Opina Antonio Clabrese: Los mafiosos descendiente de italianos

OPINIÓN

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Foto: Municipalidad de Córdoba

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de lacity.com.ar

 

 

 

 

Lectura: 8 minutos

Desde la vulgaridad y con ordinariez, recientemente se recordó a la comunidad de descendientes de italianos en la Argentina, como un conjunto de mafiosos.

Basta recordar algunos nombres para advertir la significación de ese pueblo en estas tierras que empieza en 1492 con un marino judío genovés llamado Cristoforo Colombo, quien el 12 de octubre de ese año llegara buscando las Indias probando la redondez de la tierra.

Pero fue con los viajes y estudios de otro italiano llamado Américo Vespucio, que se dio el nombre definitivo al nuevo continente América.

Vespucio en un viaje realizado entre 1501 y 1.502 descubrió el Rio de la Plata antes que Juan Diaz de Solís como así también a nuestras islas irredentas, las Malvinas, mientras que fue otro marino italiano, Sebastián Caboto, el primero en adentrarse en nuestro territorio antes que los colonizadores españoles navegando los ríos de la Plata, Paraná y Paraguay, fundando en la intersección del rio Carcarañá el fuerte Sancti Spiritu, que luego fuera exterminado por los indios originarios del lugar.

Pero no solamente en la conquista del continente, sino también en la formación de la patria, tuvieron vital incidencia, para lo cual debemos recordar que tres de los siete vocales de la Junta de mayo de 1810 eran hijos de genoveses, me refiero a Castelli, Alberti y al doctor Manuel Belgrano, también creador de nuestra bandera, símbolo de la soberanía y verdadero libertador de la patria, triunfador en las batallas de Salta y Tucumán, después de las cuales ningún realista piso el suelo de la patria, todo ello sin olvidar a aquel gran agitador y revolucionario que fue Berutti, hijo del Escribano Pablo Berutti, creador de la escarapela, primer símbolo distintivo nacional.

La referencia es algo más que numérica porque eran, sobre todo de la mano de Belgrano, los introductores de las ideas filosóficas vigentes en la Europa moderna de los neofisiócratas italianos, y más que nada de Antonio Genovesi, al abate Candiani y Gaetano Filangieri, que podrían inferirse de las memorias consulares de Belgrano y del célebre Plan Revolucionario de Operaciones.

Se dice que en «La representación de los hacendados y labradores» de Mariano Moreno, hay párrafos enteros que pertenecen a Antonio Genovesi y de las ideas de Belgrano escritas en «el telégrafo Mercantil» que son atribuidas al pensamiento de Gaetano Filangieri.

En otro orden de cosas, y en lo institucional, recordamos a cinco presidentes argentinos de origen italiano.

El primero de ellos fue Bartolomé Mitre que descendía de Ventura Demetrio, un marino italiano que vino a fines del siglo XVII al Rio de la Plata.

También castellanizó su apellido Giovanni Baptista Giusto, Juan Bautista Justo, que fue el padre o digamos de quien descendieran dos primos hermanos, el Dr. Juan B. Justo, quien fundara el socialismo argentino y el presidente General Agustín P. Justo.

Asimismo, recordamos al Dr. Carlos Pellegrini, hijo del arquitecto y pintor Carlos Enrique Pellegrini, que se radicara en el país hacia 1826, al Dr. Arturo Frondizi, quien asumiera la presidencia en 1958 y por último el tres veces presidente General Juan Domingo Perón, cuyo apellido original era Perrone, siendo castellanizado por sus ascendientes directos.

Pero no solamente influyó la colectividad italiana en el pensamiento, la filosofía y la política, también lo hizo y en gran medida, yo diría que decisivamente, en la industria, la producción, las artes, la arquitectura.

En este sentido podemos arrancar desde los saladeros de Rosas, que fueran construidos por Jerónimo y Santiago Rocca, naturales de Lavagna, Génova; pasando por el cultivo e industrialización del algodón que efectuaron los inmigrantes italianos hacia 1870 y 1880; así como en Entre Ríos entre 1857 y 1890 se fundaron más de 2000 colonias de agricultores italianos y en Córdoba, para ese entonces más de 400; En Santa Fe para la misma época el área sembrada de trigo pasó de 20.000 has. a más de 500.000, gracias a la colonización italiana.

Entre 1857 y 1914 entraron al país más de 4.665.000 inmigrantes de los cuales aproximadamente 2.800.000 provenían de Italia y tenían esa nacionalidad.

Algunos de ellos se radicaron, por ejemplo, en Mendoza, en donde más del 90% de los viñateros terminaron siendo italianos, bastando recordar para ello los apellidos de los más importantes: Tomba, Graffigna, Giol, Gargantini, Ruffini, Furlotti, Gabrielli, etc.

En el campo de las finanzas, hay que recordar que la primera casa de cambios que se estableció en el país fue en el año 1830 fundada por Felipe Accinelli y que en 1871 uno de los Bancos, más importantes fue el de Italia y Rio de la Plata.

Otros industriales importantes que trascendieron la esfera personal fueron Agostino Rocca, fundador del grupo Techint, primera multinacional de origen argentino o Torcuato Di Tella fundador de uno de los imperios industriales más grandes de Sudamérica en su momento.

En la industria alimenticia los nombres de Canale, Terrabusi, Mastellone, etc., son nombres reconocidos en todo el territorio nacional y los países vecinos.

También en el arte y la arquitectura se ha notado la huella profunda que dejara esta minoría inmigratoria italiana y así podemos mencionar, entre otros, a Mario Gallo, productor y director de la primera película argentina llamada el «Fusilamiento de Dorrego», actores como Luis Sandrini, cultores de la música popular como Enrique Santos Discépolo u Homero Mansi cuyo apellido verdadero era Manzione, a quienes el tango y su identificación con Buenos Aires tanto le deben, todos de descendencia italiana igual que Benito Chínchela o Quinquela Martín, Carlos Castagnino, Antonio Berni, Petorutti, genuinos representantes de la pintura argentina que son precios muy caros en el mercado internacional del arte.

Sin embargo, es en la arquitectura y la ingeniería, en donde dejaron una huella más que imborrable, fueron los constructores jesuitas italianos quienes construyeron la Catedral de Córdoba, una de las obras más importantes del virreinato del Rio de la Plata, al igual que el Cabildo de Buenos Aires. El Ingeniero Lázaro Solari de la provincia de Génova, llegado al país en 1865 construyó la iglesia y el Colegio del Salvador, mientras que Nicolás Canale, que llego en 1858 y su hijo José, fueron los primeros constructores de casas de dos plantas en la República Argentina e introdujeron la técnica del hormigón armado. Construyeron también la Iglesia de la Piedad sobre la calle, hoy Bartolomé Mitre y la de la Inmaculada Concepción, así como José Bernasconi, originario de Como, construyo más de 157 edificios en la Capital Federal, entre ellos el imponente y majestuoso Palacio de los Tribunales.

En esta breve reseña es imposible olvidar a Juan A. Buschiazzo, constructor de los hospitales, Rivadavia, Duran, Rawson y la remodelación del italiano, en la que fuera casa de Dalmacio Vélez Sarfield, como al ingeniero piamontés Juan José Medicci que hizo la nivelación y planeamiento de la ciudad de La Plata y construyo el fabuloso Palacio de Aguas Corrientes, sobre la avenida Córdoba entre las calles Riobamba y Ayacucho.

Siguiendo con la autoría de las grandes obras y edificios debemos mencionar al arquitecto Francesco Tamburini autor y constructor del teatro Colón y más recientemente de Clorindo Testa, constructor y diseñador de la Biblioteca Nacional y el Banco de Londres, entre otros o a los arquitectos Pablo Besana y Víctor Meano constructores y directores del imponente edificio del Congreso Nacional.

Para finalizar, no podemos olvidar al ingeniero romano Cesare Cipoletti, constructor de los diques sobre los ríos Mendoza y Tunuyán, o sobre el río Salí, el llamado el Cadillal, en la provincia de Tucumán, debiéndose a su genio además nada menos que toda la obra hídrica y de irrigación del valle de Río Negro, como tampoco al ingeniero Luigi Luiggi constructor de Puerto Belgrano, los puertos de Rosario y Bahía Blanca y la ampliación definitiva del de Buenos Aires.

Da pena la ignorancia.

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