Opina Flombaum: Soñar no cuesta nada

OPINIÓN

ElMundoEsTuyo
Foto: Julian Jagtenberg

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

 

 

 

Lectura: 6 minutos

No digo que esta pandemia fue buscada, tampoco lo fueron las guerras, pero sí podemos decir que las consecuencias de esta crisis se asemejarán a las posguerras del siglo pasado.

Parecería que el mundo necesita cada tanto un reajuste, las guerras, que fueron los vehículos que utilizaron nuestros mayores en siglos pasados, no son opción, pero esta crisis nos da la oportunidad de repensar las cosas en las que estamos mal y en aquellas que debemos reformar.

Miles de pensadores, analistas, lobistas, políticos, militares, periodistas, académicos, etc. están hablando del día después.

Solo quiero compartir mis sueños, a sabiendas que no mucho más podré aportar a esa apasionante etapa de recuperación poscrisis.

Considero indeseables e insostenibles en la actualidad socio económica actual.

La concentración de la riqueza en el mundo, es insoportable.

La generación de renta sin trabajo, es inmoral.

La determinación del valor de las cosas transables, no tiene fundamento.

La diferencia de ingresos entre los que más ganan y los que menos lo hacen, es por lo menos inútil.

La discriminación por géneros de la persona, es inhumana.

La agresión a nuestro hábitat, es suicida.

De este tipo de crisis, según los antecedentes históricos, se sale con mucha más regulación por parte de los poderes hacia los pueblos. No hay antecedentes de que en crisis globales como esta los estados no sean el centro de la solución.

En definitiva, son la forma organizativa de la voluntad de los pueblos.

Siempre se generaron normas, instituciones y reglas para afrontar la etapa de la reconstrucción, para luego ir diluyendo esas ataduras en búsqueda de más libertad, tanto de comunidades como de los individuos.

Se debe limitar la renta individual de las personas.

Es inmoral e inútil que una persona tenga ingresos que superen la capacidad de gastarlos él y su descendencia. No tiene sentido, no es útil ni para la persona ni para la sociedad.

Que los ingresos no guarden relación con las necesidades, aun las más lejanas e inútiles, es algo realmente inconveniente.

No se trata de limitar para que se lo lleve otra parte de la cadena de valor de la actividad. Se trata de que el precio de esa actividad sea más bajo para que los que lo pagan puedan ocupar en otras cosas, más útiles, los ingresos que invierten en eso.

La cantidad de ultra ricos, con actividades personales, generada en los últimas décadas dio lugar a la creación de un mercado para ellos, de productos y marcas que a su vez incentivaba al consumo innecesario y a una separación vital con el resto de la sociedad, extremadamente nocivo para el conjunto.

La especulación financiera, a su vez, alimentó una renta sin generación de bienes y servicios acrecentando a los clientes de ese mercado sofisticado y a esa casta de ultra ricos con el agravante que son sujetos sin ninguna relación con el trabajo.

Ese mercado a su vez le dio sustento a precios esotéricos para objetos que le daban valor a intangibles ligados a la identidad de esos consumidores. Fijando precios a productos que se producían con costos cien veces menores al precio final.

Esto daba utilidades sin sentido a empresas que a su vez alimentaban la especulación financiera con precios de sus acciones en las bolsas de valores que no guardaban relación con la realidad.

Una sucesión de sinsentidos que terminó armando una economía que alentaba la diferencia entre los más ricos y los más pobres que hacen insustentable un mercado armónico.

Esta anomalía fue creciendo y hoy hace crujir al sistema político que se basa en la libertad individual. Dando lugar a la preminencia de sistemas autocráticos que ocultan la diferencia social en las sombras de las dictaduras.

Discriminar a los postulantes a un trabajo por género o por edad es de una maldad supina, algunos lo harán por preconceptos y la mayoría simplemente por abuso.

Ocultar la violencia de género atrás de burocracias patriarcales debilita al conjunto y genera otra brecha, la generacional.

No incorporar la defensa de nuestro ambiente como un valor cultural en sí mismo es un error que perjudica a nuestras próximas generaciones.

Lo sintetizo en un ejemplo, el día que le demos valor al árbol como tal y no como madera, comprenderemos la nueva forma de valorar los objetos que nos rodean. Lo mismo con el agua y los alimentos.

Sueño con una nueva teoría del valor, que retorne a las fuentes, de cuando se debatía qué cosas conformaban el valor de cada objeto producido por el ser humano. Dando valores justos y sustentables a cada uno de ellos.

Sueño con sociedades que den valor a la bonhomía, a la solidaridad, a la ética, a la moral para poder construir sociedades vivibles, esos valores deben prevalecer a los de la competencia por la ganancia.

Pero a su vez se debe comprender que la más importante acción solidaria es producir para el conjunto los bienes necesarios para la vida de todos.

El productor de valor debe ser premiado, porque su acción constituye un aporte al conjunto.

Premiar al emprendedor que con su capacidad puede crear unidades de producción que benefician al conjunto es un acto de justicia.

No hay mercado sin consumidores, lo peor que podemos hacer es sustituir mil consumidores felices por un ultra rico consumidor infeliz.

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