La extranjería y las expulsiones

OPINIÓN

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Otra época. Tranvía de inmigrantes. 1912

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de lacity.com.ar

 

 

 

Se vive en Argentina desde hace ya muchos años, a raíz de diferentes políticas abolicionistas, un recrudecimiento de la inseguridad motivada entre otras cosas por la impunidad delincuencial.

En esta ola, que cambió los hábitos sociales y que se transformó en uno de los problemas más importantes a resolver, la realidad ha golpeado en forma doble últimamente: primero por el incremento delictual y segundo por la gran cantidad de extranjeros como autores materiales o ideológicos de múltiples delitos que van desde el homicidio de sicarios, al trafico de drogas, pasando por los denominados “de arrebato” (motochorros, etc.), entre los más frecuentes.

Más allá de las generosas disposiciones legales, como el artículo 20 de la Constitución Nacional que acuerda a los extranjeros todos los derechos del ciudadano argentino en condiciones de igualdad, el 75 inc. 18 promoviendo la inmigración, y sus concordantes, o las disposiciones de leyes como la de Migraciones número 25.871 en que abriendo los brazos les ofrece todos los servicios públicos gratuitos en paridad con los nacionales, la búsqueda de la existencia del límite, que son las conductas disvaliosas, es inobjetable.

La propia ley de migraciones los establece y con bastante rigurosidad, cuando en el artículo 29 fija las causas que impiden el ingreso o la permanencia de los extranjeros condenados o no, con antecedentes penales en el país o el exterior.

Sin embargo, el tema va más allá de la ley para transformase en un ejemplo de perversión, de mutación , de tergiversación de entidades.

De aquella Argentina que recibía oleadas de inmigrantes tras el lema alberdiano “gobernar es poblar” adoptado por la llamada generación del 80, que venían en busca de un porvenir venturoso y se afincaban con arraigo en todo el país, trabajando la tierra, creando industrias, intermediando en el comercio, pasamos en la actualidad a esta otra inmigración ventajera que lo desprecia y aspira sus recursos.

Hoy nuestros vecinos vienen en planes de ”turismo sanitario”, haciéndose atender gratuitamente en nuestros hospitales públicos para después volver a sus países, consumiendo insumos, trabajo, horas y turnos que les corresponderían a los argentinos o al menos a los habitantes afincados, para lo cual pagamos tasas, impuestos y contribuciones todos los ciudadanos.

Vienen a nuestras universidades gratuitas a estudiar y perfeccionarse y cobrar pasantías y residencias que, como retazos de porvenir, corresponderían a estudiantes locales, para después regresar a sus terruños a aplicar la ciencia que aquí se les regala.

Cruzan la frontera para que sus hijos tengan nacionalidad argentina a fin de ser atendidas en el parto gratuitamente y cobrar los subsidios por nacimiento, por hijo, o por familia numerosa, o por madre soltera, la asistencia universal, o tantos otros.

Ocupan las villas en busca de trabajo marginal no registrado en viviendas precarias, carentes de toda condición sanitaria pero propensos a acceder a innumerables planes sociales.

Y lo que es peor, ante la impunidad vigente, huyen de sus países para delinquir en el nuestro pues aquí, a diferencia de los suyos, no hay persecución penal alguna y entran de la misma forma que salen de las cárceles o prisiones , burlándose de la policía y de ese remedo de Justicia que exhibimos.

Se crean bolsones con monopolios delictivos desde las villas y así están los de la misma nacionalidad y desde algún asentamiento, monopolizando el trafico del paco, o de la cocaína o la marihuana, en zonas determinadas, todo, por cierto, a la vista de cualquier observador por muy poco avezado que fuera.

No se respeta la ley, se traiciona la hospitalidad, se quiebra deliberadamente el orden, se fusionan en mafias peligrosísimas, se establecen códigos de impunidad.

Podríamos afirmar no solo que no hay política migratoria ventajosa, sino todo lo contrario, que la política migratoria es altamente nociva, mientras la realidad política esta preocupada en los regresos al pasado o en las reelecciones del fracaso.

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