La identidad nacional con nombre propio, la opinión de Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Dibujo de Diego Armando Maradona en La Boca / Foto: Philip Choi

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 4 minutos

Un conjunto de personas afincadas en un determinado territorio constituyen lo que se llama «un Pueblo».

Cuando esas personas se identifican además con símbolos comunes, comparten una historia, un pasado y siguen ciertas costumbres y tradiciones bajo las mismas leyes o normas, se transforman en «una Nación».

Se las distingue de las demás o de los otros pueblos, no solo por sus diferentes historias, tradiciones o símbolos, sino por llevar a estas de una manera singular, propia e intransferible.
Se dice entonces que tienen una identidad nacional.

Los argentinos, por ejemplo, hemos construido la nuestra durante más de doscientos años, sobre mitos e idealizaciones. Nuestros próceres son indiscutibles, impolutos, igual que esos seres de fantasía, mitad hombre mitad dioses, asociados a historias míticas, porque en el imaginario popular es como si ya hubiesen nacido de bronce.

Es una especie de estafa cultural que solo permite el aplauso.

La magnificencia de sus proezas, las grandezas de sus victorias, la vanagloria con que nos cubrimos en su recuerdo, nos sirve para sentirnos mejores, inigualables y a veces, aunque de manera penosa, superiores, no obstante nuestras carencias, miserias, y limitaciones.

Los argentinos nos sentimos como ellos, porque ellos nacieron aquí y fueron como nosotros, somos sus herederos, por eso vivimos para ganar, como sea, de cualquier manera, «con la manos de Dios», pero no podemos perder, dado que esto significaría echar por tierra a toda esa gloria con la que nos cubrimos ante el mundo, aunque que desde allí, no se nos mira de esa forma.

Hace mucho que no creábamos uno nuevo, contemporáneo, ya había quienes estaban pensando que no éramos tan buenos como los de antes.

Y de pronto, como un rayo fugaz, un argentino talentoso en su oficio, es reconocido universalmente como el mejor, no solo de hoy sino de ayer y según algunos arriesgan, de siempre, porque sus proezas no son humanas, nadie las podrá igualar, porque son como las historias míticas que en este caso, van desde una villa periférica, señalando una pobreza que nos marca y avergüenza, hasta la gloria del campeón.

En el último lugar del mundo decir «soy argentino» era recibir su apellido como réplica. Poseía la más larga fama.

Alguien cuyo «cursus honorum» empieza desde lo más bajo y llega a lo más alto, que tuvo todos los premios, todas las medallas que se pueden dar a los mejores de su profesión, que se identificó con los colores celeste y blanco y su inspiración y talento fueron como un sol que nos llenó de orgullo y felicidad.

Hubo quienes lo confundieron con un barrilete, son extranjeros, porque no se equivoquen, era nuestra bandera, son los colores argentinos, son los propios, flameando emotivamente en el éxito sin par.

Tuvo también los peores vicios, cayó reiteradamente en el fango, se revolcó en la miseria humana, se equivocó reiteradamente y repitió errores hasta con necedad.

Igual, todo igual, «la biblia y el calefón», por eso nos identificamos, con esa propensión irracional a la auto destrucción, al desprecio por el futuro.

Fue tan popular, que su despedida multitudinaria, despojada de negros crespones, se llenó de barras y gritones, matones y provocadores, contuvo a quienes se fotografiaban irreverentemente con el cadáver y lo esparcían en las redes, como a quienes tuvieron, a posteriori, visiones milagreras, iniciando un proceso de beatificación popular al estilo del Gauchito Gil. Con irresponsable incapacidad, ni siquiera se le pudo organizar, un funeral acorde a sus méritos, a pesar que, con ingenuidad o malicia, según quien lo interprete, su féretro se exhibía en la Casa Rosada, la «Casa del Poder», desde donde hubo que sacarlo furtivamente, porque la palabra respeto ya no existe en nuestro diccionario.

Era todo de él, era todo nuestro, igual.

Era la identidad nacional camino al cementerio.

Yo prefiero recordarlo en la génesis, en el principio, en las décadas del ochenta y del noventa del siglo pasado, cuando todavía le decían: «PELUSA».

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