OPINIÓN

*Escribe Mariana Gonzalez, especialista en Computación Científica, Fac. Ciencias Exactas UBA. MBA, ITBA.
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La empresa estadounidense Reflect Orbital está trabajando en un proyecto que consiste en poner en órbita alrededor de cuatro mil satélites, para 2030, con espejos gigantes para reflejar la luz solar hacia zonas específicas de la Tierra, bajo demanda.
Se ubicarán en la órbita baja terrestre, aproximadamente a 625 km de altura, con espejos de 54 m de diámetro. El primer prototipo va a ser el Earendil‑1 con espejo de 18 m y lanzamiento solicitado para 2026. La tecnología es de espejos de Mylar desplegables en órbita (material ultraliviano y altamente reflectante) con orientación activa para dirigir el haz hacia un punto específico de la superficie.
La ausencia de atmósfera en el espacio ayuda a que la luz solar no se disperse ni atenúe antes de captarse, además la energía solar en espacio puede ser mucho más intensa y continua que en la superficie, ya que no se ve afectada por la noche, nubes o polvo atmosférico. La luz reflejada sería 15.000 veces más tenue que el Sol al mediodía, aun así, sería mucho más brillante que la Luna llena.
Según la propia empresa «Reflect Orbital ha recaudado 20 millones de dólares en una ronda de financiación Serie A para acelerar el desarrollo de su constelación de satélites que ofrece luz solar a demanda. La ronda fue liderada por Lux Capital, con la participación de Sequoia Capital y Starship Ventures». Con respecto a los alcances del proyecto la empresa asegura «Acceso solar continuo y confiable a la energía, de día o de noche… salidas de luz ajustables que se pueden escalar para adaptarse a proyectos a gran escala, incluso en zonas remotas… reduce la dependencia de combustibles fósiles, minimizando la necesidad de terreno y materiales… despachable en minutos para apoyar la estabilidad de la red y asegurar la energía donde se necesita… proporciona acceso escalable a la iluminación sin las complejidades de la infraestructura tradicional… sin limitaciones geográficas, garantiza el acceso a la energía incluso en las zonas más remotas y desfavorecidas».
Son muchas las alertas que se están elevando, entre ellas, la contaminación lumínica, los astrónomos alertan que interferirán con observaciones de cielo profundo, aumentando el brillo del cielo nocturno incluso fuera de la zona objetivo, afectando a lo telescopios ópticos, a las observaciones de objetos débiles (galaxias, asteroides cercanos, cosmología). La astronomía es una ciencia no recuperable, una vez degradado el cielo, no hay «filtro» que lo restaure. El daño potencial a la astronomía es desproporcionado respecto al beneficio energético marginal de la iluminación reflejada.
Producirá impacto en la fauna y en las personas ya que la iluminación nocturna artificial afecta ciclos circadianos, migraciones y reproducción de especies nocturnas, comportamiento de insectos polinizadores. Incluso usos limitados podrían producir efectos biológicos acumulativos difíciles de revertir, especialmente si se normaliza su uso.
Habrá riesgo de congestión orbital, ya que aumenta el riesgo de colisiones y contribuye al problema de basura espacial, este riesgo no es hipotético: ya estamos cerca de umbrales críticos.
La idea de iluminar la Tierra desde el espacio con espejos orbitales tiene algo de fábula tecno utópica, promete resolver una situación real ─la intermitencia solar─ con una solución que parece salida de la ciencia ficción. Pero cuando se la mira de cerca, el brillo se vuelve más tenue. La física impone límites innegociables: la luz reflejada desde 600 km de altura no puede concentrarse más allá de un haz amplio y débil. Es un parche luminoso, no una revolución energética.
El proyecto revela algo más profundo: la fascinación contemporánea por soluciones espectaculares a problemas que suelen requerir infraestructura estándar ─almacenamiento, redes, planificación─. En vez de fortalecer sistemas existentes, se apuesta por constelaciones de miles de satélites que añadirán congestión orbital, contaminación lumínica y tensiones con la astronomía.
Es técnicamente posible, pero su valor parece más simbólico que estructural, un gesto de ingeniería maximalista que ilumina, sobre todo, nuestra tendencia a buscar magia donde lo que hace falta es política energética, inversión sostenida y decisiones terrenales.
Pero, hay, además, un efecto social y cultural: la pérdida de la noche, este punto es menos técnico, pero profundo. La noche es patrimonio cultural, es parte de la experiencia humana y científica. Convertirla en un «servicio bajo demanda» implica mercantilizar un ciclo natural fundamental y normalizar su potencial desaparición progresiva. El impacto cultural puede ser tan profundo como el ambiental, aunque raramente se lo incluya en los estudios de viabilidad.
Iluminar la Tierra desde el espacio no es un problema de ingeniería, es un problema de límites planetarios y gobernanza global.
*Imagen ilutrativa.
*Mariana Gonzalez
Otro artículo escrito por Mariana Gonzalez: 3I ATLAS
Computación Científica, Fac. Ciencias Exactas UBA
MBA ITBA
Empresaria en Argentina y Uruguay en empresas de tecnología.
