OPINIÓN

*Escribe Claudio Chaves, Escritor, profesor de Historia y licenciado en Gestión Educativa.
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En la década del veinte del siglo pasado se vivieron días de gloria, al menos para una élite mundana ávida de experiencias ardorosas. Tiempos locos, conocidos por la famosa frase: tirar manteca al techo; la diversión como principio fundante, sin el menor asomo de recato, resguardo o intimidad. Todo expuesto, a la vista de un público ávido de emociones rampantes. Había que gozar y el mundo debía enterarse. ¡Por cuatro días locos que vamos a vivir!
Demasiados muertos en la Primera Guerra, mucho dolor. La economía se recuperaba vertiginosamente creando un clima de jolgorio. El charlestón sintetizaba la locura de un hedonismo atlético y Josephine Baker el desparpajo sexual. La sonrisa fácil de la negra de bronce que interpretaba como nadie el clima de época batía espectadores en teatros y varietés; se agotaban las entradas y el público volvía a intentarlo hasta poder verla en su frenesí arrollador. El centro de este alboroto fue París y también Berlín. Josephine vino a la Argentina pero Hipólito Yrigoyen la censuró y no pudo presentarse en el Teatro Colón. La Argentina vivía este clima pero los que podían disfrutarlo lo hacían en Europa. Eran una élite rastacuerina.
Un ejemplo de estos niños bien fue Ricardo Güiraldes autor de varios textos de poca monta. Su máxima obra, muy ponderada por ser un vintage gauchesco, fue Don Segundo Sombra, al decir de Paul Grussac: «Un libro mediocre y mal escrito» (Manuel Gálvez) Como sea, en unos de sus tantos viajes por Europa y con sus libros a cuesta conoció Valery Larbaud crítico literario y traductor de autores a su idioma, naturalmente el francés, dando a conocer en Europa a escritores americanos. Güiraldes tuvo esa suerte, más por sus viajes que por su prosa, y por su obsecuencia escandalosa al reblandecido francés. Deseoso de tenerlo aquí en su patria y en lo posible en su hogar, para darse corte ante el mundillo intelectual que lo rodeaba, el grupo Florida y luego de su muerte, la revista Sur, le envió una carta a su amado Larbaud solicitándole venga al país: «La ciudad de Salta es de una tranquilidad indecible. En ninguna otra parte del mundo he vivido más al margen del tiempo. Usted tiene que venir Larbaud, para que hagamos un viaje juntos. Dormiremos al claro de luna en un lugar que se llama el Socondo, nos bañaremos en el arroyo de las Doncellas, viajaremos por el valle de Humahuaca, cruzando pueblos que se llaman Tilcara o Purmamarca, iremos por las punas a San Antonio de los Cobres o Abra Blanca.
Cruzaremos caravanas de burros cargados de sal, compraremos algún cuerito de chinchilla o negociaremos un lote de vicuñas, y si usted lo quiere, se hará regalar alguna preciosa chinita de catorce abriles, tímida como una corzuela, de quien tendrá los huesos menudos y dócil como los gatos de San Juan de quienes tendrá los ojos sesgados. ¡Y que bien pondría usted su grande alma de poeta a los pies de esa carne simple» (Publicado por la Revista Sur Nº 1 Año 1) Se ve que Victoria Ocampo interpretó esa carta como la pulsión más alta del alma poética del bardo gauchesco.
No sé si vino pero seguramente su espíritu de trovador rosa sintió la estocada de la tierna corzuela. ¡Cómo no se iba a conmover! Un hombre capaz de escribirle a Manuel Gálvez cuando usted venga a Europa: «me dará un gran placer y yo le mostraré mi biblioteca, por fin arreglada en tres salas muy claras con grandes ventanas que dan a los campos solitarios». Almas sensibles la de aquellos hombres capaces de aprovecharse de una muchacha humilde en los profundos valles calchaquíes y disfrutar de bibliotecas abiertas al paisaje bucólico de la campiña francesa.
PD: Gálvez nada tuvo que ver con estas con estas costumbres. Con solo leer Historia de Arrabal alcanza.
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