Amores de estudiante, escribe Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Jura polémica / Foto: Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina

Escrito por Antonio Calabrese*, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

Que son distintos a cualquier otro amor, lo son y quien lo dude, podrá escucharlo en el vals de Gardel con letra de Le Pera y Battistella, que los hizo famosos, encerrando su ejemplo en la pasión del momento, el falso compromiso e inmediatamente después, el alejamiento seguido del olvido.

Si alguien prefiere despejar toda duda al respecto no tiene más que ver el Juramento de los diputados argentinos cuando se incorporan al cuerpo.

El juramento basado generalmente, para gran parte de ellos, en invocaciones absurdas, se transforma en una promesa ridícula, superficial, vanidosa, ilegítima, mentirosa que no es más que la antesala, cuanto menos, de su incumplimiento, lo que no deja de encerrar una traición.

Por eso vemos casi inmediatamente, curiosas volteretas, muchos casos de pases de bancada o de partidos, aún antes de asumir los escaños, de votos en contra del propio bloque, de componendas acomodaticias para negociar las posturas, la prostitución de las promesas electorales engañando a un pueblo que impotente observa el salto de los prófugos.

El artículo 67 de la Constitución Nacional impone que el juramento es de «desempeñar debidamente el cargo, y de obrar en todo en conformidad a lo que prescribe esta constitución» pero vaya uno a saber porque estupidez reglamentaria o consentimiento irreflexivo de las autoridades se permiten tradicionalmente, las extravagancias más insólitas en los noveles legisladores que pintan de cuerpo entero sus carencias y desvíos en un momento que debiera ser tan solemne.

Nada más republicano que el mandato escrito en nuestra constitución por su autor José Benjamín Gorostiaga, aquel convencional, que en su «Esbozo» lo escribiera, para defenderlo luego como miembro informante en el plenario de la constituyente y años después interpretándola como presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, tal como lo señalara Jorge Vanossi entre otros importantes constitucionalistas.

Nada más laico que la asepsia de la norma a pesar que, como decimos, la tradición acepte una breve referencia religiosa en el juramentado, cualquiera sea la misma, aunque estuviera simbolizada solo por la Biblia, en cuyas Sagradas Escrituras, tanto en el Nuevo como el Viejo Testamento, según Mateo y Samuel, por ejemplo, cuyo libro espera posado sobre la mesa que oficia de altar junto a la Carta Magna, se señala que el juramento consiste en la invocación de una maldición sobre si mismo en caso de incumplimiento, recordando al pasar que Jesús de Nazaret, repudiaba los juramentos, a fin de que aquellos, cuyos pliegues insondables del alma se lo imponen, aunque de manera innecesaria, en una referencia a un sometimiento espiritual inexplicable, insistan o se vean obligados a hacerlos.

Es en todo caso, invocar el testimonio de Dios, cualquiera sea su nombre, según el significado de la palabra que describe al acto. Está en cada uno, pues si es creyente supondrá que tiene facultades para demandárselo como las tiene la Patria a través de sus leyes.

Pero en el desvarío, pobreza intelectual y desmesura, la invocación a una pretendida inocencia o exculpación de personas condenadas como delincuentes con sentencia firme, en todos los Tribunales que juzgaron sus procesos, o a la soberanía de países extranjeros como Palestina, por ejemplo, sobreponiéndolo al propio, lo que constituiría una confesión expresa de traición a la nación cuyo pueblo no lo eligió para eso sino justamente para afirmar la soberanía nuestra, o con la obsecuencia desagradable y ruin como único motivo, reclamando libertades incomprensibles en contra de las sentencias, especulando con alguna impúdica ganancia o simpatía, que son los actos jurídicos con los que se expresa otro de los poderes del Estado cuyo deber constitucional es respetar por aquella magistral división de los mismos ideada por Charles de Secondant, el barón de Montesquieu, en el siglo XVIII, como asimismo las extrañas menciones a paradigmas ideológicos, inclusive opuestos, contrarios, a los de nuestro Texto Fundamental, a tautologías como la oposición a algún genocidio supuestamente ocurrido en otro país, las que constituyen una verdadera perogrullada, ¡¡¡como si la Constitución por la que juran lo permitiera!!!, dichos en breves discursos que son verdaderas proclamas que apenas exponen las tenebrosas sombras de sus almas como diría Edgar Alan Poe, demostrando solo la orfandad, la falta de identidad, la negación del propio ser, la ignorancia y la mendacidad de sus «juradores».

Cerrando el vergonzoso episodio, hubo un anciano presidiendo la sesión de juramentos, tomándolos, que ocupaba el lugar reglamentariamente por ser el mas antiguo de los legisladores presentes, antes de elegir las autoridades definitivas correspondientes al próximo periodo, quien con el micrófono abierto que no supo cerrar, se expresaba sobre los cuerpos o la belleza de algunas de las legisladoras que se arrimaban al estrado a jurar, en forma peyorativa, casi insultante y totalmente fuera de lugar.

El nivel de «africanización» engendro de la decadencia de nuestro país, dicho con todo respeto por las nuevas naciones de ese continente que nacen de sus mayorías civilizadas según su cultura originaria tan diferente a la nuestra judeocristiana, que es la de los países de Occidente, constituyendo una expresión muy alarmante, porque ya no representan una insinuación de un pequeño grupúsculo, sino la afirmación de una triste realidad o la alegoría negativa de un místico, sino la verdad de un ignorante, es decir de un tonto, para no seguir con los sinónimos reconocidos por el diccionario de la lengua que agrega también los calificativos de idiota o imbécil.

Esta pauperización intelectual de nuestros representantes solo señala la decadencia educativa de un país que en su momento eligió como representantes, recibiendo en el estrado, a Mitre, Avellaneda, Sarmiento, Pellegrini, Roca, Joaquín V. González y tantos otros, con sus genialidades y contradicciones, pero con las que construyeron una nación otrora poderosa.

Las «Fuerzas del Cielo» no alcanzaran para salvarnos va a tener que intervenir Dios personalmente, para ello.

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