Alerta en España por contaminación de industria textil

ESPAÑA

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Foto: 2goldi from Pixabay

Lectura: 5 minutos

El desmedida aumento en la compra de ropa ha crecido a costa del medio ambiente, pero nuevas propuestas emergen desde Madrid contra la «fast fashion», reclamando un nuevo juego para la artesanía y la innovación desde el reciclaje para crear modelos sostenibles.

La industria textil, es tras la de hidrocarburos, la más contaminante del planeta. El Banco Mundial calcula que el 20% de la contaminación del agua es causada por el procesamiento textil, lo que la convierte en el segundo mayor contaminante de recursos de agua dulce en el planeta. Pero el problema no está solo en la producción, sino por ─y este es un gran problema sin grandes soluciones─ la cantidad de desecho que genera.

La producción de un solo pantalón del tipo vaquero implica el gasto de 7.500 litros de agua, según Naciones Unidas. Es el agua que un individuo promedio consumiría en 7 años. La ropa que la población adquiere en rebajas, cada vez dura menos tiempo en el armario y por lo general, esa ropa se convierte en basura.

Según la Asociación empresarial del Sector del Reciclaje Textil de España y Portugal (ASIRTEX) en España son más de 900.000 toneladas de este residuo que cada año se desperdician y no se recogen selectivamente, acabando en vertederos.

Solo el 10% de la ropa usada termina en el contenedor específico. Otra de las peculiaridades de este modelo de producción y consumo basado en la globalización es la deslocalización, no solo de la producción y mano de obra (las etiquetas atestiguan el Made in Cambodia–Bangladesh–Morocco…), sino también de la gestión del residuo.

Al año, cada español genera más de 10 kilos de residuo textil y eso tiene su efecto en países como Togo, India o Pakistán. Asirtex confirma que España exportó cerca de 60 millones de kilos de desecho en textil en 2018.

No será hasta 2025, el año en que todos los municipios de la Comunidad Europea deberán disponer de una basura separada de textiles, cuando haya una regulación específica para el flujo de textil usado. Pero como tantas veces sucede, la conciencia social se mueve más rápido que la regulación de las administraciones.

La moda sostenible es un reclamo cada vez más recurrente en las grandes marcas. Pero que grandes corporaciones pongan una canasta para reciclar junto al mostrador o etiquetas verdes de cartón, no implica un cambio de paradigma productivo tan revolucionario como el que el planeta precisa.

«Hemos llegado a un sistema de consumo tan irracional que ha llegado la hora de un verdadero cambio», explica Ana Maria Santiago, artesana y tejedora.

«Entiendo que mi caso es muy particular, no quiero adoctrinar ni dar lecciones, pero sí espero que nuestro ejemplo pueda inspirar a otros productores». Acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de Artesanía, el mayor reconocimiento del sector.

Este galardón no está siendo instrumentalizado para catapultar la marca a más mercados, «no sería coherente, en mi taller trabajamos mi marido y yo a un ritmo natural, producimos a un ritmo acompasado con nuestro entorno, así que no tendría sentido que quisiéramos crecer».

La técnica de Santiago es la de tejer , con los instrumentos de toda la vida, artesanía dentro del sector de la moda, en este caso, verdaderamente sostenible. Sus telares no se diferencian en nada a los de siglos atrás y su taller está en el «El Pilarillo», en el corazón del Parque Natural de la Sierra de Segura (Jaén). Funciona con placas solares y no consume energía, más allá de la plancha y el agua para lavar los tejidos, «aquí todo se hace a mano para que no haya impacto en nuestro entorno», detalla.

El Premio Nacional de Artesanía es una doble alegría para AyF Tejedores, «no solo por el galardón, que es nuestra medida de éxito más que las ventas, sino porque es además un reconocimiento a este oficio de artesanía que apenas subsiste».

Como artesana tejedora, Santiago es la única superviviente en esta región andaluza. «Solo en algunas zonas de Cataluña y Galicia se mantiene esta tradición», los grandes telares dejaron de usarse en los pueblos cuando las mujeres migraron a las ciudades y la Revolución industrial los convirtió en pasto de las llamas o el abandono. «No ha habido una transición al uso doméstico del oficio de tejedor y la bestial industrialización del textil ha hecho el resto, estamos en peligro de extinción».

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