OPINIÓN

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.
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Desde sus orígenes, Argentina ha mostrado una tendencia autodestructiva. Muchos de sus próceres, lejos de ser reconocidos por sus contemporáneos, terminaron sus días en el olvido o en el exilio. Las guerras civiles, en vez de consolidar acuerdos sólidos, en la mayoría de los casos desembocaron en pactos poco sustentables. En esencia, la estructura de poder apenas varió: si bien cambió la «cabeza» visible, la matriz heredada del virreinato se mantuvo casi intacta.
El traslado de la sede de poder del reinado español a la City porteña no significó un cambio profundo; las luchas internas solo servían para definir quién ostentaba la preeminencia en ese espacio disputado. A lo largo de doscientos quince años, la lógica se repitió: quien accedía al poder en la administración central se convertía automáticamente en enemigo de quienes quedaban fuera. Así, el país nunca logró desarrollarse plenamente ni en lo institucional ni en lo económico.
A pesar de las falencias en otros aspectos, Argentina logró forjar una identidad cultural rica y diversa, abarcando desde José Hernández hasta Borges, pasando por Juan Alais, Gustavo Cerati, Discépolo y Atahualpa. Esa identidad, con sus luces y sombras, se mantuvo firme ante cualquier intento de transformación. Sin embargo, también incluyó una forma característica de enfrentar las contradicciones: en vez de convivir con el disenso, se optó históricamente por destruir al otro.
El gobierno actual es consecuencia directa de ese proceso de enfrentamientos y fracasos acumulados durante más de cuarenta años de democracia. Surgió como resultado del hartazgo social, pero la lógica de confrontación no se modificó: si el adversario ocupa el poder, hay que destruirlo porque no representa a «los nuestros». Esta actitud se evidenció con crudeza el año pasado, cuando la estructura financiera apostó al colapso gubernamental para desgastarlo antes de las elecciones. Una intervención de Estados Unidos desactivó la maniobra, y por primera vez en años, los especuladores perdieron.
No obstante, la confrontación no terminó. Este año, la campaña se orienta a alentar el fracaso económico. La matriz económica argentina ha demostrado su ineficacia, y la decadencia de los últimos cincuenta años resulta evidente. Sin embargo, no se debate una matriz que una al país ni que recupere el protagonismo social perdido. El debate sigue centrado en destruir al que está y en imponer las propias ideas como únicas válidas.
Desde 1970, la industria argentina tomó un rumbo equivocado. Bajo el influjo de Ferrer, se intentó impulsar la consigna de «vivir con lo nuestro», una estrategia insostenible en un mundo que avanzaba hacia el libre comercio. Este paradigma bloqueó el desarrollo del Mercosur: se prohibió la entrada de productos extranjeros más competitivos, como el azúcar de Brasil, el cemento y la metalurgia, privilegiando intereses sectoriales por sobre el bien general.
Brasil, que no dependía de Argentina, cerró sus fronteras en respuesta. Como consecuencia, las industrias tradicionales de las economías regionales quebraron o fueron vendidas, y hoy Brasil comercializa lo que antes era exportación argentina. Así se perdió una de las grandes oportunidades históricas del país. En vez de explotar las ventajas propias, se intentó competir en terreno ajeno, con el resultado previsible de fracaso. Todo lo edificado sin bases sólidas terminó desmoronándose rápidamente, en una cadena de errores que se repitió una y otra vez, casi como un destino inevitable.
A la decadencia económica se sumó una transformación social profunda, que muchas veces pasa desapercibida. Los jóvenes ya no aspiran a ser los trabajadores o empresarios de otras épocas; hoy predominan los colaboradores temporarios y los emprendedores de oportunidades. Esta mutación está ligada al vertiginoso avance tecnológico, que lleva a los adolescentes a no pensar en una profesión para toda la vida, sino en actividades capaces de sortear el impacto de la inteligencia artificial. Los más ambiciosos buscan emprendimientos que les permitan movilidad y flexibilidad, ajustándose a los nuevos tiempos y deseos de cambio permanente.
Volvamos a la intención de destruir al actual proceso político en nuestro país, esos operadores van directo a un nuevo fracaso alentando el fracaso económico como si viniéramos del paraíso.
Hablan de industria nacional sin definir cual industria, hablan de cierres de comercio sin incorporar el imparable crecimiento del comercio digital. De cada comercio que cierra nacen 10 nuevos repartidores que cumplen con el objetivo de inmediates de los jóvenes.
No va por ahí la oposición, si nos ponemos de acuerdo en una nueva matriz institucional, verdaderamente federal, y en una matriz económica que desarrolle todo aquello que nos permita relacionarnos con el mundo, tendremos una nueva oportunidad.
La competencia será para el que administre mejor los recursos.
El mundo se encamina a un nuevo acuerdo de convivencia, es difícil saber cual será, lo que si es seguro que no será el del multilateralismo del pasado. Eso fracasó por corrupción e ineficacia en sus objetivos.
Las potencias serán el eje de poder, articuladas dentro de un sistema en el cual los capitales financieros globales y las grandes empresas sin banderas tendrán un lugar preponderante. Davos es más representativo que la ONU, en ese aspecto.
Dentro de ello las viejas naciones se convertirán en locaciones para la producción de bienes y servicios, las que ofrezcan mejores condiciones serán las más prósperas. Las otras producirán lo que mundo necesita y sus comunidades no serán parte del mundo productivo.
No es el juego político de antaño el que modificará el futuro, los votantes más jóvenes solo exigen buena administración y libertad para su desarrollo. La vieja política solo tiene una certeza perderá.
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