No voto a Fernández

OPINIÓN

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Candidato a presidente, Alberto Fernández / Captura YouTube

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

 

 

 

 

Lectura: 6 minutos

Soy peronista y no voto a Fernández. Realmente no votarlo a él o a su mentora la candidata a vicepresidenta no es lo que me molesta, lo que realmente me angustia es no acompañar a los sectores más humildes de mi patria en esta ocasión y a una gran mayoría de los jóvenes argentinos.

Si uno hiciera una extrapolación automática a la cual un peronista recurre normalmente, acompañaría a los más necesitados siguiendo las enseñanzas de los creadores del ideario peronista. Es lo más fácil y de esa manera uno puede navegar en nuestra sociedad sin mucha dificultad. Es fácil votar con las corrientes supuestamente mayoritarias.

¿Los humildes de Perón y de Evita son los mismos humildes de hoy? Esa es la primera pregunta que me hago.

¿Ser humilde, pobre, indigente es una caracterización política suficiente para construir una mayoría electoral que se proponga una sociedad justa?

Trataré de responder a la primera pregunta sabiendo que no es más que un intento para entender lo difícil de nuestra situación.

Los pobres, los humildes, los descamisados de Perón y Evita eran los trabajadores sin derechos, eran los trabajadores sin acceso a la educación, a la salud, sin derechos laborales, sin organizaciones sindicales que los defendieran.

Los trabajadores luego de la década peronista fueron padres de hijos que accedieron a todos esos derechos y que ascendieron en la escala social, conformando una clase media enorme y con una presencia permanente en la política nacional.

Es decir que ser cultor del ideario peronista no es ser pobre, ni humilde, ni sin derechos. Todo lo contrario, ser peronista es ser trabajador, estudiante, impulsor de aquella gran verdad que dice que cada uno debe producir por lo menos lo que consume, o aquella que reza de que para un peronista no hay más que una clase: la de los trabajadores, englobando en ella a todos los que participan de la producción de bienes y servicios.

Siempre fue un ideario opuesto a la lucha de clases, ya que para que esa lucha sea permanente la movilidad social no debería existir.

Ahora bien, ¿esto habla mal de los pobres de hoy?: para nada. Esto habla mal de los dirigentes que aun en democracia no han sabido garantizarle a los más humildes y a los trabajadores el acceso a aquellos derechos que tanto sacrificio les costó a los argentinos.

Hace décadas que vamos para atrás. Cada vez peor salud, peor educación, peor acceso a la vivienda digna. Nuestros pobres de hoy son hijos de la inflación y de la corrupción. Ambas originadas en los pésimos gobiernos, muchos de ellos autoproclamados peronistas.

En 1976 cuando Isabel Perón, tan denostada ella, fue derrocada, Argentina tenía una deuda de siete mil quinientos millones de dólares, y los pobres eran el 5% de la población, no había indigentes. La dictadura militar multiplicó esa deuda y empobreció a los argentinos, pero el mal mayor fue que corrompió al sindicalismo, a los empresarios y generó una inflación estructural envileciendo a nuestra moneda.

Han pasado ya 35 años de democracia y si vemos nuestra actual realidad no solo nada mejoró, todo empeoró. Si no partimos de este diagnóstico ninguna cura tendrá resultado.

Todos los países vecinos, que nunca pudieron incorporar a los derechos humanos básicos a todos los pobres, lo vienen haciendo año a año en un camino virtuoso que mejora su perfil social. Nuestro país que gracias al peronismo incorporó a la inmensa mayoría de sus pobres de antaño a esos derechos, en estas últimas décadas se dedicó a crear pobres estructurales sin acceso a los derechos humanos básicos incorporados a nuestras leyes hace 70 años.

Cualquier político, sindicalista, empresario o funcionario que haya participado de este proceso es culpable hasta que compruebe su inocencia.

Este es mi sentimiento, muchos de los pobres de hoy no son trabajadores sin derechos, son pobres estructurales que no existían en los años 40 o 50 y que son hijos directos de la corrupción y la inflación.

Son pobres creados inicialmente por la dictadura y abonados y recreados por la democracia de estas últimas décadas.

No voto a Fernández porque no asume esta autocrítica, porque incorpora a sus listas y a sus alianzas a los culpables de nuestra situación, porque no reconoce el camino de la incorporación al mundo del comercio global como único camino de desarrollo. Podría continuar, pero como cualquier candidato habla poco es poco lo que se puede decir y mucho lo que se puede intuir.

No voto a Fernández por el temor a que la violencia política sea parte nuevamente de nuestra historia.

Me esperancé en la posibilidad de una tercera fuerza, pero la ceguera de los dirigentes que la impulsaron llevó a ese espacio a caer en una propuesta vieja, imposible de entusiasmar a los sectores más progresistas de la sociedad, que son los trabajadores, los jóvenes, los productores y los emprendedores de todo tipo que podrían haber conformado la mayoría no interesada en la famosa y estúpida grieta.

Nunca dejaré de tener esperanza en cada inicio de una nueva etapa, nunca dejaré de aportar mi grano de arena para el éxito de cualquier argentino que se incorpore a la función pública, con una única condición: la honestidad, y un solo objetivo: el bien común.

Aunque algunos no lo crean se puede acceder a una muy buena vida en todos los sentidos, con honestidad y solidaridad.

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