Los ecos de un debate

OPINIÓN

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Foto: Twitter

Escribe Roberto Jordan, abogado constitucionalista, colaborador de lacity.com.ar.

 

 

 

Lectura: 8 minutos

Sorprendido favorablemente por el desarrollo del debate de candidatos presidenciales, no por su calidad, que era inesperada por cierto, sino porque a pesar del estrecho formato convenido, que estaba preparado para que no sirva para nada, como casi todas las cuestiones referidas a la política argentina, igual que las Paso o Primarias, Ballotage o doble vuelta, federalismo de provincias insustentables, poder judicial dependiente (penosamente), derechos humanos selectivos, garantismo procesal solo para los victimarios no para las víctimas, etc., dejó en claro la valía y la personalidad de los intervinientes para quien sabe ver más allá de sus propios deseos, es decir objetivamente.

Vimos a un candidato kirchnerista que demostró que ese sector no solo no ha cambiado nada sino que empeoró, pues ahora le agrega la sed de venganza, antes desconocida, al amenazar, por ejemplo a Macri porque según Fernández, sus amigos, o sea los del presidente, se llevaron los 30.000 millones de dólares recibidos del FMI, un slogan incomprobable, que ante una Justicia acomodaticia nos vuelve a las épocas inquisitoriales.

Un candidato Kirchnerista que acudió al apoyo moral de Daniel Scioli, acusado de múltiples desaguisados, en la que fuera su administración del primer estado argentino y que fue el único que mantuvo una actitud, pendenciera, soberbia, intolerante, orillera, sobradora, petulante y vulgar, durante las más de dos horas de duración, siendo todas ellas características de los sufridos 12 años del ejercicio del poder del matrimonio santacruceño.

Ni hablar de la deformación de las cifras y estadísticas que manejó, propias de una ideología y el gobierno que integró desde las más altas funciones, aquel que manipuló el Indec y ocultó todas los índices sensibles en el pasado.

Pareció un compadrito de las orillas, aunque lejos de Evaristo Carriego o Jacinto Chiclana, que a su lado lucirían como un par de miembros de la Cámara de los Lores.

El joven Del Caño, con el desalineo irrespetuoso difícil de digerir en quien pretende representar a los 40.000.000 de argentinos que no son un malón de desarrapados, trató con fundamentalismo dogmático de imponernos no solo sus ideas sino sus parcializados homenajes, pues ya que le dedicó un minuto de silencio a las denunciadas 5 víctimas ecuatorianas, según él, del FMI, debió agregar, en todo caso, a las centenares de víctimas de la Venezuela chavista o a los miles de cubanos caídos bajo el yugo de sus camaradas, o acaso no son regímenes todos de su propio palo.

Del otro lado, el dogmatismo de derecha, aunque más respetuoso, sincero y genuino de Gómez Centurión, quien a diferencia de Del Caño, es por lo menos, un héroe de Malvinas y que por lo tanto merece estar, no sólo en esa, sino en cualquier tribuna argentina, por más que no compartamos algunas de sus ideas.

El caso de Lavagna, dio pena, porque apenas intentó cruzar el Rubicón, y merecía mucho más, a pesar del agobio de los años.

En este caso, y ante la reiteración del «hambre de los argentinos», como bandera de sus exposiciones económicas, sería bueno recordarle, a pesar de sus reconocidos méritos académicos en ese campo, que el tema no es el hambre sino la pobreza, que es muy distinto y que cualquier economista aficionado sabe distinguir.

Lavagna olvidó, al parecer, al compararlas con la situación argentina, que el hambre o las hambrunas son las que se vivieron, por ejemplo, en varios de los territorios africanos en el siglo pasado y también en el presente, o en Irlanda entre 1845 y 1849 en la que murió más de 1.000.000 de personas, el 25% de la población, (la Great Famine) o en 1879 (la mini Famine).

Otra hambruna fue la que vivió el mismo país europeo pero un siglo antes en el 1740/41 que se llevó a unas 300.000 persona, (Year of Slaughter), generalmente debido a la perdida de las cosechas en una economía pastoril dedicada al monocultivo y a las siempre cómplices malas administraciones.

Lo nuestro, la pobreza y la subalimentación que conlleva, perfectamente subsanables y reversibles con las medidas adecuadas, están muy lejos de aquello.

Dejé para el final a los que con algunos desaciertos pudieron superar favorablemente la prueba.

Espert, que demostró la tranquilidad y seguridad de quien sabe de lo que está hablando, que nada tiene que perder y que no necesita arengar a quienes le siguen que se supone gente más apegada a la inteligencia que a los arrebatos pasionales, tuvo un discurso medido, educado, y que sabe puede no ser compartido pero que no intenta imponerlo a la fuerza, sino que sugiere se lo escuche si se quiere cambiar porque, según él, derriba todos los paradigmas que nos llevaron al fracaso, pues propone todo lo contrario a lo que se está haciendo.

Todo ello sin importarle si es políticamente correcto.

Cometió, a mi entender, dos errores que son precisamente la dos propuestas que dejó como ejemplos: El arancelamiento universitario y la prohibición de los servicio de salud a los sindicatos.

En el primero, creo que el error es que, por falta de tiempo seguramente, no se lo explicó con más amplitud. Estimo que se refirió, y algo alcanzó a decir, que no es justo un sistema de gratuidad universal (que no es tal porque la pagamos todos con nuestros impuestos) y que la gratuidad debe ser acordada solo a los argentinos o ciudadanos que lo merezcan por carecer de recursos, y a quien demuestre superar las exigencias de la currícula en los tiempo pertinentes o con lauros distinguidos.

En cuanto a la segunda o sea a la prohibición de que los sindicatos brinden una cobertura de salud a sus asociados, es incoherente con su filosofía, su manera de pensar, adscripta como él lo explicita, al liberalismo concebido a ultranza.

Los sindicatos son una persona jurídica igual que cualquier sociedad, si se quiere con características mutualistas o cooperativas, y excluirlas de un sistema que se les permite a las otras parece muy autoritario más que liberal.

¿Porque una Sociedad Anónima podría administrar una clínica o sanatorio y no un sindicato, que es también una forma societaria? Por otra parte, qué mejor que dedicar a la salud de sus miembros los importantes fondos que poseen y no a cualquier otra cosa.

Sería peor el remedio que la enfermedad.

Por último dejamos al Presidente que tiene de admirable, a esta altura, que no se da por vencido ni aun vencido.

Soportó con hidalguía y frialdad los ataques y pretendió defender lo indefendible.

Aunque con bastante suficiencia, tratando de correr el eje, mencionando sus logros, esquivando sus errores y fracasos, pese a reconocer las deficiencias de su gestión económica.

Por fin hacia el final, expresó algo de lo que todos esperaban, porque cobardemente o por conveniencia tal vez, ninguno de los demás postulantes se refirió a los crímenes del Kirchnerismo (Entre los que podríamos contar el de Nissman, la impunidad al atentado a la Amia con el memorándum con Irán, los 52 de Once, los 200 de Cromañón, etc. sin contar las atrocidades administrativas y fiscales) o como superarlos o como impedir que regresen, como si ellos no dañaran a toda la sociedad y sólo lo hicieran al macrismo.

Y pese a todo quedamos con gusto a poco.

Entonces se refirió el Presidente sobre el cierre casi, al dedo acusador, a la soberbia compadrita, y a la insoportable pretensión de ser dueño de la única verdad que ostentaba el candidato kirchnerista, que obviamente reiteraba las pretensiones del pensamiento único que caracteriza a su fuerza, y también al tan manipulado endeudamiento, recordando que dos de cada tres pesos prestados fueron para pagar deudas contraídas por anteriores regímenes incluido, en primer término el de los Kirchner.

Obviamente la mayoría de los que ya decidieron el voto se reafirmaran en los dichos de sus candidatos, por algo los votaron en las PASO, pero algunos podrán cambiar y conseguir la utilidad de su sufragio y otros, los indecisos, los que no votaron, decidirán la elección.

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