La Maldición de Carlos III, escribe Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Monarca Carlos III, quien expulsara a los jesuitas de las colonias / Foto: Sheep”R”Us

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

El monarca Carlos III expulsó de España primero y de las colonias luego a los jesuitas. Este hecho que en su decreto no tuvo ninguna explicación ha dado lugar a distintas interpretaciones. Me interesa analizar lo que significó para nuestra historia.

Quizás como atracción turística se pueden recorrer las ruinas de San Ignacio en Misiones y las estancias jesuíticas en Córdoba, pero en realidad atrás de esas instalaciones se esconde el comienzo de una cultura rentística que aún nos acompaña.

Los jesuitas en los comienzos de la colonización se caracterizaron por ligar la conquista con el trabajo, la evangelización con el respeto a las culturas originarias, la producción con base en la generación de recursos para sostener la educación.

La virtuosidad de ligar el trabajo, la producción y la educación fueron la base de su desarrollo y poder.

Eso molestaba a los españoles que lo único que buscaban era metales preciosos y renta fácil para agraciar a la corona y lograr riqueza personal.

Expulsaron a la Orden y truncaron el más serio de los proyectos colonizadores de nuestro territorio.

Ese ir y venir entre producción y renta fácil nos acompaña desde ese momento hasta nuestros días.

La cultura rentística es la que generó un estado ineficiente, una imposición a la producción insoportable, que centralizó el poder en una casta cada vez más pequeña y cada vez más rapaz.

En los orígenes de nuestra patria, la lucha era por el reparto y la apropiación de la renta de las exportaciones. Las economías regionales que aportaban, azúcar, lana, madera, legumbres, tabaco, algodón, etc. luchaban para que los grupos exportadores del puerto de Buenos Aires no se quedaran con la renta de su producción.

Hoy muchas de esas economías regionales luchan por apropiarse de los impuestos ingresados por las economías de la provincias centrales, fundamentalmente la de Buenos Aires, abandonado, tanto los gobiernos nacionales como los provinciales el desarrollo de la producción que otrora las desarrolló y las formó.

Esta cultura generó uno de los mayores problemas que hoy tenemos, la falta de desarrollo territorial con la concentración poblacional como consecuencia.

Las colonias de inmigrantes que supieron desarrollar áreas importantes de nuestro interior fueron abandonando los territorios y las producciones iniciadas por sus padres y abuelos, en búsqueda de una quimera, la industrialización para competir con Europa.

Nada más lejos de mi intención desvalorizar ese esfuerzo, pero indudablemente, abandonar las colonizaciones del interior de nuestro territorio y las producciones regionales abortó la consolidación de nuestra economía.

Es el día de hoy que los europeos, aun desarrollando su industria jamás abandonaron ni a sus asentamientos territoriales ni a las producciones locales.

Hoy recorremos miles y miles de kilómetros de nuestro territorio, en lugares donde nació la colonización como los que ahora representan las provincias de Santiago del Estero y Catamarca, donde el abandono productivo es alarmante.

Territorios que pueden producir, olivas, nueces, legumbres, vides, criar ganados rústicos como ovinos y caprinos, pero son dominados por una casta dirigencial que ha canjeado votos en el senado por recursos que les permite sostener sus privilegios a base de expulsar a sus familias y de subsidiar la pobreza.

Lugares con la posibilidad de desarrollar la industria del turismo con maravillosos paisajes que la naturaleza los premió, lugares donde es casi imposible encontrar un alojamiento digno para recorrerlos.

Esa industria, hoy en crisis por la pandemia, es la que más creció en el mundo en las últimas décadas y la que más rápido reaccionará cuando la pesadilla termine, una industria que desarrolla la hotelería, la gastronomía, le industria cultural, la artesanía y da arraigo a familias en el interior profundo como llaman los citadinos a nuestro interior.

Pero es más fácil hacer obras faraónicas inútiles con las cuales llevándose el diezmo de costumbre todo se ve con felicidad desde la cumbre del poder.

Siempre la producción y el desarrollo sustentable, aquel que genera trabajo y arraigo permanente ha sido postergado en nuestro país.

La maldición de Carlos III que supo cortar el desarrollo productivo y educativo de territorios, en aquellos momentos inhóspitos, hoy sigue presente. Como fueron expulsados los Jesuitas hoy son castigados los productores de las economías regionales. Castigados por gobernantes locales y por los nacionales que no los toman como los emprendimientos estratégicos que son.

Los productores de esas economías cada año se juegan su supervivencia, eso impide que contemos con empresarios que puedan planificar sus inversiones, todo se juega en la decisión arbitraria que tome un funcionario mirando el tablero de la salud de las finanzas públicas.

Salud dependiente a su vez de esas economías regionales, capaces de generar los impuestos internos y los ingresos de divisas que necesita nuestro país.

Economías regionales que podrían atraer a millones de trabajadores hacia lugares y empleos sustentables y que hoy se apiñan en los conurbanos generando gastos públicos ineficientes en salud, seguridad y educación.

Trabajadores que todos los días ruegan por la salud de sus empleos y sus sindicatos luchan para que las empresas sigan recibiendo los subsidios y las protecciones que necesitan para subsistir. La gran mayoría son empresas que extraen divisas en lugar de aportarlas.

Simplificando, muchas veces me preguntan por el tipo de cambio que debe tener nuestro país, tan errático y especulador en la materia. Siempre he dicho el tipo de cambio que necesita nuestro país es el que necesiten las economías regionales para desarrollarse.

Y el reparto de impuestos de nuestro país debe ser aquel que garantice el desarrollo de esas regiones postergadas por sus gobernantes verdaderos discípulos de Carlos III.

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