Opina Claudio Chaves: tiempos modernos

OPINIÓN

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Foto: Fabio Venni

Por Claudio Chaves, profesor de Historia y licenciado en Gestión Educativa. Director de Escuela Secundaria de Adultos. Columnista especial de Lacity.com.ar.

 

 

 

Lectura: 9 minutos

Motivado por un interesante artículo de Francisco de Santibañes aparecido en Infobae el día sábado 3 de marzo acerca del avance del conservadurismo popular en el mundo, algunas reflexiones me permito realizar, desde otra perspectiva, que puede completar, si bien se mira, los argumentos del pensador del Cari.

Decía Raymond Aron «las doctrinas ocupan en las almas de nuestros contemporáneos el lugar de la fe y sitúan aquí abajo, en la lejanía del futuro, la salvación de la humanidad en forma de un orden social por crear».

En los últimos doscientos cincuenta años tres cuerpos de doctrina o sistemas ideológicos se inventaron para crear un nuevo orden social, explicar el pasado y marchar sin pausa hacia el futuro, seguramente venturoso y en condiciones de calmar la sed de absoluto de los hombres que los profesan. Ellos han sido el Iluminismo, el Marxismo y el Nazismo (nacionalismo exacerbado). Todos ellos modelos dogmáticos construidos desde la racionalidad que por lo general es exterior y ajena a la realidad. La idea central: una revolución que cambie todo y de golpe sin contemplar tradiciones, costumbres, memoria, estilos, hábitos, creencias, lenguaje. En una palabra higienizar la historia. Los tres creen en el progreso y en condiciones de construir un hombre nuevo haciendo tabula rasa con el pasado. Desde esta perspectiva son ideologías totalitarias.

El Historicismo, deriva del romanticismo, también cree en el progreso, pero no cree en la revolución o en los cambios violentos para lograrlo, sino en la idea de que la historia se mueve en una dirección que el hombre no puede torcer, solo adelantar o atrasar. Y esa dirección y esa evolución, ínsita en su interior, se halla predeterminadas por la historia, las tradiciones, la lengua, la geografía, en fin las condiciones dadas. En este caso no se trata de una ideología totalitaria y nada ha tenido que ver con el nazismo como imprudentemente se ha dicho.

El Iluminismo tuvo claros higienistas. Jean-Jacques Rousseau, fue uno de ellos, necesitaba un hombre afín a su modelo y para ello creo a Emilio su trabajo más revulsivo y extremo. Anatole France en su novela Los Dioses tienen Sed, sobre la Revolución Francesa, describe la figura de un joven, Gamelín, que expresa de forma rabiosa la pureza revolucionaria de un hombre construido desde la racionalidad. El hombre nuevo del Che Guevara, que jamás logró, a pesar del paredón, fue el costado iluminista del marxismo o los intentos de la Revolución Rusa de construirlo según nos cuenta el excelente historiador británico Orlando Fijes en su libro Los que Susurran, allí dice: «Anatoli Lunacharski (Ministro de Educación y Cultura) afirmaba que la llamada esfera de la vida privada no puede estar fuera de nuestro alcance, porque es precisamente allí donde debe cumplirse el objetivo final de la Revolución. La familia es el mayor obstáculo para la socialización de los niños. Al amarlo, la familia convierte al niño en un ser egoísta y lo alienta a creerse el centro del universo, era necesario reemplazar este amor egoísta por el amor racional de una familia social más amplia». Ni que decir del ideal de alemán que se proponía el Imperio de los Mil años. Aun causa espanto el discurso de Alfred Rosemberg, en el congreso del partido en 1938. Allí afirmaba: «La barbarie radica en la crianza y conservación, por motivos ideológicos, de perturbados mentales, idiotas, bastardos judíos o mulatos que ponen en riesgo las fuerzas culturales de todas las naciones».

El progreso indefinido y sin reparo en la identidades nacionales del iluminismo a ultranza, el extermino de las clases dominantes por un marxismo criminal y la supremacía de una raza superior exterminadora de judíos, negros y homosexuales, felizmente se derrumbaron. Sin embargo no abandonan totalmente el escenario político- cultural. Se imbrican, se prestan ideas y siguen en pie.

Sin embargo como bien observa Santinbañes unas modernas formaciones políticas han aparecido en los últimos años en India, Rusia, Turquía, Estados Unidos, Israel, Inglaterra, Brasil, entre otros. El autor observa que a partir de la caída del Muro de Berlín la alianza de conservadores y liberales estalló y los liberales asumieron banderas progresistas y los conservadores, nacionalistas. Acá urge una digresión. Ocurrida la Primera Guerra Mundial el liberalismo entró en un ocaso del cual tardaría muchos años en recuperarse, irrumpiendo el marxismo y el nacionalismo como nuevos cuerpos de doctrina. Como el nacionalismo renegaba de los principios de la Revolución Francesa, partera del liberalismo, el marxismo asumió las banderas del progreso pues se sentían herederos del espíritu revolucionario de los jacobinos. La Unión Soviética pasaba a ser el futuro y el socialismo el fin de la historia. El nacionalismo, que lucía como conservadurismo, tenía, sin embargo, un fuerte componente iluminista como afirma Horkheimer: «el orden nacido en 1789 como camino hacia el progreso llevaba consigo la tendencia al nazismo. Combatirlo reivindicando el pensamiento liberal equivale a apoyarse en lo que le ha permitido imponerse».

Así las cosas habría que empeñarse más a fondo para definir estos nuevos regímenes políticos que difieren de los analizados, críticos de ciertos aspectos de la globalización, especialmente en el plano cultural y denominado peyorativamente como populistas por los liberales afines al progresismo y repetido como letanía sanadora.

Estos regímenes son algo nuevo y han tomado prestado de los distintos cuerpos dogmáticos nombrados algunas cuestiones creando nuevas realidades no volcadas en un dogma sino construidas al andar. Defensores del sistema capitalista no confían tanto en la globalización financiera. Creen en el progreso y la ciencia. Defensores de valores éticos y morales tradicionales reniegan de las libertades llevadas al extremo de elegir género, aborto, eutanasia, poliamor y muchas más. Defensores de la familia tradicional no aceptan el matrimonio del mismo sexo.

pxfuel.com

No son nacionalistas en el sentido que este movimiento tuvo en sus orígenes pues creen en las instituciones republicanas, no son mesiánicos, no tienen el concepto de revolución, no creen que sea la fuerza y la voluntad los pilares fundamentales del accionar político, tampoco creen en el industrialismo gestado desde el centro del Estado, creen en el empuje del capital privado, y el nacionalismo e intervencionismo económico luce muy atemperado. Creen en formas más modernas de democracia como son los referéndums algo ajeno al viejo nacionalismo de caudillos autoritarios. Creen en el orden y las jerarquías alteradas por el relativismo de las élites gobernantes y en esto coinciden con principios inmutables de las grandes religiones monoteístas. Aunque no logran ponerse de acuerdo con todas ellas.

¿Y EN LA ARGENTINA?

No sabemos a ciencia cierta si en nuestro país emergerá algún candidato con la fuerza y el carisma suficiente como para llegar al gobierno y que guarde similitud con los nombrados. Se verá.

Lo cierto es que el kirchnerismo y el peronismo, que lo acompaña como una sombra, de ningún modo puede ser asimilado a la novedad. Aunque una variopinta galería de intelectuales y pensadores le atribuyen al kirchnerismo un sesgo similar que denominan populismo. Es decir nada.

El concepto derecha e izquierda sigue vigente como lo estaba antes de la irrupción del marxismo. Siempre hubo derecha e izquierda y lo habrá porque expresan posturas en función de las tareas a realizar. Ya no en aras de una sociedad comunista, idea aherrojada de la historia, aunque perdura en cuevas iberoamericanas como el Foro de San Pablo. Hoy es tiempo de otras miradas se es o no amigable con el capitalismo, con la interacción en la economía mundial y con el incentivo a los sectores productivos y competitivos, pero también en la defensa de nuestra cultura y nuestra historia todo eso sumado a una enorme desconfianza de la clase política. No hay a la vista nada.

Cambiemos fue un bluf. Políticamente correctos. Sin el coraje de gobernar un país como la Argentina y sin la voluntad de poner los pies en el barro y acercarse a las multitudes empobrecidas. Por otro lado el actual gobierno de Alberto Fernández es de centro izquierda como bien lo define el militante radical Santoro por lo tanto más de lo mismo.

Políticas de género, aborto, educación descafeinada enemiga del mérito, delincuencia sin graves consecuencias, impuestos extorsivos. Una élite de clase media porteña que desde el centro del Estado goza de las prebendas que de él emanan. Ya empieza a notarse cómo un selecto grupo de intelectuales antikirchneristas descubren bondades en Alberto. Sin percibir que no se puede ser un poco progre. En la Argentina si sos un poco progre caes en el kirchnerismo. Aunque, me atrevo a profetizar que de ocurrir el fracaso de Alberto el camino no es Cristina. Será algo nuevo.

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