Opina Flombaum: Es la economía, estúpido

OPINIÓN

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Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

 

 

 

Lectura: 6 minutos

En su vida James Carville (el Duran Barba de Clinton) hubiera imaginado que un virus de origen oriental lo hubiera puesto en evidencia.

Trump, Bolsonaro y en algún momento Boris Johnson, siguiendo esta consigna, plantearon a sus pueblos que no iban a sacrificar la economía de sus naciones en defensa de la vida de una fracción de sus pueblos.

Podría simplemente dejar este tema diciendo que es un típico planteo hitleriano, algo así como que, si mueren unos cuantos viejos y unos pocos jóvenes débiles, será el mero costo de imponer nuestras economías en la lucha por la preeminencia económica.

Con este concepto, rodeándolo de palabras, ejemplos y anécdotas, haría un buen artículo y lo dejaría en la pila de los tantos que se han escrito en estos días.

Pero quisiera profundizar la situación un poco más, porque esos personajes y seguramente otros de la misma calaña han sido elegidos en elecciones populares, legítimas, constitucionales y con el consenso de millones de conciudadanos que los votaron.

Lo que en realidad quedó expuesto arriba de la mesa es que la debilidad de la política y de las instituciones en la democracia occidental es lo que está en debate.

La debilidad institucional de nuestras democracias está directamente relacionada con la debilidad del Estado que las representa.

Es la debilidad del Estado como institución la que, por diversos motivos llevó a que los más capaces y los más probos dedicaran su esfuerzos a la actividad privada, dejándole a los menos capaces el espacio de lo público.

Todo comenzó cuando los Estados impulsaron la iniciativa privada como motor del progreso. Abandonando la función reguladora que es su esencia.

Así es como apoyaron a esas iniciativas dando recursos a través de los presupuestos estatales para la investigación y desarrollo de la ciencia y la tecnología que les permitió el desarrollo de los negocios que le dieron el poder que hoy detentan.

Así es como fueron cediendo hasta el poder del manejo de los presupuestos de defensa, privatizando hasta los ejércitos.

Así es como las corporaciones pudieron generar cadenas de valor para sus productos que distorsionaron el rol social de los mercados.

El resultado de cada una de esas acciones desembocó en un sector privado concentrador de poder y un sector público sometido a ese poder.

Una parábola, en un partido de fútbol hay dos equipos en pugna y un juez con dos ayudantes. Imaginen que ese juez pierde el poder de juzgar y un equipo, el más poderoso, impone las normas, ¿cómo sería el partido?

Ahora bien, ¿cuál es la consecuencia? El otro equipo se debilita y pierde hasta el interés por competir. Nos quedamos sin juego.

En realidad, lo que los políticos contemporáneos no pudieron comprender es que ese desarrollo tecnológico que ellos mismos alentaron y financiaron llevaba implícito el camino inexorable al universalismo. La aviación moderna, internet, el salto tecnológico en su totalidad fue financiado por los estados.

Esos políticos de cabotaje prefirieron someterse al poder corporativo y financiero, mientras no les quitaran ni les cuestionaran la lujuriosa vida que les daba el poder formal y las corruptelas que les garantizaba una cantidad de dinero suficiente para un retiro acomodado.

Negar el universalismo no es un acto de ignorancia, es un acto de egoísmo. La burocracia de Estados débiles solo se dedicó a pugnar por un «NO poder» en rencillas cortesanas mientras los poderosos desequilibraban más y más la balanza necesaria para que el sistema funcionara.

El universalismo es un dato. No fue designio de nadie, fue la consecuencia de la hiperconectividad, tanto de las mercancías como del conocimiento.

Si los políticos hubieran asumido la globalización como dato se hubieran dedicado a mejorar la competitividad de aquellos recursos que administraban para pelear por la mejor tajada en ese universo.

Pero al negarla, lo que hicieron fue ignorar el poder creciente de los sectores que por antonomasia son globales, el financiero y el productivo. Debilitaron a los que, solo con la protección activa del Estado, podían participar de ese nuevo proceso.

Los únicos culpables de la decadencia que occidente se va a enfrentar son los políticos cortesanos y débiles que no asumieron su responsabilidad.

Claro que tenemos una tabla de salvación: para subsistir, los sectores poderosos necesitan de los consumidores y eso nos salva de ser desechados.

Aquellos que digan que la globalización muere después de la pandemia, son los mismos que nos llevaron al desastre en el cual nos encontramos.

Si tomamos a esta crisis como un reseteado de un sistema fracasado se nos abrirá una nueva posibilidad.

Es absolutamente necesario desarrollar con todas las energías disponibles el sentimiento nacional y el sentido de pertenencia de cada pueblo, para poder lograr el mejor lugar en el universo cada ves más pequeño y más integrado.

Entonces cuando pienso en aquella consigna del gurú de Clinton, grito a los cuatro vientos ES LA POLÍTICA ESTÚPIDO, la economía debe estar al servicio del hombre, para eso el estado debe recuperar el poder perdido.

Pero no para jugar para uno u otro equipo, sino para equilibrar las cargas y garantizar que el sector más poderoso se equilibre con el que juega del otro lado para que el juego exista.

Tenemos una oportunidad, no la desaprovechemos, el occidente se diferencia por la libertad individual, pero sin un fuerte Estado regulador, eficiente, probo y capaz, los autoritarismos avanzarán sin remedio.

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