El Contragolpe

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Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político.
*Colaboración especial para lacity.com.ar

 

TERCERA NOTA

La firma del Pacto de Versalles de 1783 reconociendo la independencia de los Estados Unidos, humillando al imperio, fue el disparador final de una política de estado elaborada por Inglaterra para América, superando la anarquía de intentos dispersos hasta entonces, como ya hemos visto.

Conjuntamente a aquella centenaria ambición, en la búsqueda del célebre mito del “El Dorado”, coexistieron otros hechos determinantes para obligar a Albión a tomarla.

El bloqueo continental que imponía Napoleón e impedía la comercialización de los importantes stocks de mercaderías inglesas acumuladas por el naciente industrialismo; la pérdida de aquel mercado norteamericano de 13 colonias y dos millones de habitantes; la mano de obra militar desocupada después de Waterloo, imponían una política diferente con el Reino de Indias que tendiera a dividirlo en pequeños o débiles países independientes a fin de eliminar las restricciones del monopolio e impusieran el libre comercio.

Fue ilustrativo, entre otros antecedentes, el libro del jesuita expulsado Falkner “A description of Patagonia” en 1774, como así también el desarrollo de la economía política, las obras de Adam Smith y David Ricardo, entre otros adelantos académicos, que advertían a la dirigencia inglesa que la solución pasaba por lo político y económico y no por lo militar.

En definitiva, no se trataba de la conquista de la soberanía territorial, sino otro tipo de dominación.

La acumulación de capital, los stocks de bienes industrializados, el crédito y sus intereses, eran herramientas más poderosas y menos costosas que cientos de cañones y un multitudinario ejército de ocupación.

Bajo tales principios, que iban a producir ganancias y no pérdidas, entre 1770 y 1804 se presentaron no menos 15 planes de invasión a William Pitt, “el joven”.

El fracaso militar de sir Home Riggs Popham y las invasiones militares de William Carr Beresford y John Whitelock terminaron de afianzar aquellos conceptos.

En 1796 Henry Dundas, vizconde de Melville, recibe perfeccionado un plan elaborado por Sir John Cox Hippisley influenciado por otros dos jesuitas expulsados, los padres José Godoy y Pablo Vizcardo. En ellos ya se hablaba de tomar Buenos Aires para luego pasar a Chile, completándose la idea con los análisis de Nicholas Vansittrat de 1796 que concluían también con la toma de El Callao y por ende de Lima.

Finalmente, Sir Thomas Maitland presenta en los comunes alrededor de 1800, el plan que lleva su nombra que consiste precisamente en la toma de Buenos Aires, para pasar a Chile y culminar por mar el avance hacia Lima y su conquista.

Si alguna duda cabe de ello debe leerse el memorándum de Lord Castlereagh en 1807 al asumir la Secretaria de Estado en la cartera de Guerra del gobierno inglés.

¿Como hacer entonces para lograr las independencias sin ejércitos de ocupación odiados y costosos?

Era necesario encontrar líderes locales, que pudieran encabezar movimientos revolucionarios que se sometieran a sus planes y apoyarlos militar y financieramente a cambio de ventajas económicas, en caso de éxito, para poder dominar a esas nuevas naciones débiles con pesados créditos (Baring, etc.) e inundándolos de mercaderías costosas.

La premisa impedía, asimismo, la creación de una nueva nación bioceánica en el hemisferio sur, igual a la del norte, que dominara tanto el océano Atlántico como el Pacífico con todos sus puertos, de los que dependía el reaprovisionamiento y dominio de los mares de las naves inglesas concordantemente con su ambiciosa política comercial.

Tanto la idea de la Gran Colombia, o de la confederación sudamericana de Bolívar, como las últimas instrucciones, del Directorio, de Pueyrredón a San Martín antes de cruzar a Chile, iban en ese peligroso sentido para Londres.

Para cumplir estos objetivos realizó una notable tarea previa de inteligencia trabajando para ella desde 1797 William Pius White; a partir de 1804 James Florence Burke; un escoces de apellido Russel que denunciara los tesoros de Sobremonte; Thomas O’Gorman el marido de Ana Perichon, la amante de Santiago del Liniers; Alexander Mackinon; Robert Ponsonby Staples; James Paroissen luego íntimo colaborador de José de San Martín; los hermanos Robertson, uno de los cuales fue invitado por San Martín a observar el combate de San Lorenzo desde el campanario de la iglesia, como si fuera una representación teatral o más bien un control directo de su actuación.

Para ello eligieron a dos personajes ideales para cumplir su objetivo, de distinto fuste y diferente perfil, con los que tuvieron disímiles vinculaciones.

Simón Bolívar, un tanto rebelde, del que fueron aliados, al que aportaron armas y hombres, en la conocida legión británica, y José de San Martín que podría considerarse presumiblemente un agente en el extremo sur del continente destinado a cumplir, con puntos y comas, el plan largamente elaborado por el Foreign Office en el medio siglo anterior.

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