Opina Calabrese: La fórmula Perón-Balbín (III)

OPINIÓN

Perón_-_Balbin
Encuentro entre Perón y Balbín en 1972

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

 

 

 

*último capítulo de la serie preparada por el historiador Antonio Calabrese.

Lectura: 12 minutos

La lucha por la unidad

A todo esto, desde aquel año, 1972 Hidalgo Solá, discípulo dilecto de Ricardo Balbín y convencional radical, sobrino de Juan Carlos Pugliese, mantuvo una actitud muy activa en sus públicas actividades con el justicialismo y a partir de noviembre comenzó a trabajar en una oficina de Florida y Paraguay donde se reunían hombres de ambos partidos.

En diciembre, un mes después fue recibido por Perón en Gaspar Campos por gestiones de Osinde, y hasta se llegó a especular que si no era Balbín quien integrara la fórmula podría ser él mismo.

El presidente, viendo que sus fuerzas amainaban, le pedía al Ministro del Interior Llambi una mayor fluidez en el trato con el radicalismo, en especial con Troccoli y Vanoli.

Entrevistado diez años después, en 1983, por diversos medios, Juan Manuel Abal Medina, que fuera Secretario del Partido Justicialista en la época de los episodios, declaró: «La intención real de Perón en esa época fue la de conformar su fórmula con Balbín. Esto va a tratar de desmentir mucha gente pero es absolutamente cierto».

Armando Balbín según ratifica el mismo biógrafo, Pavón Pereyra, sostiene que su hermano le expresó al General ante cualquier ofrecimiento, que en el movimiento Justicialista existían hombres de valía como para acompañarlo, lo que Perón rechazó de plano, algo que sabía Abal Medina, recordándose que tenía todas las cintas de las conversaciones privadas que celebraran en su ausencia los más importantes dirigentes justicialistas con Lanusse.

La elección demostraba, una vez más, que no confiaba en quienes le rodeaban para la tarea de la pacificación y unión nacional.

Abal Medina es todavía más expresivo y sostiene que a partir de entonces y en conocimiento de su decisión la fórmula única comienza a ser bombardeada por múltiples sectores del peronismo, lo que le fastidiaba sobremanera al General, al igual que por los sectores más antiperonistas que radicales del partido de Balbín.

El periodismo calificado indicaba que muchos radicales ocuparían cargos prominentes, y así en la cartera de Hacienda sonaban Pugliese, Vanoli e Hidalgo Solá, por ejemplo.

El alfonsinismo, que había dejado de apoyar al verse excluido sostenía que era «un golpe de la derecha».

El Radicalismo postergó la Convención del 23 de Julio al 28, sin embargo no pudo lograrse acuerdo alguno. Triunfaron, una vez más, los intereses mezquinos y de facción, que apelaron a cualquier medio para impedirlo.

Por ejemplo, con anterioridad, el 17 de noviembre previo a la reunión de la «Hora del Pueblo», Alejandro Díaz Bialet invita a Balbín a reunirse en Gaspar Campos una hora antes de que llegue el resto de los representantes de los otros partidos, a fin de hablar a solas con Perón. Cámpora insiste en viajar con el líder radical en el mismo vehículo y toma por Leandro N. Alem y Avenida del Libertador «para ganar tiempo» aunque sabía que a esa hora demoraría más de la cuenta en llegar. Se produjo un embudo como siempre y fue un atolladero. Vanoli recordaría que a los otros políticos se les recomendó ir por Maipú.

A veces las pequeñas cosas impiden los grandes acontecimientos.

Llegaron tarde y ya estaban todos presentes. No se concretó la reunión a solas, sin embargo Vanoli, salteando al entorno, por intermedio del Coronel Osinde, jefe de la custodia, obtuvo para unos días después otro encuentro a las 9 de la noche en el mismo lugar. Duró una hora y lo hicieron a solas, considerándose positivo su resultado.

«El General me confió que ya estaba amortizado como ser humano y que quería dedicar sus últimos años a trabajar por el reencuentro de los argentinos», dijo Balbín.

Al día siguiente Vanoli llamado por Osinde fue requerido por este, a fin de saber si estaba en condiciones de afirmar hasta donde el radicalismo aceptaría la fórmula de consenso.

Lo que era a esa altura un tanto difícil ya que el partido tendría elecciones internas en los diez días siguientes.

El sector sindical encabezado por José Rucci, hombre muy cercano al General, lo que tiempo después le costara la vida a manos de los montoneros, que por supuesto se oponían terminantemente a cualquier acuerdo, apoyaba y con él todo el sector vericalista.

Las conversaciones no eran todo lo fluidas que debían ser, porque múltiples intereses contrarios en ambos bandos desplegaban inconvenientes de cualquier naturaleza para impedirlo, sin embargo en 1973 el radicalismo posterga su convención, al parecer según la mayoría, a instancias de los que querían arribar a un buen acuerdo.

«En mi concepto Balbín es quizás el dirigente más importante que tiene el país» decía Perón ante quien estuviera presente, según recuerda Pavón Pereyra y el diario «La Opinión» tiempo después en agosto de 1974.

Es poco sabido que cuando estuvo enfermo en junio de 1973 con un problema circulatorio, Perón ordenó que le hicieran un parte diario de su salud al líder radical.

Este, a su vez, fue acusado de tener gestos entrañables con su viejo adversario a lo que contestó: «Yo advertí en el pueblo una división profunda, y el hombre (Perón) desde la cúspide vertical, el real árbitro del país admitió el diálogo y le hizo un favor al pueblo y lo amistó. De modo que ¿yo tenía que volver con el viejo odio a destruir lo que Perón había hecho posible? ¿Tenía que explicar que fui yo su adversario pertinaz y que habíamos sido amigos porque él me dio esa oportunidad para que el pueblo se arreglara? ¿Tenía que repudiar la concepción «integrada» de la Unidad Nacional elaborada por Perón como un principio indestructible porque yo no era capaz de afrontar la crítica de algún miserable?».

Mientras tanto en Madrid, en conversaciones a solas con Solano Lima y hablando del tema, el jefe del peronismo sostenía: «Al evaluar la personalidad del doctor Balbín confieso que un hombre como él, quien ha sacrificado toda su existencia, consagrándola a la idea de un partido político al que ha servido constantemente sin especulaciones subalternas ni ambigüedades sospechosas y ante cuyo altar ha quemado los placeres del hogar, la familia, de la carrera, junto a la posibilidad de redondear una posición económica y profesional floreciente; ese hombre reitero, a quien nadie ha podido arredrar ni turbar en su conducta cívica y moral, se ha hecho merecedor cuando menos de toda nuestra consideración, de nuestro más profundo respeto».

Allí se perfila lo que la historia demostró, no había ni en uno ni en otro partido quien estuviera a la altura política de ambos ante la magnitud de los problemas que enfrentaba la nación.

Inclusive desde el gobierno el presidente escuchó en cuestiones claves, importantes, a Balbín. Dio a largas la reforma constitucional que desde su partido impulsaban, en materia de enseñanza universitaria siguió los conceptos vertidos por este y finalmente ordenó a su ministro del interior embajador Benito Llambi, rompiera el decreto de intervención a la provincia de Buenos Aires, y con la renuncia de Bidegain se respetó la vía institucional.

En aquel entonces el periodista Sergio Villarruel al interrogar a Balbín sobre el episodio, este le contesta: «Es un triunfo de la democracia en el gobierno».

Y pensar que le había ofrecido la posibilidad de ser el interventor o que al menos designara a quien le pareciera.

Dicen que Perón al escuchar y ver en el noticiero estas declaraciones, exclamó con admiración tomándose la cabeza: «Este Balbín es increíble, quise darle un triunfo a los radicales pero es él quien me lo devuelve a mí».

En tanto en materia de «Seguridad del Estado» y «disciplina política», el radicalismo consideró que las respuestas del Presidente a los diputados oficialistas de la juventud «fueron de un realismo avasallante».

En otra circunstancia, después del discurso del presidente vestido de General tras el ataque y los graves sucesos de Azul, el propio Balbín expresaba desde Comodoro Rivadavia en una entrevista personal: «Yo participo del acento de crítica y condena así como de la energía con que se pronunció el presidente de la Nación en torno a este episodio que perturba la marcha del país».

Aquella recurrencia hacia Balbín perduró hasta sus últimas horas.

Se dice y ratifica Pavón Pereyra, que aquel último día llamó al Dr. Gustavo Caraballo, por la mañana para que estudie si había alguna probabilidad constitucional de transferirle el poder al líder radical, a lo que por supuesto este contestó que era imposible, ante lo cual el General expresara a su mujer: «De todos modos nunca dejes de consultarle antes de tomar una decisión».

Se suponía, inclusive, que había dejado a resguardo del Secretario de la Presidencia, un testamento político, cuya existencia había declarado la propia Isabel, por eso cuando al día siguiente de depositar el cadáver en la cripta acomodada especialmente, el viejo adversario fue convocado a Olivos, existía una gran expectativa al respecto.

Según expresara Heriberto Khan, el propio Caraballo lo habría confirmado en conversaciones con su amigo Vanoli, sin embargo la presidente solo se habría limitado a decirle a Balbín aquel día: «Doctor usted fue motivo aquella mañana, de conversaciones con el General, lo necesito cerca mío…».

Al poco tiempo Caraballo fue desplazado de su cargo en Presidencia nombrándolo en un cargo diplomático en el exterior. Nunca más se habló del testamento.

Finalmente y como gesto quedó para la historia aquella emotiva y patética despedida de Balbín a su «amigo y viejo adversario», al lado del catafalco que arrastraría la cureña a su ultimo destino.

 

Epílogo

Rechazando cualquier interpretación contrafáctica y analizando los hechos objetivamente, es nuestra opinión, que aquella fría mañana de Julio del 74, murió para siempre el peronismo constructivo y organizador de una nación moderna y la posibilidad de adaptar a la Argentina una democracia social imponderable. Después, el peronismo, volvió al gobierno varias veces pero en un abanico ideológico incomprensible que va desde la derecha a la izquierda, y se transformó en una lamentable comparsa de carnaval en donde cualquiera vale con la máscara puesta, alcanzando niveles de corrupción sistemáticos, nunca vistos, en algunos períodos.

Pero el radicalismo tampoco salió indemne.

Triunfó sí, con el Alfonsinismo, opositor en el último tramo de aquel acuerdo que debió ser histórico, y se cubrió de gloria con una victoria en 1983.

Sin embargo quedó exhausto, en un gobierno que pretendió llevar a solas, con el récord mundial de dos hiperinflaciones a cuestas en un breve lapso, destruyó al radicalismo, aquel partido que representó siempre a las clases medias, prudente, equilibrado y al que acompañaba la gente independiente, la mayoría silenciosa, para transformarlo en representante de una progresía vulgar y bizarra, que le hizo perder las adhesiones históricas

Alfonsín había ganado en el 83 con el 50% de los votos, pero ya en el 89, Angeloz obtuvo apenas 36% , en el 95 Massaccesi, su candidato, sacó apenas el 16,16%. En el 99 ante el derrumbe de Menem y en una «Alianza» circunstancial con la candidatura del moderado de la Rúa recuperó los votos del centro y con el 48% superó por más del 10% al peronismo herido.

Sin embargo una desastrosa administración forzó primero la renuncia de su vicepresidente y después la del propio presidente, hundiendo al centenario partido en la próxima elección con la candidatura de Moreau, una de las espadas alfonsinistas, por entonces, en un insignificante 2,34% en las elecciones del año 2003.

Después de aquella catástrofe, con un candidato extrapartidario como Lavagna, recupero algunos puntos llegando al 16,91% de los votos emitidos.

Finalmente y como furgón de cola de otro nuevo partido de centro en un frente con el Pro, en el 2015 volvió a entrar subrepticiamente a la casa rosada, para volver a derrumbarse 4 años después.

Hoy exhibe hegemonía circunstancial en apenas dos provincias Jujuy y Corrientes, porque en Mendoza gana y pierde según se demostrara en las elecciones de los últimos veinte años. En CABA, de ser el partido mayoritario por casi un siglo, a la fecha esta apenas en un deslucido tercer lugar, el mismo que ocupa en la provincia de Buenos Aires, si contamos los municipios a su cargo, los del Pro y los peronistas.

El país está en caída libre, política, económica, social y moralmente.

El tren pasó hace 45 años.

Ojalá vuelva hacerlo.

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