Anarquía y democracia, escribe Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Excludios del sistema / Foto: walter piedras

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

Considerando que lo que otrora fueron partidos políticos hoy son sólo franquicias, la del peronismo ha logrado algo impensado. Revirtió en 40 años lo que ellos mismos en sus albores había logrado.

Cuando nació el peronismo vino a completar la tarea iniciada por el radicalismo. Este había, a través de Hipólito Yrigoyen, incorporado a la naciente clase media al poder político a través del voto secreto y obligatorio. Perón con el justicialismo lo hizo con los trabajadores, a través de los derechos sociales y laborales.

Hoy «milagrosamente» el peronismo logró expulsar de los derechos sociales a la mayoría de los trabajadores, defendiendo el derecho de unos pocos que sirvieron de pantalla para ocultar el latrocinio al estado y a las obras sociales.

De esa manera crearon una nueva clase social, la de los informales, que atraviesa a toda la sociedad; desde el que realiza el menos calificado de los trabajos hasta el profesional que realiza el más sofisticado. Todos transitan la informalidad que los aleja de las instituciones, cooptadas por una proto clase de políticos y sindicalistas inmorales.

Traer a Don Hipólito que brillo en la primera mitad del siglo pasado o a Perón que lo hizo en la segunda, y valorarlos con la realidad actual es por lo menos injusto. La capacidad que ambos tuvieron en esos momentos los hubiera hoy ubicado en una actitud tan revolucionaria como aquella.

Ambos supieron leer la modernidad de sus momentos y ambos cumplieron un objetivo con los errores que todos tenemos el derecho de incurrir.

Hoy la modernidad implica leer la universalización de la cultura, de la tecnología, de la economía y del trabajo.

Las normas en un mundo interconectado deben tender a ser las mismas. Esa será la mejor manera de garantizar la competencia en la producción y en el comercio.

Así como los derechos cívicos primero y los derechos del trabajo luego fueron distintivos en el siglo pasado, hoy lo que diferencia es la educación, el acceso a las comunicaciones y el hábitat que permita la realización de una vida en armonía.

Dentro de esas condiciones habrá quienes quiera incursionar en la batalla por la preminencia en la economía global y habrá muchos otros que querrán privilegiar una vida apacible y en armonía.

Los primeros serán parte de las empresas globales y de sus proveedores de bienes y servicios y los segundos serán parte de las economías circulares que se irán construyendo a lo largo de los territorios, físicos y virtuales.

Argentina que fue pionera en nuestro subcontinente hoy increíblemente se convirtió en el furgón de cola en ese proceso. Los conservadores de hoy fueron los revolucionarios del siglo pasado. Creen que la lucha es por aquello que ya fue logrado y terminaron enredados en luchas de círculos por intereses mezquinos.

Mientras que la mayoría se aleja día a día de la institucionalidad para garantizar cierta participación en la competencia por un lugar en el mundo económico y social, una minoría se queda rascando el fondo de la olla de la vieja y obsoleta formalidad que solo contiene a pocos.

Esos pocos quieren que creamos que ellos son los defensores de nuestros derechos y ya todos nos dimos cuenta de que solo defienden los de ellos.

Para encarar un nuevo período virtuoso deberemos partir desde la informalidad que nos abarca a la mayoría para conquistar una formalidad que garantice nuestro desarrollo.

Todas las normas creadas en los últimos 50 años, en nuestro país, garantizan solamente la decadencia.

Así convertimos la mejor educación pública en una de las peores, le mejor salud pública en una equivalente a la de los demás, el país con mejores salarios en el peor y así podríamos seguir en cada uno de los espacios económicos y sociales.

Por eso cualquier esfuerzo por recuperar lo perdido es perder tiempo. Nada es recuperable, solo debemos, con la memoria colectiva de aquellos años de prosperidad, emprender el camino desde la realidad de la informalidad que nos contiene y construir una nueva formalidad que nos abrase a la nueva normalidad.

Las normas impositivas, laborales, monetarias e institucionales deben ser repensadas, partiendo de la capacidad demostrada de nuestro pueblo para sobrevivir al latrocinio llevado a cabo por una generación de dirigentes para el olvido.

Lo primero que debemos comprender es que la etapa gregaria que caracterizó el encuentro de grandes líderes con grandes pueblos se agotó. Las comunicaciones han destruido esa forma de organización.

Ningún hombre o mujer puede sobrevivir a muchos años de exposición pública y los pueblos mutan en sus necesidades en tiempos extremadamente cortos. Lo cual no permitirá, por lo menos garantizando la libertad individual de occidente, la sobrevivencia de partidos estáticos.

Las organizaciones sociales y políticas seguramente serán efímeras, durarán el tiempo que les lleve garantizar el derecho o la reivindicación que les dio origen.

Por eso las coaliciones no pueden ser electorales que junten a los diferentes para derrotar a otros tan iguales y diferentes a ellos mismos. Las coaliciones deben ser de gobierno, con acuerdos de gobernabilidad para objetivos precisos y conocidos.

Cumplidos los mismos se armarán otras coaliciones para otros objetivos con diferentes actores.

La movilidad política será la norma, no habrá procesos que abarquen decenas de años, habrá objetivos que reúna a mayorías consolidadas pero efímeras.

Si las próximas elecciones juntan a coaliciones electorales que se unan solo para derrotar al otro, sin explicitar objetivos transparentes que permitan un proceso de realizaciones, todo seguirá deslizándose en el tobogán de la decadencia.

Viviremos nuevamente momentos muy difíciles, lo peor es que gracias al universalismo reinante todos los jóvenes que puedan y quieran se irán en búsqueda de oportunidades más tangibles a otros lugares del mundo.

Recuperarlos será muy difícil, porque siempre la credibilidad es una condición difícil de lograr luego del desengaño.

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Un comentario

  1. No se equivoca el columnista en levantar la imagen de dos hombres que iniciaron un proceso de equidad y justicia pero le advierto que en los últimos 48 años NUNCA gobernó el Justicialismo. Gobernaron los negociantes del poder existentes en el peronismo trecho y el radicalismo trecho. Si se unieran los mejores hombres de las dos tendencias nacionales otro sería el cantar.

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