*Escribe Mariana Gonzalez, especialista en Computación Científica, Fac. Ciencias Exactas UBA. MBA, ITBA.

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«Ya no podemos decir que no lo sabíamos». Con esa frase, el secretario general de la ONU presentó el primer informe científico «independiente» sobre inteligencia artificial. Cuarenta expertos de todo el mundo analizaron qué tan lejos llegó esta tecnología y qué tan poco control tenemos realmente sobre ella, que, según sus propios autores, alcanza para preocuparse.

El 1 de julio de 2026 se publicó el primer informe global e independiente sobre inteligencia artificial encargado por la ONU. Los cuarenta científicos de las cinco regiones del mundo, académicos, técnicos, representantes del sector privado y de la sociedad civil, participan a título personal, sin representar a ningún gobierno ni empresa (aunque muchos trabajan en las grandes compañías de IA). Está copresidido por Yoshua Bengio (pionero del deep learning) y Maria Ressa (periodista y premio Nobel de la paz).

La conformación del panel priorizó explícitamente balance geográfico y de género por sobre concentrar solo a las «superestrellas» angloparlantes de Silicon Valley y Reino Unido, que es justamente la crítica que suele hacérsele a otros paneles internacionales.

No es un documento regulatorio, no fija reglas ni recomienda políticas específicas, sino que busca ofrecer una base científica común para que los gobiernos legislen con evidencia, no con supuestos.

Este es solo un informe preliminar, el panel seguirá trabajando y presentará su primer informe integral en 2027.

El informe concluye que la IA presenta beneficios potenciales enormes, pero también riesgos significativos derivados de su rápida expansión y adopción desigual. El informe enfatiza la necesidad urgente de gobernanza internacional segura, justa e inclusiva, dado que la tecnología avanza más rápido que las instituciones.

Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas, cerró el lanzamiento con una frase que resume el espíritu del informe. «We can no longer say we did not know. What we do with it is now up to all of us». (Ya no podemos decir que no lo sabíamos. Lo que hagamos con ello ahora depende de todos nosotros). Su llamado a los gobiernos fue directo, no esperar más para construir reglas compartidas, porque cuanto más avance la IA sin ellas, menos margen de decisión les quedará tanto a los Estados como a los ciudadanos.

Un dato relevante, Estados Unidos y Paraguay votaron en contra en la Asamblea General de la ONU, el 12 de febrero de 2026, cuando se aprobó formalmente la conformación de los cuarenta miembros. China, Rusia y los aliados europeos votaron a favor.

China quiere estar adentro porque le conviene la influencia que da, EE. UU. prefiere no sentarse a esa mesa porque prioriza control unilateral y ventaja competitiva.

Pero, como siempre, con la ONU, nos preguntamos, «¿va a servir para algo?».

Hasta ahora, cada país, empresa o «think tank» hablaba de «riesgos de la IA» desde su propio vocabulario. Este informe nos posiciona a todos, UE, EE. UU., China, América Latina, industria, academia, a discutir sobre los mismos datos y categorías. Eso, en política tecnológica, ya es bastante.

Los informes de este tipo funcionan como anclas para negociaciones multilaterales. Permiten que un regulador diga «esto no lo digo yo, lo dice el Panel Científico de la ONU». En diplomacia, eso es poder.

El informe desactiva dos extremos, la narrativa de «IA como salvación automática» y la narrativa de «IA como catástrofe inminente». Lo reemplaza por una lectura empírica, beneficios enormes + riesgos sistémicos reales + desigualdad en la adopción.

Pero…

No va a frenar la carrera tecnológica entre grandes empresas.

No va a resolver la concentración de poder.

No va a producir regulación vinculante por sí mismo.

No va a cerrar la brecha, en el ámbito de la IA, entre países ricos y países en desarrollo sin políticas adicionales.

No es una herramienta de cambio inmediato o coercitivo.

Además, EE. UU., el «dueño de la pelota», no está sentado en esa mesa. El informe mantiene una legitimidad científica intacta pero una legitimidad geopolítica limitada.

EE. UU. dio básicamente tres argumentos, uno geopolítico/comercial, la IA como ventaja competitiva, no como riesgo a gestionar colectivamente; otro argumento es que el el panel se armó de forma poco transparente (léase, hay gente ahí que no queremos) y el argumento de fondo, la ONU se está extralimitando en su mandato. Agregaron un argumento adicional, casi irónico, dijeron que el panel será demasiado lento para importar.

En síntesis, los informes no coercitivos no regulan la tecnología ni alteran la conducta de los actores que dominan la frontera, pero mantienen abierta la posibilidad de gobernanza en un campo donde el poder está concentrado y la velocidad de innovación supera cualquier capacidad estatal. Algo es algo…

Quizás la lección más honesta de todo este proceso no esté en el informe, sino en la sala donde se discutió, cuando 193 países se juntan a hablar de los riesgos de una tecnología, lo que termina definiendo el resultado no es la ciencia que se presentó, sino los intereses que cada uno trajo puestos. La IA seguirá avanzando a su propio ritmo. La pregunta es si la humanidad va a poder decir, dentro de unos años, que hizo algo más que hablar de eso a tiempo.

*Imagen generada con IA.

*Mariana Gonzalez
Computación Científica, Fac. Ciencias Exactas UBA
MBA ITBA
Empresaria en Argentina y Uruguay en empresas de tecnología.

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