Opina Calabrese: La identidad del Peronismo

OPINIÓN

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Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

 

 

 

 

Lectura: 13 minutos

Las diferencias ideológicas entre el peronismo y el radicalismo

Dos identidades irreconciliables

Reconocer las doctrinas partidarias es una manera de leer un proceso político, pues se transforman, en la praxis, en banderas que identifican a sus partidarios y a sus líderes, los que llegan a serlo o se constituyen como tales, generalmente, por ser los más representativos de ellas en un momento dado.

Es importante, en primer término, para comprender la identidad del peronismo, o del radicalismo, generadas en las ideas que los sustentan, señalar la ubicación ideológica de estos dos grandes actores de la política argentina en los últimos setenta años, porque si no, parecerían apenas dos expresiones folclóricas lugareñas sin mayor trascendencia que la temporalidad de su vigencia.

Para cualquier observador foráneo es muy difícil distinguirlos, fundamentalmente en el mundo abstracto de las ideas, según se nota en las publicaciones atinentes, siéndolo también para los propios argentinos, más allá de los discursos de barricada que diferencian y distinguen el accionar de uno u otro. Para adjetivarlos suavemente, los radicales más democráticos y apegados a la ley, los peronistas más pragmáticos y avasallantes.

Pero partiendo del mundo del pensamiento y abrevando en sus orígenes debiera ser fácil, sin embargo, distinguir individualmente a un peronista de un radical, no obstante que ello no ocurre porque en la lucha por el espacio, por el territorio, por los votos, sus dirigencias y las generaciones que se suceden en el mando, cada vez se distancian más y tienen menos tiempo para postergar las urgencias buscando sus respuestas en el campo ideológico que por otra parte parece mutar diariamente.

El radicalismo, en su génesis abreva en la revolución y la intransigencia contra el régimen, sosteniendo a la alternancia en el ejercicio del poder como solución, producto del sufragio universal, secreto y obligatorio, en elecciones libres contra el fraude electoral.

Desde 1890 Leandro N. Alem impugnó el monopolio del poder y el «acuerdismo», sistema de alianzas entre caciques, los que se repartían el poder, con lo que se diferenció del Alsinismo y el Mitrismo, tal como se designaban a las corrientes dominantes, según el apellido de sus líderes.

Esto se acentúa después del artículo que publica en su favor el Dr. Francisco Barroetaveña y la formación contemporánea con él, del club de la Juventud de la Unión Cívica en tumultuaria asamblea en el Jardín Florida.

Sin embargo aún en 1904 el Comité Nacional sólo puede definir al radicalismo «como una tendencia fundada en un anhelo colectivo».

Hipólito Irigoyen, sobrino y sucesor de Alem en la conducción, se oponía expresamente a sancionar un programa, y ya bien entrado el siglo decía que: «los intereses particulares debían acallarse y volver al de la Nación, porque si no, era como si un mandatario le estuviese pidiendo rendición de cuentas a su mandante, cuando en realidad, debe ser al revés».

Tiempo después, uno de sus más importantes dirigentes Pedro C. Molina pareció zanjar la falta de programa sosteniendo que este era la Constitución Nacional, ningún programa podría considerarse superior a ese.

Los biógrafos de Irigoyen como Oyhanarte, Gálvez, Rodríguez, y otros, le atribuyen a sus ideas una fuente Krausista, buscando una raíz filosófica de origen ecléctico.

El personalismo que identifica al partido con su conductor concluye prácticamente en la tercera década del siglo pasado con Marcelo Torcuato de Alvear y sus seguidores, no obstante el regreso posterior de Irigoyen al Poder.

A partir de allí el radicalismo, totalmente popularizado, no puede contener la multiplicidad de sus expresiones y se empieza a presentar en las elecciones nacionales y locales fraccionado y dividido. En una elección en Tucumán, por ejemplo, llegó a presentar hasta seis listas diferentes de candidatos a diputados nacionales.

Esta tendencia que se venía manifestando desde la primera presidencia de Irigoyen provocó la ironía del Conservador mendocino J. C. Raffo de la Reta que les preguntaba «¿Dónde está la causa?», porque al dividirse se identificaban por colores (Rojos, Azules, etc.) y entonces les tildaba en realidad de «arco iris», lo que más allá de la anécdota podría aparentar una dispersión doctrinaria que era inexistente sino más bien de diferencias personales.

Todavía en 1978 la tendencia «unionista» encabezada por Arturo Mathov instaba al radicalismo a definirse, a «elegir las banderas ideológicas y programáticas». Para Mathov las tendencias equivocadas habían convertido al partido «en una fuerza socializante y colectivista con orientación populista lo que constituía una deformación demagógica, grosera y oportunista».

Se refería, sin duda, a la tendencia que lo domina desde entonces, expresando un cambio ideológico notable, encabezada en su momento por la línea «Renovación y Cambio». En nombre de ella el exsenador Hipólito Solari Irigoyen lo había inscripto en la internacional socialista, en 1977, que presidiera el alemán Willy Brandt, lo que fuera ratificado después de 1983, desde el Poder, por Raúl Alfonsín.

En 1993 Jesús Rodríguez proponía reemplazar la «dinámica de la reproducción política» y «superar al ciudadano como principal referente para agregar a los nuevos actores sociales».

El peronismo, es todo lo contrario. Es una doctrina creada con anterioridad a su existencia, que tiene su expresión práctica exitosa en el país, de la mano de quién la aprendió, y la expuso, dándole cariz local, adaptándola en toda su intensidad, primero desde la Secretaria de Trabajo Y Previsión, después desde la Presidencia de la República.

Algunos llegan decir que Perón no creo al peronismo, sino que el peronismo creo a Perón.

Nace de las encíclicas sociales de la Iglesia Católica, que conmovida por la irrupción del industrialismo y el proletariado, da una respuesta a las ideologías socialistas con el marxismo a la cabeza, las que intentaron monopolizar su interpretación y su representación política.

Las ideas y hasta la terminología plasmada en dos obras: «La Comunidad Organizada» y «El Modelo Argentino» son las expresiones liminares del pensamiento de Perón que se pueden encontrar en los textos fundadores de la Doctrina Social de la Iglesia.

La encíclica «Rerum Novarum» («De las cosas nuevas») pertenece al Papa León XIII y sale a la luz en 1891. Es la primera de las encíclicas sociales y fundante de su doctrina social. Su temática versa principalmente sobre las condiciones de la clase trabajadora. Apoyaba e instaba a crear «uniones» o «sindicatos» para mejor defender sus intereses, y a respetar la propiedad privada, aunque agrega la función social de la misma para diferenciarla de la propiedad en sentido liberal, señal, esta última, distintiva con los socialismos que reservan al estado la propiedad de los medios de producción. Proponía una organización socioeconómica muy emparentada con el corporativismo y hablaba de «Justicia social» término por ella acuñado, concepto, posteriormente, identificatorio del peronismo, que lo toma como propio y lo transforma en el objetivo de su acción política. Condena al Capitalismo, tan vapuleado en la primera década del justicialismo e insta al intervencionismo estatal como un factor equilibrante de las distancias entre ricos y pobres, probablemente siguiendo las tendencias del constitucionalismo social de moda en la época.

Se cree que tuvo una influencia decisiva desde el punto de vista ideológico en la misma, el Arzobispo de Westminster, Henry Eduard Manning.

La segunda encíclica trascendente es la «Quadragésimo Anno» («A los cuarenta años») que dicta Pío XI en 1931 a los cuarenta años, precisamente, de la «Rerum Novarum».

En ella, el cristianismo se hace cargo de los obreros sin pasar por el socialismo El objeto era reconstruir al mundo después de la primera guerra mundial y la depresión de 1929. Defiende al salario y al contrato laboral, al que distingue de todos los demás contratos civiles dada la disímil y desigual situación de las partes contratantes. Condena al comunismo y propone un nuevo orden social, ni individualista ni colectivista.

Perón que fue un intelectual muy prolífico con formación en el ejército argentino, según puede verse en sus obras completas que editadas por la Imprenta del Congreso de la Nación en la década del setenta, ocupa nada menos que dieciocho volúmenes, por lo tanto, combina la formación en la corriente liberal conservadora de aquel con las enseñanzas de los filósofos de la iglesia. Siempre como una forma de contención de la izquierda y el marxismo, lo que continua hasta el fin de sus días.

Cuando dispone convocar a los partidos democráticos para la «Hora del Pueblo» ordena expresamente que se excluya de ella a los partidos marxistas y ya en funciones del último gobierno se recuerdan como las más expresivas de esta breve gestión, a la expulsión de la plaza de los montoneros, la recriminación e intimación a los diputados nacionales representantes de la juventud y la condena del asalto a los cuarteles de Azul que efectúa ante las cámaras vestido con el uniforme de General de la Nación, que solo volvería a lucir después de muerto.

Sus tendencias conservadoras se manifiestan tempranamente al ser protagonista del golpe del 6 de Septiembre de 1930 algo de lo que luego se arrepentiría y al enrolarse, posteriormente con los Justistas, en la lucha entre estos contra los ultra nacionalistas Uriburistas.

La influencia de esta formación se rebela claramente, por ejemplo, en los nombres que impone a los ferrocarriles nacionalizados: Roca. Mitre, Sarmiento, etc., lejos del revisionismo histórico nacionalista.

Esta visión de la política, fue claramente advertida por la izquierda argentina que masivamente milita en su contra en la «Unión Democrática» aunque deba hacerlo junto a los ultra conservadores y liberales, para oponerse no sólo a su elección, desde 1945, sino a toda la obra de sus primeros gobiernos, por los casi diez años que duraron, para terminar participando inclusive, en la «Junta Consultiva» y en cargos y embajadas en el golpe de Estado de 1955, que derroca a Perón, tiñéndose de sangre con los fusilamientos de militares, estudiantes y obreros peronistas en 1956.

Aquella doctrina y otros conceptos basados en Ernest Jünger, Oswald Spengler y Max Weber, entre otros, como recuerda Jorge Castro conforman definitivamente el pensamiento político del peronismo.

Por estas razones el concepto de «Democracia social» que expresa el «Modelo Argentino» es absolutamente diferente de la Socialdemocracia, basada en el «Estado de bienestar» como ícono aglutinante.

El asistencialismo no era propio del peronismo. Los subsidios como sistema de distribución de la riqueza pertenecen al concepto del Estado de Bienestar de la socialdemocracia, para el peronismo en cambio, la justicia social consistía en dar trabajo, en el pleno empleo, en la vida meritocrática, siguiendo nuevamente la enseñanza evangélica de «ganarás el pan con el sudor de tu frente».

Hoy esta todo dado vuelta, tergiversado y escuchamos hablar de Peronismo de izquierda, peronismo marxista, peronismo gramsciano, peronismo de centro izquierda en el mejor de los casos, algo absurdo por haber nacido como todo lo contrario. De allí nuestra afirmación de que está muerto.

Podría sostenerse que es la única revolución de derechas triunfante en Latinoamérica que perduró más de medio siglo, incluyendo al dominio de los sindicatos y la central obrera que de ser anarquistas, socialistas, comunistas, pasaron a ser la columna vertebral del peronismo, algo que hoy no se puede afirmar ante los desvaríos de quienes tomaron por asalto a su estructura política alejándola de aquella definición ideológica inicial.

Por eso afirmamos que el peronismo como tal murió el 1 de Octubre de 1974, salvo algunos intentos como el de principios de 1992 cuando una delegación integrada por Humberto Toledo, y Erman González entre otros llevó a Alemania ante el canciller Helmut Kohl en Berlín, la voluntad de integrarse a la internacional socialcristiana, postura que en años posteriores solo la escuchamos en el primer nivel, en los discursos de José Manuel de la Sota.

Conclusión: El radicalismo, es hoy finalmente, una expresión socialdemócrata. Es contractualista, Roussoniana, el «Contrato Social» es una especie de Biblia iniciática, tiene por objeto a «La República» y por Sujeto «Al Ciudadano». El peronismo nace socialcristiano, por más que algunas deformaciones que ignoran su génesis pretendan izquierdizarlo. Se funda en la doctrina social de la Iglesia, siendo su objeto «La Comunidad Organizada» y su sujeto «El Hombre», en toda su dimensión, más allá del ciudadano o miembro de «la polis», como perteneciente a la familia, célula primaria de la sociedad y la cultura en general.

Por esta razón, salvo en algunos temas específicos y perfectamente identificados, jamás podrían coincidir en alianzas electorales, exceptuando coyunturas especiales, catástrofes o convulsiones como las vividas en 1973 con la guerra subversiva.

Podría decirse que cuando un radical o un peronista se acercan, uno al otro en el pensamiento político, es porque están dejando de ser radicales o peronistas.

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