OPINIÓN

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Inmerso en lo que llama «La batalla cultural» el presidente Milei advierte en 2024 en la cumbre de Davos ante la más alta dirigencia del mundo sobre el peligro que representa la cultura «woke», para la libertad y el sistema capitalista, incluyendo al llamado «progresismo» y la dominación hegemónica de la izquierda socializante tras de él, bajo la pátina de la social democracia, el estado de bienestar, el garantismo, la política de género, el absurdo idioma inclusivo y otras instituciones destinadas a socavar los principios originados en la milenaria civilización judeocristiana, en distintos y diversos términos, pero interpretados uniformemente de esta forma.
El año siguiente en 2025 reiteró el mantenimiento de las denunciadas prédicas socialistas insidiosas, en distintos foros, instituciones y países, envueltas en el canto de sirenas de las ingenuas «almas bellas y generosas», sin notar una reacción proporcionada del mundo occidental ante esta nefasta influencia pese a que se vislumbraba ya en Estados Unidos, Italia, Argentina y gran parte de los países europeos centrales, síntomas de transición, ya sea desde los oficialismos o bien del espectro político en general.
Finalmente en el 2026 expone definitivamente, con claridad, en forma optimista, la doctrina en que se basa lo opuesto a aquel engendro contra el que se batalla.
Es el primer líder o presidente que lo toma como un fenómeno general a diferencias de los demás que hasta entonces lo tratan como experiencias locales en sus diversas variantes, ensayando por ende una primera respuesta universal.
Menciona entonces la demostración cabal del avance de las condiciones de vida en los estados capitalistas, y al éxito de la eficiencia apoyada en la justicia y no en su contra, lo que hace posible y augura un desarrollo y verdadero progreso sostenido bajo un marco de seguridad jurídica y económica.
Esto acredita que las maniobras de los populismos demagógicos, aferrados al éxito fácil e inmediato pero efímero, con el objetivo de mejorar posibilidades para una próxima o inmediata elección o superar alguna crisis temporaria obtenido a costa de la vulneración de cualquier limite moral, político, o del respeto a las libertades no se mantiene en el tiempo y culmina en el desastre y el caos.
Los ejemplos abundan, no solo en lo que fuera el derrumbamiento del bloque soviético, sino que aun después de la caída del muro de Berlín, en los numerosos los paises que comprometieron su vida a través de políticas impulsadas por aquella agenda que hoy se está combatiendo, erradas, equivocadas, fracasadas, con economías cerradas y dirigidas, con corrupción, inflación, aberrantes políticas migratorias, etc., entre los que podemos contar lamentablemente a la Argentina, por supuesto.
En definitiva, la nueva realidad estaba haciendo crujir, rompiendo el saco, a la prédica del maestro florentino, no solo porque el fin no justifica los medios, sino porque ello no siempre acredita el éxito y declara en forma solemne la muerte de Maquiavelo el padre de estas conductas miserables. El ejemplo de Argentina luchando contra la debacle y los éxitos parciales obtenidos en breve lapso, tanto en el plano académico como en la praxis, son objetivos e ilustrativos mientras sus proyecciones fundadas en estadísticas serias auguran triunfos mayores todavía en el futuro de mantenerse las mismas condiciones.
En el caso argentino estos hechos sobresalientes, producto de las acciones del presidente Milei, sostenidas a rajatabla, solo fueron desconocidos por la crítica de minúsculos opositores internos, absolutamente descalificados por el propio pueblo en la última y reciente elección que arrasó con una mayoría indiscutible y amplia en todos los distritos, en apoyo al presidente, a pesar del doloroso sacrificio que impuso el ajuste necesario, puesto que la gente reconoció la imposibilidad de salir de una «fiesta» insólita en la que se transformaron los derroches de décadas populistas, alegremente dilapidantes, sin pagar las consecuencias. Crítica que como decimos, es casi exclusivamente local, de pequeños grupúsculos políticos, sindicales o mercantiles evidentemente preocupados ante la perdida de sus privilegios, pero a contramano del reconocimiento internacional que es indiscutible, tanto por la prensa, en sus titulares, sus editoriales o artículos de fondo como en las reacciones políticas internas de los paises democráticos promocionando actitudes contestatarias con discursos y acciones cada vez más numerosas, levantando foros, reuniones, convenciones, congresos, seminarios, para sostener de manera universal la lucha contra el socialismo en todas sus formas.
La importancia de su prédica, que se asocia a la formación de grandes movimientos en Europa central, y America, lo colocó respetuosamente entre los referentes de esa batalla cultural en el mundo.
El hecho en su trazo grueso puede incluirse, en una tradición histórica de la política exterior de la Argentina.
La Argentina, ese país lejano, casi olvidado, el más austral del planeta, vecino de la Antártida, casi en el polo sur, se encuentra nuevamente señalando en la política internacional rumbos necesarios para la convivencia pacífica, como a principios del siglo XX con la doctrina de su canciller Luis María Drago en contra del uso de la fuerza para el cobro compulsivo de la deuda pública por los países acreedores, o de otro de sus cancilleres el premio Nobel de la paz Carlos Saavedra Lamas por poner fin a la guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay en 1936 o del presidente Hipolito Yrigoyen, declarando a pesar de las presiones internacionales la neutralidad en la Primera Guerra Mundial, en un embrión de la después desarrollada y conocida como la tercera posición, para diferenciarse de los dos bloques bien definidos, o con la actuación de otro de sus brillantes cancilleres como fue Atilio Bramuglia en 1948 cuando presidiendo el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, mediando ante el bloqueo soviético a Berlín y sobreponiéndose a la política del Secretario de Estado norteamericano George Marshall, logró el levantamiento del mismo impidiendo lo que se preveía como la tercera guerra mundial ante las irreductibles posiciones de las partes, que llegaron a provocar el puente aéreo más importante de la historia con la provisión de cientos de miles de toneladas de alimentos diarios para la zona ocupada por los aliados completamente cercada en la ex capital alemana. Bramuglia fue también propuesto por ello, y nunca hubiese sido mejor otorgado, al premio Nobel de la paz por diversas instituciones internacionales y terceros países intervinientes, pero inexplicablemente careció del apoyo de su propio país, por celos internos de las autoridades de entonces que entendieron que su prestigio internacional superaría al del propio presidente.
El discurso del presidente Milei de 2026 en ese importante foro no solo fue económico, lo que de por sí, es parte de su genética intelectual, como lo interpretó un gran sector de los analistas y del periodismo argentino, sino que Milei habló especialmente de filosofía, es decir le dio letra, título, principios universales y permanentes, a una doctrina dispuesta a rescatar a las naciones del «wokismo» e hizo un aporte decisivo a una cultura occidental milenaria nacida entre las sagradas escrituras, los filósofos griegos y el derecho de los romanos, que se pretendía diluir en la maraña de la hipocresía, por detrás de un maquiavelismo exacerbado, que deformaba al pragmatismo político para lucrar con sus resultados, a cualquier costo, de cualquier manera, aunque sea en contra de la justicia.
Algunos pocos, que pretenden influencia, desde la ignorancia, otros desde la envidia, los más desde la impotencia, se niegan a reconocer estos méritos para seguir revolcándose en el fracaso de recetas intentadas en forma reiterada, en años de atraso.
Pero la única verdad es la realidad.
Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: Odio a Trump e hipocresía socialista
