Cuesta abajo en la rodada

OPINIÓN

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Foto: @CasaRosada

Escribe Roberto Jordan, abogado constitucionalista, columnista de lacity.com.ar

 

 

 

 

Lectura: 4 minutos

Como un corresponsal destinado a registrar una muerte anunciada observo, en el silencio que me rodea, el destino trágico de una nación.

Digo silencio cuando observo el vacío de la palabras, la superficialidad de las proposiciones y la falta de vergüenza devenida de la impunidad de los actores que no trepidan en negar lo que ayer reivindicaban o en defender a ultranza lo que otrora condenaban.

La agobiante publicidad que los presenta como impolutos, ante los perjuicios ocasionados a la sociedad, unos por su incapacidad y otros por su inmoralidad, es otra expresión de un asombroso silencio que más se parece al que agobia en la paz de los cementerios que al que impulsa en la energía espiritual de los rituales.

La Argentina, aquella antigua esperanza de trabajo para los inmigrantes del mundo, con una historia que llenara de orgullo a los nativos, que diera grandes figuras, muchas merecedoras de premios internacionales, como ninguna otra nación de Hispanoamérica, se despedaza en la pobreza no solo material, de más del 35% de sus habitantes, incluyendo casi los dos dígitos de indigentes, sino cultural, con las grandes aglomeraciones de carenciados, con profesionales de la desocupación que viven del subsidio del estado, desecho por un déficit fiscal irremontable, gracias al supuesto «estado de Bienestar» que nos legaran los socialdemocratas.

En medio de ello una campaña electoral en donde los que aparentemente perderán de acuerdo al resultado de las primarias, sostienen que escucharon la voz del pueblo y que ahora cambiarán, y los que supuestamente ganarán sosteniendo que van a solucionar los problemas que ellos mismos crearon en doce años de un infernal gobierno, representan un sainete vulgar.

En las ciencias y en las artes, cubriendo todo el espectro del pensamiento, el país de antaño, fue la tierra de promisión por excelencia y a principios del siglo XX se encontraba entre las diez primeras naciones del mundo.

No sólo la economía floreciente sino la generosidad de una sociedad sin prejuicios que recibía abrigando entre sus brazos a los perseguidos, a los refugiados, a los desplazados, a cualquier náufrago sin distinción de clases, religión o ideologías, marcó un apogeo glorioso que la señalaba como modelo a imitar.

Fue una nación conservadora, respetuosa de la vida, la libertad y la propiedad de sus habitantes cualquiera que fuera su origen

Sin embargo en algún momento, incubó en sus entrañas, habría que indagar porqué, el germen de la autodestrucción.

Tal vez creyó demasiado ingenuamente en las palabras, libertad, democracia, sufragio universal, igualdad o tal vez la educación no siguió paralela al crecimiento de una población multifacética.

La decadencia en la educación se comprueba en forma fehaciente en las distintas pruebas al respecto, como en los índices «Pisa», que inclusive se intentaron defraudar y finalmente evitar.

Pareciera no aceptarse que se perdieron definitivamente los lugares de desarrollo que fueran preponderantes en América Latina, como si se pudiera cubrir la luz del sol con las manos.

La corrupción alcanzó a cualquier actividad, los negocios, la política, el deporte, fueron testigos de ello. No hubo ámbito ajeno a la misma.

El éxito comenzó a medirse por la extensión del patrimonio, no importando cual fuera su origen aun cuando fuera espurio, y no por la sabiduría, el reconocimiento, el respeto a aquellos que en todo caso sirvieron a la comunidad, estudiando, produciendo, entregando lo mejor de si para el mejoramiento colectivo.

Los sabios no tienen espacio, no son reconocidos, solo a hay lugar para las expresiones frívolas multiplicadas por los medios masivos.

Hoy se puede medir con exactitud, en esta campaña, el grado de degradación social, solo con escuchar a los ineptos que llevaron al país a una situación desesperante y a los corruptos, con decenas de procesos en trámite, que se proclaman campeones de la salvación, como los únicos contendores del destino.

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