Opina Norberto Zingoni: Aquí no podía pasar… y pasó

OPINIÓN

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Coalición de gobierno PSOE-Podemos / Foto: La Moncloa – Gobierno de España

Por Norberto Zingoni, escritor, abogado, corresponsal de LaCity.com.ar en Europa.

 

 

 

 

Lectura: 5 minutos

Pasó que el Partido Socialista Obrero Español formó gobierno con los separatistas catalanes y vascos y también con los neocomunistas de Podemos (ejercen una vicepresidencia) y con los descendientes de la organización terrorista ETA (hoy Bildu).

Muchos españoles no creían (o mejor: no querían creer) en que se plasmara la incorporación al gobierno de partidos que no solo no aceptan la monarquía parlamentaria sino que rechazan la Constitución que votaron masivamente los españoles en 1978 y que les dio 40 años de paz y desarrollo. Y, en el fondo y en la forma, son partidos secesionistas que cuestionan la Transición modélica de la dictadura de Franco a la democracia. Transición que supuso una reconciliación de viejos adversarios de la guerra civil. Reconciliación hoy atacada por leyes como la Memoria Histórica que tienden a revivir las heridas de la guerra civil. Ante la posibilidad de que el comunismo, junto a separatistas y partidos ex Eta gobernarán España muchos españoles rechazaban esa posibilidad y se consolaban con aquello de «aquí no puede pasar».

Y citábamos que la incredulidad española en que eso pasara tenía resabios de Eli Wiesel quien inmortalizó la frase «aquí no puede pasar». Sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald (suerte que no corrieron su madre, padre y hermana que fueron asesinados) Wiesel contaba que apenas tomado el poder por los nazis, un viajero (siempre hay un «loco» solitario que advierte) llegó a un pequeño pueblo perdido en las montañas de Hungría y les contaba que los nazis había llegado a Budapest y que habían empezado a perseguir y exterminar a los prisioneros en especial a los judíos. Confiados en la lejanía de su pueblo y lo alejado de la política de su pequeña aldea, los habitantes de ese perdido lugar rechazaban al viajero y negaban todo peligro con aquella frase: «aquí no va a llegar» o «aquí no puede pasar». Pero el nazismo llegó. Y pasó lo que no se quería creer.

La comparación es al solo efecto de la fase de incredulidad que rechaza las advertencias sobre lo que puede pasar. En este caso en España muchos españoles negaban la posibilidad de que haya un gobierno piloteado por los comunistas. Hay inquietud. Al menos la mitad del país (quienes votaron al Partido Popular, a Ciudadanos y a VOX) está en contra de esta alianza contra natura del Partido Socialista. Pero no solo eso: ¡un porcentaje de los votantes del socialismo también está en contra de esta alianza! ¿Y entonces? Pues algo que los argentinos conocemos muy bien: llegar al poder por encima de todo.

Y esta ambición desmedida de poder es aún mucho más grave en países cuyas instituciones funcionan poco y mal. Con una economía devastada, una justicia ausente, una pobreza desgarradora son carne de autoritarios y demagogos. Ojalá que me equivoque y la sensatez prime en los nuevos gobernantes argentinos y nos convoquen a la reconstrucción del país. Pero la experiencia sugiere al oído: cuando falta un proyecto nacional, un proyecto sugestivo de vida en común (Ortega) asoma el autoritarismo y la descalificación del «otro». Por ello creo en la convocatoria a un Proyecto común avalado por la mayoría del pueblo argentino.

Por lo que se está viendo ─y sobre todo oyendo en los medios de empinados miembros del nuevo gobierno─ en España hay por estos días un miedo difuso, molesto, que quizá arranque del subconsciente español: el recuerdo de épocas violentas que empezaron por la violencia en el lenguaje. Como decía el rector de la Universidad de Alcalá, Virgilio Zapatero hace unos años cuando empezaban los enfrentamientos: todo proceso de violencia política siempre empieza por la perversión del lenguaje. «Reaparece como adjetivo (descalificativo, por supuesto) el término de comunistas, se unen socialismo y corrupción, el conservador se convierte fácilmente en fascista, la crítica se demoniza como radicalismo, la Constitución empieza a no ser punto de encuentro, sino línea divisoria entre unos y otros; se vuelve a adjetivar y patrimonializar el término España, y las diferencias legítimas entre partidos del arco constitucional se convierten en traiciones».

Tengamos cuidado: tanto la Argentina como España saben ─y lo han sufrido, ¡y tanto!─ de la violencia. Que suele empezar casi imperceptiblemente. Salvo para los «locos» que advierten. Y que son rechazados con aquello de «aquí no puede pasar».

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