El valor de la palabra (Y las miserabilidades de un proceso electoral nacional)

OPINIÓN

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Socios, enemigos y socios otra vez. C. Kirchner, S. Massa y A. Fernández / Foto: Víctor Bugge

Escribe Roberto Jordan, abogado constitucionalista, colaborador de lacity.com.ar.

 

 

 

Lectura: 5 minutos

Argentina está transitando el tramo final de un proceso electoral lamentable que exhibe las miserias y desvergüenzas de una sociedad enferma de muerte.

De los dos candidatos con opción al triunfo, si es que en realidad no hay uno solo, este, que hasta hace muy poco, hasta ayer si se quiere, con archivos de no más de dos años atrás, denostó a su socia capitalista (es decir la que aporta los votos) tildándola con cualquier adjetivación que iba hasta a traidora a la patria, con motivo del memorándum de Irán y la muerte del Fiscal Nisman, hoy se pasea orondo y se jacta de ser el hombre de Cristina, que es de quien se trata esta frase, sin ningún tapujo.

El otro candidato oficial, que se jactó toda su vida, y llegó al gobierno con una impronta más liberal, por eso lo votaron, hoy vuelve al cepo cambiario cuya eliminación fue supuestamente su mayor éxito económico, multiplicó los planes sociales que iba a reducir con la oferta de trabajo, que nunca existió, generando un déficit fiscal que hoy parece incorregible y es el cáncer asesino de un país indefenso y endeudado, todo ello sin sonrojarse.

Otros actores como Sergio Massa, que se vanagloriaba, entre otras cosas, de haber logrado derrotar a la reforma constitucional propuesta para lograr el «Cristina Eterna» con reelección indefinida, hoy la acompaña colgado de sus faldas escuchando entre sonrisas y ojos de admiración la «Búsqueda de un nuevo contrato social» que propone su actual jefa, la misma «Eterna Cristina». Un Sergio Massa que pasó de socio y aliado de Margarita Stolbizer, la gran denunciadora de la corrupción Kirchnerista y montonera, a un soldado del colectivo guerrillero de la Cámpora que reivindica en la campaña al terrorismo setentista. (Horacio González dixit).

A su vez desde la otra orilla la doctora Carrió, con su discurso febril, banal y frívolo, que es el único que se le conoce, se cansó de agredir y hasta denunciar a sus propios compañeros de ruta como al Ministro de Justicia, causando graves problemas al gobierno del cual se aferra, logrando ocupar hoy con su gente los lugares prominentes de las listas de legisladores de los agredidos.

Es que la palabra ha perdido su valor, mejor dicho, en Argentina no vale nada, peor que el peso moneda nacional.

La palabra es una de las herramientas, la más importante, con la cual el hombre se comunica con sus semejantes.

Por medio de ella da a conocer su voluntad, expresa sus sentimientos y requiere lo necesario para satisfacer sus carencias.

En uso de la palabra también se compromete, se obliga y se transforma en un ser social.

Con la palabra en definitiva, por su contenido, se expresan conceptos, valoraciones, con ella se designa a la cosas.

A veces una misma palabra puede expresar varios conceptos distintos o designar cosas diferentes, (v. gr. la palabra «ejemplar» que puede significar un modelo a imitar o también una unidad, un objeto fungible, ej: un ejemplar del periódico, etc.) a través de la historia el método para estudiar esta cuestión se llama semasiología, pero otras veces la misma cosa o el mismo concepto puede expresarse con distintas palabras, por ejemplo a quien encabeza una clasificación, competencia o estadística, le llamamos, primero, puntero, líder, etc., y en este caso el método para su estudio se llama onomasiología.

El concepto que encierra una palabra puede cambiar a través del tiempo o bien hechos nuevos o desconocidos pueden designarse con términos viejos y por tanto variarían el sentido de los mismos.

Pero la palabra en definitiva, es una propiedad o cualidad exclusiva del ser humano, solo los hombres la utilizan, por eso su forma de hacerlo los identificará, los definirá, podría decirse que el uso de ella creará en el hombre que la expresa una imagen que se transformará en credibilidad, confianza, respeto, cuando cumple lo que dice y todo lo contrario cuando procede de manera distinta a ello.

La palabra lo cubre de gloria o de oprobio, de respeto o de desprecio.

Leónidas mandó a decir al viajero que Esparta descanse tranquila, sus hijos, que apenas eran trescientos, defenderán sus instituciones con la vida si fuera menester. Y murieron todos, valientemente en Las Termópilas.

Judas, que había jurado lealtad junto a los demás discípulos, entregó al Nazareno a sus captores por treinta denarios.

Un héroe y un traidor según cumplieran con su palabra.

Si la fidelidad o lealtad a la palabra no se cumpliera no tendría sentido ningún juramento. Parafraseando a Bauman estaríamos ante personalidades líquidas, es decir que sometidas a tensión cambian de forma.

Pero ni hablar de todo esto en la Argentina del siglo XXI, donde logramos que «la Biblia sea igual al calefón».

Es decir UN CAMBALACHE.

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