Opina Claudio Chaves: ¿Qué cambios se avecinan?

OPINIÓN

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Foto: Nickolay Romensky

Por Claudio Chaves, profesor de Historia y licenciado en Gestión Educativa. Director de Escuela Secundaria de Adultos. Columnista especial de LaCity.com.ar.

 

 

 

Lectura: 6 minutos

Cuando los millones de combatientes de la Primera Guerra Mundial retornaron a sus hogares ya no eran los de antes, sus almas habían mutado.

De la euforia de la partida, según descripciones de época, no quedaba nada, solo sombras que hacían ruido. Los ecos mutilados de las trincheras devenían en voces y gritos orientados a cambiar el mundo. La épica y la heroicidad de 1914 habían girado a frustración y bronca.

Los millones de muertos, consecuencia de la mala política de aquellas naciones no serían olvidados por los vivos. Las democracias imperfectas que los enviaron a la muerte debían ser destruidas como lo anunciaba Anatole France: «Los pueblos gobernados por sus hombres de acción y sus jefes militares derrotan a los pueblos gobernados por sus abogados y profesores. La democracia es el mal, la democracia es la muerte. Hay un solo modo de mejorar la democracia, destruirla», y en la Argentina Leopoldo Lugones redoblaba la idea: «Antes de la guerra era posible, a mi entender creer en la libertad, la justicia, la democracia, la igualdad y demás ideologías del racionalismo cristiano. Después de aquel experimento no veo cómo. El jefe resulta de una necesidad vital y la fuerza es la única garantía positiva de vivir y en las razas de combate como la humana, la suprema razón es el triunfo de la fuerza. Se nace león o se nace oveja, nadie sabe por qué. Pero el que nace león se come al que nace oveja, sencillamente porque ha nacido león».

El mundo ya no sería el mismo, líderes totalitarios, por encima y en contra de las instituciones, barrieron con las repúblicas elitistas de preguerra que en la mayoría de los casos se hallaban vacías de pueblo. El nazi-fascismo y el comunismo, movimientos de masas totalitarios, se hicieron cargo del siglo XX, quizás el peor siglo de la historia de la humanidad. Las democracias más robustas se salvaron de la era de las catástrofes, al decir de Hobsbawm.

Pero el cambio del orden social, del liberalismo clásico del siglo XIX al totalitarismo del siglo XX, respondió a razones históricas, ocasionadas para bien o para mal por la acción del hombre y sus ideas.

La naturaleza daba profundos dolores de cabeza por ejemplo la gripe española pero los totalitarismos nacieron por las crudas falencias de las democracias de élites. En los fundamentos que inició la guerra estaba el huevo de la serpiente y no en las consecuencias de esa catástrofe como algunos historiadores sospechan.

El notable historiador norteamericano Peter Fritzsche asegura que fue la irrupción de las masas en la política lo que llevó a la guerra y al nazismo: «Los días de agosto (inicio de la guerra) revelaron algo que nunca antes había resultado evidente: el pueblo alemán como un actor político activo. En otras palabras, la introducción del elemento plebiscitario había renovado los fundamentos políticos de Alemania» (De alemanes a nazis. 1914-1933).

Mussolini por su parte cuando el Parlamento italiano se rehusaba a involucrarse en la guerra denunciaba en su periódico a «esa pestilente plaga que envenena la sangre de la Nación».

Por otro lado el clima que vivía la intelectualidad europea expresaba el sentimiento del hombre común. Max Weber, Thomas Manm, George Simmel, Oswald Spengler, entre otros, fueron partidarios de la guerra pues en ella veían el fin de una vida monótona y sin sentido.

Una emoción profundamente arraigada por aquellos años era tomar contacto con la intimidad de la muerte pues acercaba al hombre al absoluto. Sacrificar la vida por una causa o salir de la soledad o encierro existencial por medio de la guerra era un sentimiento cuasi sagrado. O como también se afirmaba en esos círculos: la guerra permite experimentar la totalidad de la vida. Ernest Bloch aseguraba acerca de un amigo suyo: «Toda su vida ha ido en pos de lo absoluto. Ahora espera encontrarlo en las trincheras».

Aunque sea con pequeñas frases vale recordarlo pues ese era el clima espiritual de aquellos años que llevaron a los totalitarismos.

¿Es esta la atmósfera espiritual que envuelve al mundo en la actualidad? ¿El hombre del común va en pos del sacrificio por todos y en búsqueda de lo absoluto tentando a la muerte? Hasta una criatura de cuatro años sabe que no.

Apenas abrieron una hendija de la cuarentena en algunos países europeos la gente salió a tomar el sol, a disfrutar de la familia, de los amigos y vincularse con el prójimo. ¡Esto no va para el totalitarismo! ¡Va para la libertad!

Ciertamente, antes de la pandemia, había un clima generalizado de descalificación de la élite política, en el sentido de parecerse a una casta alejada de las realidades de las mayorías. Gracias al Covid 19 están en condiciones de amigarse con los pueblos. Habrá que verlo. Algunos saldrán bien parados otros no. Ciertamente la economía está absolutamente detenida por voluntad de la política, si eso cambia, si se decide abrir nuevamente el juego, lo que se lee y se oye acerca de los daños institucionales y culturales que la pandemia ocasionará se remontarán rápidamente. Serán graves, va de suyo, pero al menos se sabrá que habrá que correr para el lado de la vida y la libertad y no para el otro mundo.

No es entendible la preocupación de intelectuales y políticos por el avance del Estado frente a la pandemia. ¿De qué otra manera podemos defendernos de la naturaleza? Desaparecida ésta, vendrá el debate como viene ocurriendo desde siempre: habrá estatistas, menos estatistas, y absolutamente liberales. En democracia los temas se discuten. No creo plantear ninguna novedad.

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