Pacto de la Moncloa para Argentina, la opinión de Norberto Zingoni

OPINIÓN

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Gobierno y gobernadores / Foto: Casa Rosada (Presidencia de la Nación)

Por Norberto Zingoni, escritor, abogado, corresponsal de LaCity.com.ar en Europa.

 

 

 

Lectura: 9 minutos

«En los momentos de crisis no sabemos lo que nos pasa, cuando es precisamente eso lo que nos pasa: que no sabemos lo que nos pasa», decía Ortega y Gasset.

Esta pequeña reflexión acerca de la sana intención de parte de muchos dirigentes y comunicadores argentinos de copiar algunas experiencias exitosas, como la de la democracia española, tiene como único objetivo entrar un poco más en profundidad en el debate de este tema, antes que el apuro, la superficialidad y una cierta forma light que se ha adueñado de la cultura política argentina, distorsione al mismo y entre en el olvido o peor: copien mal.

Hasta se pensó en traer a algunos de los dirigentes o especialistas que hicieron esos pactos para repetirlos en el país.

Los Pactos: Lo primero: los Pactos de La Moncloa fueron sólo un capítulo de importancia, pero sólo un capítulo de la Transición; fue un acuerdo de dirigentes para acordar bajar la inflación, acordar límites a los movimientos sociales y huelgas que se multiplicaban en esa época, regular el aumento de salarios y su relación con una inflación que había llegado hasta el 40% anual. El Pacto de la Moncloa fue propuesto por el ministro de asuntos económicos Fuentes Quintana a Adolfo Suárez quien acordó con el Partido Socialista (PSOE) y con el beneplácito del Partido Comunista de Carrillo. «Se trataba de pactos políticos, suscritos exclusivamente por los partidos», dice Santos Julia (Transición Democrática, Ed. Labor). Hay que destacar, sin embargo, que todos los autores coinciden en la importancia que los Pactos tuvieron para frenar la inflación y ordenar la economía de la naciente democracia. Y también la importancia, quizá más simbólica que operativa, de una palabra que se hizo carne en la Transición: el consenso. Un doloroso aprendizaje: es imprescindible consensuar.

La Transición: Pero en lo que hay unanimidad en los estudiosos en resaltar la obra de alta ingeniería política fue lo que se denomina la Transición Española período que podría situarse entre 1975 cuando muere Franco, hasta 1982 cuando asume el socialismo, aunque algunos autores la hagan finalizar en 1978 con la aprobación de la Constitución que aún los rige. La Transición fue la gran obra política que superó los 40 años del régimen de Franco y la guerra civil, y proyectó la democracia y el pluralismo, la libertad y el desarrollo con justicia que goza España. La Transición es para los españoles el «mito fundacional básico de la democracia». Y los hombres que la encarnaron fueron eso: hombres de transición. El entonces joven rey Juan Carlos, Adolfo Suárez, artífice de la transición y primer presidente electo, Santiago Carrillo, presidente del Partido Comunista español, Gutierrez Mellado y Fernández Miranda, Fraga, Alfonso Guerra y Felipe Gonzáles, entre los más importantes, pilotearon ese difícil proceso.

Es curioso que en nuestro país se esté pensando en imitar los pactos de La Moncloa que, como se dijo, fueron un acuerdo entre dirigentes y no reparen en un cambio más profundo y duradero como fue la Transición, motorizada por los ciudadanos, que fue en realidad la que posibilitó que «España fuera devuelta a los españoles» como dijo por entonces otro partícipe importante, el filósofo Julián Marías. Para nosotros sería: una Argentina devuelta a los argentinos sin la casta política, sindical o empresarial.

Si los resultados que exhibe la Argentina son lo más parecido al fracaso político, económico, social y cultural, en suma el fracaso o quizá mejor la frustración de un proyecto de Nación, ¿por qué no imaginar ese gran cambio que la sociedad está reclamando?

Consensuar entre los dirigentes es útil, pero, visto el grave desaliento y descreimiento de la sociedad hacia toda la dirigencia, sería más útil pensar en un cambio en profundidad, en imaginar nuevos rumbos.

Que la ciudadanía se comprometa: para esa gran empresa de rediseñar el futuro es vital someter ─expresa o tácitamente─ los grandes asuntos del país a la soberanía popular. En los momentos de grave crisis y desorientación profunda como la que vive el país no hay iluminados ni caudillos que valgan; ante la duda es preferible que decida la gente. En la Transición los españoles fueron consultados tres veces en un muy corto espacio de tiempo:

    1. para aprobar la reforma política que posibilitaba la vuelta a la democracia, la creación de partidos políticos y el derecho de asociación (diciembre de 1976), que se plasmó en las elecciones generales (junio de 1977).

    2. para legalizar al Partido Comunista.

    3. para aprobar la nueva Constitución (octubre de 1978).

¡Ésa es la diferencia o el hecho diferencial español! Que el pueblo fue consultado paso a paso en cada una de las grandes decisiones en que se jugaba su futuro.

Se crearon nuevos partidos políticos, nuevas instituciones y hasta nuevos periódicos (diario El País, 1977). Se rediseñaron nuevas comunidades o regiones y, por ende, nuevos cuerpos policiales y nuevas competencias judiciales. En fin, un cambio drástico y profundo. Esa transición, en consulta permanente al pueblo, sentó las bases para 20 ó 30 años de progreso, siempre con la memoria ─para no repetirlos─ de los errores del pasado (la guerra civil). Semejante cambio no pudo ser posible sin dirigentes que pensaran en la próxima generación y no en la próxima elección; e inimaginable sin el aval de la soberanía popular.

Todos a casa: Y por último y siguiendo con el ejemplo español hay otra cuestión a debatir, probablemente no muy grata para los dirigentes argentinos actuales: el recambio dirigencial; en España la mayoría de los que pilotearon la Transición (salvo el Rey por obligación constitucional) terminada la misma se fueron a su casa con el agradecimiento del pueblo español y la satisfacción del deber cumplido. No se mantuvieron en la cresta del poder Hasta el joven y brillante constituyente Manuel Fraga Iribarne tuvo que refugiarse en su Galicia natal y más tarde dejar el mando de su partido, Alianza Popular, al entonces joven dirigente de Castilla La Mancha y luego presidente Aznar.

En Argentina, en cambio, los grupos de interés o presión, y en general las dirigencias enquistadas largo tiempo en el poder dificultan cualquier cambio en profundidad.

Los presidentes constitucionales luego de la última dictadura, por ejemplo, tuvieron una impronta más parecida a la de caudillos fundacionales («conmigo empieza la historia») que a la necesidad actual de contar con hombres de transición, temporales y patriotas, que sepan que cuando termine el proceso de cambio profundo que iniciaran deberán dejar el poder.

Lamentablemente los primeros presidentes luego de la brutal dictadura de 1976 no fueron hombres de transición: buscaron un poder hegemónico. Hay demasiada delectación por el poder, por la «carrera» política o los intereses propios. Lamentablemente no se aprecia esa toma de conciencia inteligente, ese espíritu de transitoriedad y servicio que tuvieron los dirigentes españoles de la Transición y que la hora reclama de las actuales dirigencias políticas, económicas, sociales y culturales de nuestro país.

Por todo ello decimos: basta de hombres providenciales, más que Pactos entre dirigentes que aún con la mejor intención representan lo viejo, que esos mismos dirigentes se avengan a pilotear una corta Transición que marque un nuevo rumbo de la Nación y del Estado desde el fracaso que fuimos hacia otro proyecto de país posible, serio y vivible. Y consultar los grandes temas a la voluntad popular (hoy, tanto el plebiscito como el referéndum tienen rango constitucional).

Cumplido ese breve período… todos a casa. Pero con la satisfacción del deber cumplido y el agradecimiento de una nueva generación a la cual le habremos facilitado un poco el brutal país que les dejamos.

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