Opina Flombaum: Autoridad, solidaridad, anomia

OPINIÓN

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Presidente argentino, Alberto Fernández, junto al gabinete / Foto: @CasaRosada Twitter

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

 

 

 

Lectura: 6 minutos

La pandemia dejará, cuando vaya finalizando, muchos puntos para el análisis. En las políticas sanitarias, en el tremendo ajuste en la economía global, política exterior. Quiero reflexionar respecto de un tema que ya aparece en la superficie en el poco tiempo que lleva esta crisis.

Hoy podemos analizar cómo se comportaron, ante este imprevisto, los gobiernos y las sociedades en diferentes países y los resultados de esos comportamientos.

Quisiera englobar en tres grandes características al conjunto de los países para finalmente dedicar unos párrafos a nuestro país.

Groseramente intento agrupar a aquellos países en los que se distingue la autoridad del estado como factor determinante, aquellos en que han logrado autoridad, consenso y solidaridad y aquellos en que han demostrado debilidad institucional y anomia en la sociedad.

Incluyo en el primer grupo, y sin ningún tipo de subjetividad, a China que fue distintivo, también Corea de alguna manera, se sabe poco de Rusia, pero seguramente será parte de ese grupo.

Al norte de Europa, Alemania los países Escandinavos y Holanda los agrupo en aquellos que tienen estados fuertes, basados en una comunidad apegada a la norma y solidaria entre sí.

En cambio, a Italia y España, como así también, y esto es una novedad, los EE. UU. se han comportado con debilidad institucional, anomia en su sociedad y falta de solidaridad en sus comunidades.

De ninguna manera desmerezco la calidad humana y cultural de los pueblos de estos últimos países, todo lo contrario, lo que afirmo es la indudable consecuencia para el comportamiento social que tiene la tremenda baja en la calidad de los dirigentes en esos países.

Mucho se ha discutido sobre si los dirigentes son representativos de la sociedad, o si de una generación de dirigentes o de un líder surgen los grandes pueblos.

No pretendo zanjar para nada ese debate, que supera el sentido de este artículo, pero claramente occidente está sufriendo una etapa de muy malos dirigentes. De los mismos pueblos surgieron grandes hombres, como Churchill, De Gaulle, Felipe González, Aldo Moro, Roosevelt, Kennedy, por citar algunos, omito a nuestro país por la razón de mantener la atención del lector.

Ahí es donde me atrevo a afirmar que el debate de los orígenes de los dirigentes y de los grandes pueblos seguirá vigente.

Gran parte de las democracias occidentales viven una crisis de magnitud por la baja calidad de sus dirigentes, seguramente será materia de estudio las razones, pero mientras encontramos una salida superadora los sectores más débiles de las sociedades sufren las peores consecuencias.

Hay elementos nuevos a tener en cuenta, la hiper comunicación de los pueblos a través de las redes sociales, inciden directamente en las conductas comunitarias. Esto es un dato, no se puede modificar sin vulnerar la característica distintiva de nuestro sistema, la libertad individual.

Ante eso los dirigentes pueden tomar dos actitudes, dejarse conducir por la tendencia de esas redes o interactuar con ellas para orientarlas hacia el bien común.

La aparición de esta crisis ha desnudado las carencias institucionales poniendo al desnudo su debilidad. Los aparatos políticos venían funcionando en función de un plan absolutamente trazado. Con los tiempos que los calendarios electorales exigían y con las operaciones sobre las redes sociales que apoyaban a ese plan.

Tanto los oficialismos como la oposición tenían pautado sus actos, pero apareció un imprevisto, la pandemia, esto exigió armar planes que no se expresaban en lo partidario, ni se manejaban con los tiempos electorales, exigió planes de gobierno inmediatos y claramente los países más fuertes en lo institucional fueron los que más rápido y mejor reaccionaron.

Cuando tracemos la raya de este desafío al que el mundo entero se enfrentó, vamos a poder diferenciar claramente quienes pueden reaccionar institucionalmente ante un hecho imprevisto y quienes no.

Cuando, los tiempos políticos por su necesidad de inmediatez, se manejan más por las tendencias de las redes que por los planes de gobierno, la debilidad institucional está garantizada.

Los países autoritarios no se manejan por la inmediatez de las redes, pueden pensar de otra forma, los pueblos con instituciones respetadas, por la gran mayoría, pueden afrontar estos imprevistos porque confían en sus autoridades y porque sus comunidades, más allá de sus diferencias, se respetan y son solidarias entre sí.

Los países con instituciones débiles, no respetadas, con pueblos fracturados que no logran confianza entre facciones y que la solidaridad no es una actitud que aflora en forma natural, no logran construir una dirigencia que los conduzca con planes a mediano y largo plazo.

Nuestro país se devane entre la carencia de una dirigencia proba, una debilidad institucional que, a pesar del cumplimiento del calendario político, se exterioriza en la bajísima calidad de la relación entre el gobernante y el gobernado, y una sociedad cada vez más anómica y fracturada.

Ante la aparición del coronavirus, en los primeros momentos se atinó a quitarle importancia porque no estaba presente en el plan electoral trazado, luego ante la realidad de que no podíamos evadir el desafío, la sociedad comenzó a reaccionar desde su fractura, unos acusando a otros, las redes intentaban juzgar a unos y a otros como si el virus tuviera una bandera.

Al fin, y por suerte muy rápido parece que el gobierno se logró encausar y guiar a la sociedad en un plan de combate a la enfermedad con todos los medios disponibles aun sabiendo que los costos económicos serán graves y también posiblemente sus planes electoralistas se resientan.

Argentina necesitará reconsiderar sus tiempos electorales, en forma urgente. Debe desprenderse de la inmediatez que imponen las redes, y utilizarlas como una eficaz y transparente herramienta de comunicación, no como el nutriente de planes de gobierno, sino como alimentador permanente de la opinión sobre los mismos.

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