Bugs Bunny no jode a nadie

OPINIÓN

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Foto: coyote521

Por Claudio Chaves, profesor de Historia y licenciado en Gestión Educativa. Director de Escuela Secundaria de Adultos. Columnista especial de Lacity.com.ar.

 

 

 

 

Lectura: 8 minutos

Quizás al lector le parezca una zoncera meterse con un tema tan baladí como son las ideas del Presidente acerca de los dibujos animados, Disney, la Warner Bros y Hollywood. Posiblemente el lector tenga razón. Pero el asunto me entusiasma y no puedo refrenarme.

Lamentablemente no podemos hacerlo sobre un texto por que Alberto declaró en la conferencia que sus ideas están en un artículo Académico que jamás publicó. Como se trata del Presidente de la Nación y de un artículo Académico jamás publicado, es que me permito como docente e historiador abordar sus palabras verbalizadas en compañía del dirigente de izquierda uruguayo, Pepe Mujica. Allí afirmó, entre otras cosas, que los dibujos animados actúan como sistemas de control social, como lo hacen la familia, la escuela y los medios de comunicación. Es posible que así sea, sin embargo estas instituciones dan para más que esta mirada penitenciaria.

En principio, no hay dudas, que el sostén de sus afirmaciones descansa en el pensamiento del filósofo marxista, luego ex, Michel Foucault, quien analizó las distintas formas de control social y las instituciones creadas para lograrlo. Sin nombrarlo es evidente la influencia que ejerce sobre Alberto como otros pensadores, de la misma línea, todos ellos muy de moda en las ciencias de la educación durante las décadas del 60 y el 70.

Lo risueño del asunto es que para Fernández los dibujos animados y particularmente Bugs Bunny son una creación mortífera del sistema capitalista dirigida conscientemente a generar disvalores como el individualismo. Y aquí está la pata de la Sota. ¡El maldito individualismo! Alberto debería leer la Comunidad Organizada. Allí decía Perón «Si hay algo que ilumine nuestros pensamientos, que haga perseverar en nuestra alma la alegría de vivir y de actuar es nuestra fe en los valores individuales como base de redención…»

Más adelante y en una feroz crítica al marxismo y a toda ideología colectivista observaba: «Lo que en ambas formas se hace patente es la anulación del hombre como tal, su desaparición progresiva frente al aparato externo del progreso, el Estado fáustico o la comunidad mecanizada». En fin sería azaroso extendernos más. En síntesis para el general, que el Presidente Alberto afirma valorar, la individualidad en el marco del respeto del bien general es el ideal filosófico del peronismo. Los derechos y las obligaciones. Nada nuevo. Pasa que no existe más peronismo. Ya nada queda de él. Aunque usurpen su membresía.

La crítica al consumismo que realizó en la exposición mentada y que naturalmente cautivó a Mujica, que vive como piensa, no se entiende en quien va a presidir un país en que la mitad de sus habitantes no consumen. El problema central de la Argentina de hoy es la falta de consumo. Alberto debería pensar antes de emitir frases hechas en los 60, en naciones opulentas. Repetirlas en Hispanoamérica luce a fotocopia, algo muy caro al peronismo cultural. Al menos ha tenido la honestidad de reconocer su admiración juvenil por los hippies.

Los dibujos animados, los mensajes subliminales, las películas o las series influyen si ellas calan en los fundantes culturales nuestros. Si no, es apenas un tour por otras culturas. En definitiva un conocimiento. De ser ciertos los argumentos fernandinos, el daño ocasionado por Caperucita Roja, Hansel y Gretel, la Bella Durmiente o el mismísimo Chuky serían incontables a lo largo de la historia. ¡Ni que hablar de Pinocho! Hablando de estas cosas, es extraño que Alberto no haya desarrollado, académicamente, una investigación sobre la influencia de los superhéroes salidos de Hollywood, todos ellos, campeones del bien absoluto, herederos del Prometeo desencadenado, portadores de un espíritu heroico asimilable a los dioses, vanguardias iluminadas y hombres de alma bella y noble sobre un sector de nuestra juventud. Podría como hizo con Bugs Bunny asimilarlos a las vanguardias guerreras del 60 que se llevaron todo por delante dejando una estela de desolación y muerte.

Ahí, sin embargo, conviene no meterse ¿Verdad Alberto? De todos modos sería un disparate como Bugs Bunny.

 

LO PREOCUPANTE
Más que los mensajes de extranjería lo que debiera inquietarnos son aquellos que vienen de las profundidades de nuestra historia y están grabados a fuego en nuestra cultura.

Nos modelan y condicionan. Hay varios pero en la oportunidad voy a referirme a uno.

En la Argentina hay una valoración de la delincuencia o mejor dicho del delincuente, del malviviente o el pillo, como quiera llamársele. Y naturalmente esta valoración nada tiene que ver con las películas o series hollywoodenses.

Ellas existen, se proyectan en nuestras pantallas y reafirman nuestras inclinaciones, no las crean. Viven en nosotros. El Martín Fierro y Juan Moreira son dos ejemplos luminosos de lo que aquí se manifiesta. Fierro, se transformó en un asesino, se llevó dos hombres a la tumba, pero José Hernández tuvo la capacidad literaria de hacer de él una víctima de un Estado opresor e injusto, donde los crímenes, tratados con una pizca de piedad y conmiseración, son sobrellevados por el lector y asimilados sin censura pues el autor ha tenido la habilidad de maquillarlos. En el caso de Juan Moreira el asunto es grave. Eduardo Gutiérrez es el que novela la historia de este criminal y malviviente haciendo de él un personaje romántico. La familia Podestá, creadores del teatro nacional de fines del siglo XIX, teatralizaron la obra presentándola en su circo itinerante en distintos pueblos de la provincia de Buenos Aires. En más de una de sus presentaciones, hombres de pueblo, asistentes al espectáculo, buscaron apuñalar al policía que en la obra ficcionó al asesino del facineroso.

He tenido la oportunidad de revisar el expediente judicial de Juan Moreira en el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, en La Plata. Leerlo repugna. Se trata de un criminal nato, que asesina sin razón y sin piedad. Muchos años después Leonardo Favio, plenamente identificado con el peronismo, al punto de ser el presentador fallido de la llegada de Perón a Ezeiza en 1973 y autor de un extenso film sobre el General, realizó una película sobre este criminal. Sin respetar la realidad en ninguno de sus aspectos.

Hizo de él una víctima. Solo a manera de ejemplo. Moreira era un personaje achinado, picado de viruela, bajo y regordete y poseedor de una ira irrefrenable. En la película Moreira fue representado por Rodolfo Bebán, desde el vamos todo fue un embuste. Pero la exaltación de la delincuencia caló hondo en sectores del peronismo y la nueva izquierda. Y es aquí que volvemos al comienzo de esta nota y a Fernández. Su crítica pública a Chocobar diciendo que mató por la espalda, además de mentirosa va en la línea de la defensa del maleante y en la dirección de Foucault que fue un defensor acérrimo de la delincuencia, la depravación y los excesos, al punto que se jugó por la libertad de un preso, Knobelspiess, al que logró sacar de la cárcel aunque luego reincidió dejando en ridículo al filósofo. Todo coincide en el kirchnerismo. Todo se junta. El pensamiento destructivo tiene el encanto de la marginalidad burguesa. Podría ser una investigación académica.

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