OPINIÓN

Por Claudio Chaves, profesor de Historia y licenciado en Gestión Educativa. Director de Escuela Secundaria de Adultos. Columnista especial de Lacity.com.ar
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El 5 de diciembre de 1832 don Juan Manuel de Rosas culminaba su mandato de gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Fueron tres años muy agitados y controvertidos. La Legislatura de la Provincia lo reeligió pero el jefe federal no aceptó pues el ofrecimiento no venía acompañado de las facultades extraordinarias, que por lo bajo reclamaba, esto es la cesión de poder por parte del Legislativo al Ejecutivo y la suspensión de las garantías individuales, en esas condiciones el caudillo se negó al cargo responsabilizando a la Legislatura de futuros problemas institucionales. Naturalmente no abandonó la política inició una exitosa campaña contra los indios pampas que además de jerarquizarlo frente a la sociedad le dio el control de las fuerzas militares de la provincia.
La Legislatura, entonces, propuso a Juan Ramón Balcarce, Ministro de Guerra y Marina de Rosas, asumir el cargo que dejaba vacante el Jefe del Partido Federal Porteño.
Balcarce lo consultó con el caudillo y con su anuencia asumió la Gobernación. Procuró no diferenciarse de don Juan Manuel de modo que mantuvo su gabinete con el claro designio de respetar la línea política del caudillo. Solo un ministro rehusó, lo suplió e inició su gobierno.
Galardones no le faltaban al nuevo Gobernador, había participado en las Invasiones Inglesas, en la Revolución de Mayo y en la Batalla de Tucumán. Daba la impresión de ser un hombre decidido y firme en sus ideas, difícil de ser atropellado. Sin embargo eran solo apariencias. De joven renunció al amor de una jovencita careciente de pureza de sangre pues su madre lo obligó a ello, en la misma época que Mariquita Sánchez decidía sobre su vida amorosa enfrentando a sus padres.
Tomás Iriarte en sus Memorias afirma que Balcarce «era un ciego ejecutor de las voluntades de Rosas, aspiraba al gobierno cuando este cumpliese su término legal y para captarse al gaucho lo adulaba y condescendía con todos sus caprichos». Rosas vio en él a un fiel y leal ejecutor de su política y marchó al Desierto. Dejaba amigos en la ciudad, partidarios fanáticos de su persona, pero fundamentalmente quedaba velando la parada su mujer, doña Encarnación Ezcurra.
A poco andar y como siempre ocurre en la vida política, cuando el poder no se halla en las manos del Jefe comenzaron los problemas. En rigor de verdad las desavenencias se habían iniciado antes, precisamente cuando en la Legislatura de debatió otorgarle o no a don Juan Manuel las facultades extraordinarias. Imperceptiblemente se abrió la fractura del partido federal porteño pues diecinueve diputados votaron por la negativa y solo ocho a favor de Rosas. La mayoría daría origen a los cismáticos o lomos negros, apegados a formas republicanas o como decía Rosas «botarates de las luces y de los principios» y los ocho, a los federales apostólicos o rosistas puros.
A los meses de su gobernación los enfrentamientos se agudizaron. Si Rosas en algún momento pensó que las cosas serían bien manejadas por Balcarce se equivocó de cabo a rabo. El general Iriarte identificado con los cismáticos no esperaba nada de Balcarce, no obstante empujarlo a profundizar las diferencias con Rosas. Decía del gobernador:
«Balcarce por su irresolución y su incapacidad era un apoyo bien débil y menguado; un pobre hombre que no tenía habilidad ni para mandar en su casa. Una palabra de su mujer bastaba a trastornarlo. Engañaba a los que no lo conocían, porque tenía todas las apariencias de un carácter inflexible, de un hombre de las medidas más extremas y desesperadas, era un fuego fatuo, un meteoro que producía una brillante luz que se disipaba sin dejar el más ligero rastro. Un personaje de farsa». Sin embargo un hombre así fue vehiculizado por el antirrosismo.
Las dos corrientes del federalismo porteño que se miraban abiertamente como enemigos por el asunto de que no hay peor astilla que la del mismo palo ya no podían marchar juntas. El arrebato mayor se alcanzó al renovarse la Legislatura en abril y en junio de 1833, triunfando los candidatos de los «botarates» o lomos negros como los bautizó Encarnación por la costumbre de vestir de negro que tenía la elite porteña. Rosas desde el desierto era cauteloso en sus opiniones. En esas jornadas de fractura federal jugó un rol central la mujer de Rosas.
El clima era irrespirable se imprimían una cantidad innumerable de hojas y libelos que sacaban los «cueritos al sol». Las agresiones eran personales e íntimas. En una de sus cartas a su marido Encarnación le contaba sobre la esposa de Balcarce: «Doña Trinidad está como descomulgada y como es loca se anda metiendo hasta en casas que nunca ha visitado; solo a descreditarme; lo mejor que dice es que siempre he vivido en la prostitución como mis hermanas». Y lo pone al tanto también que el propio Balcarce anda en estos asuntos de intrigas y traiciones.
A partir de ese momento Encarnación se transforma en la más feroz detractora de los cismáticos y alma rabiosa del rosismo puro. Estrecha sus vínculos con los caudillos de los suburbios y de las zonas rurales. Convoca a Jueces de Paz y a los militares que en la ciudad juegan de su lado como Agustín Pinedo o Prudencio Rosas, además de los futuros jefes de la Mazorca como Ciriaco Cuitiño o Andrés Parra. Finalmente en noviembre de 1833 Juan Ramón Balcarce presenta su renuncia a sugerencia de la Legislatura.
Últimas consideraciones. Los poderes institucionales estaban bajo control de Balcarce pero la calle estaba en poder de los federales rosistas. A Balcarce le resultaba muy difícil constituir un gabinete. Los rosistas renunciaban y los cismáticos carecían de poder real.
Lo narrado es un muy buen ejemplo de los que sucede cuando el poder político o jefatura se halla fuera del poder institucional. La política tiene su dinámica. Los hechos históricos no se repiten pero la política es una ciencia y quien desconoce como funciona, fracasa. Ya habrá nuevos ejemplos.

Muy bueno…»La historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa…»
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