Pavón, fin de la epopeya independentista americana, la opinión de Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Foto: Museo Mitre

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

LA BATALLA DE PAVÓN (un espejo de AYACUCHO)

Lectura: 7 minutos

El curioso final de la batalla de Pavón, ocurrido el 19 de Septiembre de 1861, inexplicable para los historiadores, es un espejo del de la de Ayacucho celebrada el 9 de diciembre de 1824, casi cuarenta años antes.

El General Justo José de Urquiza, vencedor en el campo de combate, a la vera del arroyo Pavón, al sur de Santa Fe, retira sus tropas y se aleja hacia Rosario y San Lorenzo, dejándole la victoria servida a su adversario, el General Bartolomé Mitre.

Sin entrar en los detalles de la lucha, a pesar de ser inferiores en número, las tropas federales habían destrozado a las alas, tanto derecha como izquierda, de las de Buenos Aires, que por entonces estaba segregada de la Confederación, y alimentaba las luchas intestinas entre unitarios y federales que llevaban más de medio siglo derramando sangre argentina.

En realidad cumplía, con esa retirada histórica, a lo acordado en la «Tenida de Unidad Nacional», reunida por los logiados argentinos, el 27 de Julio de 1860 en la que habían participado junto a él, Mitre, Sarmiento y Derqui, entre otros encumbrados masones.

Allí se había acordado incorporar de manera digna a Buenos Aires a la Confederación, la aceptación por esta de la Constitución Federal, y el fin de las luchas civiles, abriendo una nueva etapa que sería definitiva y venturosa en la construcción del país.

No era posible evitar el combate, porque los facciosos no hubieran aceptado un acuerdo y este fracasaría, como los intentos del pasado.

Solo era posible asegurar el resultado. Y así fue.

En el episodio, se repitió la experiencia de lo ocurrido en la Pampa de Quinua, en un lugar llamado Ayacucho, «el rincón de los muertos», en idioma original, la noche previa al combate, que se celebró 37 años antes.

Aquel épico enfrentamiento entre el Mariscal Antonio José de Sucre, valiente y leal soldado, estratega destacado, asesinado al poco tiempo y de quien Bolívar diría que estaba llamado a opacar su gloria, contra el Virrey José de La Serna y Martínez de Hinojosa, conde de los Andes, un artillero de brillante y galardonada vida militar, que representó el final de la dominación española en América.

La historia cuenta que al atardecer de ese día, mientras los ejércitos velaban sus armas, para la lucha que empezaría al despuntar el alba, los altos mandos de ambos ejércitos se reunieron en una comida fraternal de camaradería, en terreno neutral, promovida al parecer, por el General realista Juan Antonio Monet, que dio lugar a lo que se conoce como el abrazo de Ayacucho, ejemplar señal de caballerosidad e hidalguía entre los adversarios.

Sin embargo, los más estudiosos señalan que lo que en realidad se dispuso fue una «fraterna Tenida masónica», que determinó el fin de la guerra, dado que todos los altos oficiales, cualquiera que sea su bando, eran iniciados masones y de ideología liberal enfrentada al absolutismo fernandista.

Fue una tenida de reconocimiento y de arreglo del fin de las hostilidades, teniendo en cuenta que ante las sanguinarias represiones de los realistas desde el principio de las guerras independentistas, Bolívar había replicado, a partir de la llamada «Carta de Jamaica», con idéntica actitud, declarándose la «guerra a muerte» significando con ello que después de cada batalla no se tomaban prisioneros, sino que se los condenaba a muerte, generalmente al degüello.

El baño de sangre fue desde principios de siglo, por estas razones, inmenso, horroroso y cruel, dado que se pasaban por las armas a miles de soldados y oficiales vencidos.

La Serna, Valdez y el propio Canterac, eran «liberales» y habían sofocado previamente la rebelión del «absolutista» Olañeta reproduciendo localmente, un episodio de lo que se conocía como la Guerra Civil en la madre patria.

En consecuencia el ejercito realista había quedado disminuido, no obstante ser más numeroso que el patriota, pero la falta de vituallas, abastecimientos, y el cansancio por la cantidad de movimientos efectuados hasta presentar combate lo habían debilitado significativamente.

Téngase en cuenta que las estribaciones andinas en las cuales se luchaba eran terrenos casi inexpugnables, inclementes por el tiempo y desolados por la geografía, en los que nunca quiso ni pudo adentrarse San Martín, que solo dominó Lima y El Callao, apenas menos de una tercera parte del Perú, al que tuvo que abandonar finalmente a las fuerzas del Rey.

Se debió trabar el combate obligatoriamente, para evitar dejar cualquier resabio de resistencia y continuidad, o que se calificara de traición a los españoles, aunque el final estaba convenido y escrito.

Esto es recordado, entre otros, no solo por historiadores argentinos como Enrique de Gandía, un prolífico miembro de la Academia Argentina de la Historia, sino por españoles como el enjundioso Juan Carlos Losada («Batallas decisivas de la Historia de España») y el propio comandante Andrés García Camba en sus «Memorias» en las que sostiene habérsele preguntado a los interesados sobre «la batalla masónica».

A pesar de todo Losada la llama «La traición de Ayacucho».

De no haber ocurrido el resultado convenido, el final de la dominación podría haber sido más doloroso y terrible, ante la evidencia irreversible de la independencia total del continente y la falta de recursos para impedirla, por lo que el cese de la beligerancia despiada y sin sentido era, a esa altura, un acto de razón y de justicia.

El acta de rendición es la prueba definitiva de que estuvo redactada con anterioridad a la batalla, pues está firmada también por el Virrey La Serna que recibió 7 heridas graves en el combate, entre ellas una en la mano derecha que quedó inmovilizada, por lo que, siendo diestro, hubiera estado impedido de firmarla después del enfrentamiento.

Todavía, en la presencia del monolito que recuerda la gesta, levantado en aquel «el rincón de los muertos» de la pampa de Quinua, todas las madrugadas parecen resonar las palabras de Sucre a las tropas patriotas, en la arenga previa: «Viva el libertador» «Viva Bolívar, salvador del Perú», imaginando entre la bruma y buscando en el horizonte, con la salida del sol del nuevo día, la aparición del joven y arrojado General, José María Córdova, de treinta años, sable en mano, emitiendo su orden histórica al encabezar el ataque decisivo de su infantería, la que recordada hoy, casi doscientos años después, emociona:

«¡¡¡División… fuego a discreción… de frente marchen… A PASO DE VENCEDORES!!!».

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: Jefatura política y poder vicario: el caso de Justo José de Urquiza y Santiago Derqui

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