El canto de los nibelungos (en versión nacional y popular argentina)

OPINIÓN

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Muerte a traición de Sigfrido (Cantar de los nibelungos) / Foto: Ross Verlag

Escribe Roberto Jordan, abogado constitucionalista, colaborador de lacity.com.ar.

 

 

 

Lectura: 4 minutos

En la obra de Wagner y en el poema medieval germánico del siglo XIII, «El canto de los Nibelungos» se trata un relato, entre mítico e histórico, de traiciones y felonías, entre hermanos, parientes, socios, aliados, a cual más cruel y despiadada.

Es una versión anticipada, en realidad, de la historia nacional, sea esta considerada popular o no.

Para no ir más lejos del bicentenario reciente, recordemos que en el acto fundacional de la patria, el 25 de Mayo de 1810, todos los padres fundadores, juraron ante los libros de la ley sagrada, ante Dios y la Virgen, fidelidad a Fernando VII, sin embargo, según la historia oficial, lo que pretendían era liberarse, independizarse y desplazar al monarca.

Una felonía de aquellas, sin duda.

Podría decirse que desde allí se institucionaliza el perjurio.

Más adelante, el pobre y leal Manuel Dorrego repatria al ejercito abandonado en la Banda Oriental, después de una victoria militar y una derrota diplomática, también producto de una deslealtad, y con esfuerzo descomunal paga sus emolumentos atrasadísimos, y recibe como respuesta, la rebelión y la muerte por fusilamiento, encabezada por el General sin cabeza, Juan Galo de Lavalle, envuelto en la ambición de poder incubada por sus conmilitones.

Tiempo después, Urquiza traiciona a los federales, de quienes se proclamó líder, no solo derrocando a Rosas, sino abandonando a todos los caudillos de ese signo, que a través de los coroneles de Mitre son asesinados, como el «Chacho Peñaloza», o parten al exilio, tarde o temprano, como Felipe Varela, antes de terminar bajo el puñal de un coterráneo López Jordan.

Sobrevolamos antaño a López y Ramírez, que después de arreglar con Buenos Aires, dejan en soledad a Artigas y destruyen a la Confederación «de los pueblos libres».

Para cerrar el círculo, los Unitarios redactan una constitución federal disfrazándose de tales.

Otra historia de curiosos ribetes fue la de Luis y Roque Sáenz Peña, padre e hijo, pues al conocerse la posible candidatura a presidente de la Nación de Roque, el hijo, por una facción del Partido Autonomista, para neutralizarla, otra facción le ofrece la Candidatura al padre, Luis, quien acepta desplazando a su vástago, el que renuncia ante la magnitud de la traición.

Se podría recordar asimismo, poco tiempo después, la traición de Marcelo de Alvear y los antipersonalistas a Hipólito Yrigoyen, quien había traído al «dandy» o «bon vivant» desde París para hacerlo presidente.

El anecdotario se multiplica y son un sin número de historias similares que van cubriendo los tiempos y que no repetiremos para no aburrir y extender este artículo.

Claro que, solo con esto basta, para comprender el periplo sinuoso de Alberto Fernández, que hasta hace unas horas calificaba de inmoral, cómplice del crimen de Nisman y traidora a la patria por la firma del memorándum con Irán, a su compañera de fórmula, o como Sergio Massa, que hasta ayer era el primer denunciador de los Kirchner por corrupción, degradación institucional y otras satrapías evidentes, junto a su socia Margarita Stolbizer, pero hoy se cuelga de las faldas de Cristina, adorándola, por una banca de diputado nacional (y vaya uno a saber cuánto más) o como Miguel Pichetto, jefe de la bancada opositora nada menos que del Senado de la Nación, durante todo el período macrista, y hoy es el candidato a vicepresidente de Mauricio.

Todo ello para no hablar de tantos otros como por ejemplo Pino Solanas, ayer aliado de la expresión más «gorila» de la política argentina, es decir Carrió, para obtener una banca en el Senado, transformándose hoy en furgón de cola del kirchnerismo camporista para obtener otra banca, esta vez, más devaluado, quizás, solo en diputados.

Todo lo cual demostraría por qué los argentinos no somos personas de «principios»… sino de «finales».

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