Identidad equivocada, escribe Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Foto: antosponton

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 10 minutos

La identidad individual nace objetivamente con la persona, es innegable, obvia, evidente. Su reconocimiento y con ella el derecho a la vida, que es el primero de todos, no puede ser discutido. El ser nace y sus derechos comienzan a ejercerse, primero por sus padres o tutores y después por sí mismos al llegar a la mayoría de edad o a lo que la ley llama capacidad plena, considerándose que algunos de ellos inclusive, se inician desde la concepción. En consecuencia la identidad política como miembro de la polis se pone en movimiento desde entonces y el estado de derecho debe garantizarla.

Este es un principio elemental, porque reconocer esa identidad nos iguala, es algo que tenemos todos en común, capaces o incapaces, en categorías de la ley Civil, con derechos y obligaciones adaptados a esas dos condiciones.

Esa identidad individual cobra valor en la convivencia social en la igualdad ante la ley, que de ninguna manera nos hace similares sino que intenta otorgarnos las mismas oportunidades sin privilegios ni preferencias.

¿Pero identidades colectivas en sentido ciudadano o político? ¿Los movimientos feministas tienen identidad? ¿Los movimientos religiosos tienen identidad? ¿los basados en condiciones raciales la tienen? ¿las minorías que practican una lengua o costumbre ancestral, pueden considerarse identitarios? ¿los pueblos originarios de América, lo son? ¿Los colectivos homosexuales, trans, bisexuales, etc., lo son?

Estos y muchos más, de reconocerse su identidad política quiebran el concepto de igualdad, se institucionaliza que no todos son iguales, podría decirse que se acepta la autopercepción con características o condiciones diferentes al común reclamando más derechos de los que gozan todos.

Al aceptarse que debe haber desde el Estado conductas diferentes hacia ellos se consentiría la existencia de la desigualdad ciudadana, se discriminaría, hasta se estigmatizaría, se rompe el concepto de igualdad.

¿Cómo podría entonces construirse una sociedad democrática e igualitaria con tantas diferencias que se agravarían si su convivencia se regulara con normas diferentes para cada uno de esos colectivos?

Hay países que se componen de diversas naciones, como Bolivia y hay naciones que se dispersan y se integran como ciudadanos en diversos países, como el pueblo judío aun cuando conserven sus costumbres o su religión y hasta su lengua en el ámbito privado.

Téngase en cuenta que el concepto de nación a diferencia del concepto de país, representa la diversidad con otros agrupamientos humanos, con historia, lengua, religión, etc., diferentes, pero que ello no les impide formar parte de un país y convivir con otros conglomerados de orígenes distintos.

El país une, iguala, los integra cuando considera idénticos derechos para todos sin prerrogativas o diferencias.

Se unen en un país, en un Estado, que tiene sus fronteras, sus instituciones, sus símbolos, su historia y su tradición que puede ser inclusive más moderna que aquellas costumbres o cosmovisiones ancestrales, porque es de reciente nacimiento; con su idioma oficial que puede ser distinto pero que todos aceptan. Todos por igual.

Por eso las minorías, que representan esos colectivos, aunque sean regionales y estén referidas a porciones de territorio interno no alcanzan al criterio de la desigualdad, en todo caso llegan al de la diversidad, que se acepta como excepcional, de manera liberal, bajo una sola condición: el sometimiento a la ley que iguala a todos los individuos con los mismos derechos.

Esto amerita un régimen seguramente de tolerancia y de respeto mutuo, en los espacios privados, mientras en la esfera pública y oficial se actúa con respeto a las costumbres, protocolos, símbolos y normas del país que habitan, como naturales o inmigrantes.

En casos extremos, xenófobos, algunos colectivos consagran la desigualdad de la peor manera, primero con la pretensión de una autonomía singular por fuera de la ley o Constitución y luego con el separatismo, que es la desintegración, la disolución.

Es una desigualdad tan injusta que implosiona los países. Solo la igualdad de todos es capaz de unirlos, donde no existen distintos.

El integrante del colectivo sectario actúa como en manada, es el hombre masa, aquel que va adonde lo lleva el grupo, es agresor o provocador cuando están todos y manso cuando está solo.

Por otra parte, las identidades colectivas se pueden partir, fragmentar, disolver, en cambio las identidades individuales no, solo terminan con la muerte del sujeto, no se parten ni se disuelven, se pueden perder también cuando se cercena la libertad negando precisamente sus derechos elementales.

¿Como vivir juntos los distintos? Se pregunta Cayetana Álvarez de Toledo, en el mismo sentido, siendo ella, tal vez, la expresión más genuina de la unidad y del constitucionalismo español. Recuerda la enseñanza paterna y dice: «Y deberíamos dedicarnos a forjar individuos, mal que les pese a los que ansían las mayorías, que ya llegarán después».

En síntesis, a partir de una «epifanía laica» enfrenta con heroísmo al separatismo catalán desde los claustros, el periodismo y las Cortes como diputada por Barcelona, universalizando su defensa de la persona, del español en este caso, y ante cualquier otro colectivo, como idea universal, advirtiendo sobre el sesgo violento que suelen tomar, por ejemplo en algo que nos compete, cuando sostiene: «Al indigenismo, que ataca la propiedad privada y justifica la violencia con argumentos que habrían sonado reaccionarios ya en tiempos coloniales».

La experiencia histórica demuestra que en esta parte de América sufrimos el separatismo hace más de doscientos años, y hoy consolidado, no tiene retorno. Es como el tiempo o el agua del río que corre, la que no vuelve atrás. Debiera impedírselo nonato.

La referencia es a la fragmentación de Hispanoamérica. Era el Reino de Indias, distinto al de España, aunque gobernado por el mismo Rey.

La diferencia que hacía a su identidad estaba dada no solo por la vigencia de la legislación que se aplicaba en la península como Las Partidas de Alfonso el Sabio o la Novísima recopilación, sino con las normas propias, vigentes solo aquí, con las Leyes de Indias, con el Consejo de Indias e incluyendo un sistema mercantil especial además de las características sociológicas diferentes.

Pero eran pueblos con un idioma oficial común, con la misma religión, con las mismas tradiciones desde la colonización, con un sistema de administración similar basado en las comunas, el municipio, los cabildos que era de origen románico, dependientes de un poder central ejercido por virreyes en cuatro regiones (Nueva España, Nueva Granada, Río de la Plata y el Perú) que en una etapa histórica, señalada por la caída del Rey, a principios del siglo XIX, después de intestinas luchas resuelven no aceptar la reposición de aquel finalizadas las causas que la impusieron.

La idea inicial fue integrar a los habitantes originarios, a pesar de la dura guerra de conquista y la forma de transmitir una nueva civilización que empezaba con la catequización, con maneras de la época, siempre criticables a la distancia, que algunos la grafican con la espada y con la cruz, en muchos casos con excesos, aunque fuera la intención de Fray Bartolomé de las Casas y las misiones jesuíticas, entre otros, compensarlo con la idea de cristianizar y desarrollar los hábitos primitivos arraigados que impedían un progreso más acelerado.

El camino de la tribu hacia la modernidad estuvo lleno de espinas.

Sin embargo ese colectivo hispanoamericano no permanece unido, ni siquiera se divide en cuatro según los virreinatos o en tantos como pueblos originarios, sino que implosiona en múltiples países cuyos límites se forman hasta donde alcanzan los poderes de los jefes territoriales de turno. La identidad colectiva dejó de ser.

Ese inmenso Reino bioceánico y bihemisférico, que hubiera sido una nación poderosa fue fragmentado, dividido y multiplicado en países pobres, de difícil sustentabilidad, de fácil dominación económica.

No convenía a la geopolítica de los grandes imperios o potencias de entonces y con la ardua y exitosa labor, fundamentalmente británica, se logró la partición.

El nacimiento del industrialismo, las guerras europeas que dificultaban la comercialización de las existencias imponía la búsqueda de nuevos mercados, el desarrollo de las teorías del libre comercio y las ideas antimonopólicas, tan limitadas en el mundo español, el capitalismo naciente, la posesión de la flota más poderosa del mundo y un ejército conquistador hizo que a través de sus políticas, sus agentes, a veces sus invasiones o la colaboración de sus soldados en movimientos independentistas, sus espías y agentes no solo británicos sino también de personalidades notables entre los naturales, concretarán la obra.

Hoy, aunque de características similares, con origen común, se consolidaron fronteras entre los países hispanohablantes americanos que los han hecho muy distintos.

En consecuencia, por esa misma experiencia, puede afirmarse que la fortaleza de un país debiera reconocerse por la distinción de una sola identidad: la del individuo, la persona física, que es el sujeto de derechos y obligaciones fundamentalmente políticos. Todas las minorías basadas en asociaciones referidas a la lengua, dialecto, región, sexo, religión, profesión, costumbres ancestrales, etc., o cualquier otro tipo que alienten un colectivo que los diferencie del resto dividen y debilitan, como ya ocurrió y ocurrirá siempre.

La unidad es la que hace fuertes a los países, la tolerancia, la integración, el respeto, la no discriminación, fomentando la educación, el mérito, el desarrollo, el progreso, son las acciones que integran esa fórmula.

Solo podrán exhibir institucionalmente una identidad colectiva los países reconocidos por la comunidad mundial, con el respeto a su soberanía, en el sentido Westfaliano, lo que ocurre hace más de trescientos años en el derecho internacional.

Cada país es la patria de sus hijos y se viste con la sabiduría y la sangre derramada por sus héroes a lo largo de la historia.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: La soberanía líquida

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