas con espurias prebendas para someterlas a los propios intereses, a la moral flexible y sinuosa, a la pérdida de valores sociales tras alimentar el egoísmo sectorial confrontativo.
Se llamó a ello “la grieta” otro termino acuñado en las forjas partidarias que no es más que la continuación de la política por otro modo, como decía el viejo estratega, es una guerra, que es la prolongación de la política con otros modales.
Esa separación insondable, esa diferencia insalvable, ese distanciamiento irreductible, esa facciosidad exacerbada, que practican los enemigos, es el estilo actual de la partidocracia nacional.
La política se transformó en una guerra en la que el otro debe morir o doblegarse totalmente, es necesaria la rendición como final del cuento, no hay nada intermedio.
Qué grave escollo es la pérdida de toda conmiseración, de tolerancia alguna, el derroche de agresividad, la ideologización permanente.
Es difícil para una nación, cuyo concepto es precisamente el de un colectivo unido por sus tradiciones, por un pasado común, por objetivos generales, por su bandera, por sus glorias heredadas por todos, por su épica histórica que forma o debe formar un espíritu común básico, a partir del cual recién proveerse a las diferencias que ante todo aquello nunca deben ser insalvables.
Por eso, proviniendo Argentina de ese estado, es que “la rosca” tuvo el aplauso general, lo que significa que las partes podrían estar hartas de esos enfrentamientos.
“La rosca” es la salida, el acuerdo, los consensos, que significan ceder lo necesario al otro para poder conservar lo que más se aprecia. No hay convenio posible si una de las partes quiere quedarse con todo.
Si una de las partes “va por todo”.
Ojalá tenga suerte Diputado.
