OPINIÓN

*Por Daniel Artana, economista jefe de FIEL.
Las crisis pueden convertirse en oportunidades de consolidar reformas o de, al menos, aprender de nuestros errores. El gobierno heredó una grave situación macroeconómica con desbalances importantes en el frente fiscal y externo. La decisión de postergar el ajuste y financiar los desequilibrios con un importante aumento en la deuda pública no pudo sostenerse más allá de los dos primeros años. Esto sugiere algunas enseñanzas:
1. La inacción fiscal de los dos primeros años fue un error importante. La defensa del statu quo basado en las dificultades políticas de avanzar pierden sustento cuando se repara en el hecho de que la reducción de subsidios a la energía permitió ahorros fiscales que se “gastaron” en otras cosas: aumentos de gasto (partidas sociales y reparación histórica a los jubilados) o reducciones de ingresos de la Nación (aumento en el mínimo no imponible y estiramiento de escalas en ganancias, reducción inicial de retenciones y devolución a las 24 provincias del 15% del IVA que se destinaba al sistema previsional). Los fondos estaban para reducir el déficit fiscal primario pero se utilizaron para otra cosa.
2. Discutir en base a cliches no probados fue otro error.
Por ejemplo, varios analistas dentro y fuera del gobierno popularizaron en 2015/2016 la idea de que el ajuste planteado en marzo de 2001 era de una magnitud tal que lo volvía políticamente imposible de ejecutar. Repetir un shock como ese expondría al nuevo Presidente a perder gobernabilidad. Curioso diagnóstico cuando se repara que en un contexto mucho más complicado que el actual, la propuesta rechazada por el gobierno y por la oposición de entonces era de sólo 0.7% del PIB, aproximadamente un cuarto del esfuerzo que acaba de plantear el gobierno actual para un año con elecciones presidenciales.
3. Apuesta a que los problemas se resolverían solos fue otro error. La decisión de apostar a que el crecimiento económico resolvería los problemas fiscales evitando los conflictos políticos tenía varios inconvenientes, entre otros suponer que la economía crecería sin pausa durante años a una tasa no probada superior al 3% anual.
4. La emisión de deuda de corto plazo, tanto desde el BCRA como desde el Tesoro, aumentó la exposición del país a un “sudden stop”.
5. Los análisis de deuda pública basados solamente en mirar el cociente con el PIB son al menos insuficientes. Se debe prestar atención al costo de esa deuda y al tamaño del mercado local de capitales. Ambos indicadores sugerían que era imperioso reducir el
tamaño del déficit fiscal porque había “demasiada” deuda.
6. Liberar la cuenta capital en una economía muy cerrada al comercio internacional ayuda a generar atraso cambiario. Si, además, se avanza lento (o no se avanza) en lo fiscal, se es muy ambicioso en los objetivos inflacionarios y se emite deuda externa para financiar al fisco, el atraso en el tipo de cambio es inevitable.
7. En países con “temor a flotar”, hay que evitar el atraso cambiario porque su corrección posiblemente sea traumática. Además, el problema termina siendo peor por la tentación de rifar reservas para contener la normalización del mismo.
