La caída de Isabel Perón, opina Antonio Calabrese

OPINIÓN

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María Estela Martínez de Perón / Foto: Archivo General de la Nación

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 9 minutos

Es una historia con entretelones envueltos en brumas. Algunas partes son recibidas por tradición oral, aunque la mayoría de sus participantes ya no están, (llevan transcurridos 46 años), otras apenas, se extraen de párrafos dispersos, escritos en papeles de la época.

No hay, por supuesto, documentación publicada que se conozca, aunque tal vez unos pocos hayan accedido a papeles o informes de los partícipes, aquellos que no fueron destruidos, que están prolijamente reservados en la oscuridad del secreto.

Estas cuestiones no se documentan.

Existen múltiples versiones, pero una de ellas, la más verídica al parecer, dice que el primer sábado de enero de 1976, Isabel le informa al Dr. Julio González, que no solo era su secretario personal y manejaba su agenda, sino que era la única persona en la cual confiaba, que antes de comenzar sus tareas, recibiría a un señor extranjero muy importante, probablemente en compañía de un diputado, que venía expresamente desde Europa.

González, que era un abogado, con afición por la economía política, ultra católico militante, de rezo diario del rosario, y también extremadamente nacionalista, en particular antibritánico, de gran honestidad personal, de costumbres ascéticas, escribió estos detalles en su obra «Isabel Perón, intimidades de un gobierno».

Terminada la audiencia, le pidió que convocara al embajador argentino en Uruguay Dr. Guillermo de la Plaza, a las 18 horas, pero en entrevista privada, sin comunicación a la Cancillería.

Por la tarde, al llegar de regreso a la residencia, Isabel lo llevó a la biblioteca para conversar y con voz grave le confesó que el extraño visitante venía a poner en su conocimiento que las Fuerzas Armadas, habían decidido dar un golpe de Estado y que ellos tratarían de impedirlo por intermedio del embajador de la Plaza y otras personas que procurarían disuadir a los partícipes.

Esto hace pensar que no solo conocían la conspiración sino a los partícipes.

Guillermo de la Plaza, en las listas del allanamiento de la villa de Arezzo en Italia, en persecución de sociedades secretas, figuraba con el seudónimo en clave de «Mustafá», según refiere Martín Berger.

Cuenta González que es en ese momento cuando la primer mandataria le dice sobre el visitante extranjero: «Este hombre pertenece a una sociedad que permitió el regreso de Perón al país y que llegásemos al gobierno. Ellos quieren que nosotros sigamos».

La confesión le dispara al Secretario, un buen memorista, dos recuerdos: el primero fue durante el Rodrigazo, cuando Isabel le enrostra a la CGT, ante un reclamo de esta, que Perón no había vuelto por la lucha de ellos sino por la acción «de un pequeño grupo de amigos»; y el segundo, cuando en 1972, antes que ocurriera nada, en una entrevista televisiva, un profesor alemán Johann Schmid respondió a una requisitoria sobre el posible regreso del General: «¡Que pregunta más tonta! Si la masonería quiere que Perón vuelva, vendrá y si la masonería no quiere que Perón regrese, jamás volverá».

De hecho cuando el Frente Justicialista se consolida en el gobierno, Perón hace designar nada menos que canciller a Alberto Juan Vignes, un masón al descubierto, que se jactaba de aquella pertenencia como asimismo a algunos funcionarios y embajadores pertenecientes a esa Orden, como el mencionado de la Plaza e inclusive, al propio Gran Maestre de la Gran Logia Argentina, el Dr. Cesar de la Vega, un médico cirujano de gran prestigio personal, profesor universitario, que ejerciera con mucho éxito su profesión en la esfera privada y en el Servicio de Cirugía del Hospital Rivadavia, respetado en los ámbitos académicos y sociales, un importante intelectual sin antecedentes de militancia política, como representante permanente en la UNESCO, después como embajador en Francia y posteriormente en Dinamarca.

Pero muerto Perón, el clima político se enrarece definitivamente.

Los militares escondían sus pretensiones, pensando que el miedo a continuar con el azote de la subversión y los atentados crueles de la guerrilla, les daba un paraguas como para aspirar al poder e incrementar la dureza de la lucha.

La oposición creía que era un gobierno insostenible, que debía cambiar de manera urgente, siendo memorable la frase pronunciada entonces por Balbín: «Todo enfermo tiene cura cinco minutos antes de la muerte».

Muchos dirigentes del propio oficialismo peronista, gremialistas, diputados, senadores, gobernadores, complotaban para que caiga Isabel. Era una dirigencia que había sido despreciada por el propio Perón en vida, cuando sabiendo que venía a morir, conociendo su precario estado de salud, quería a Balbín de compañero y no pudiendo consagrar esa fórmula la integra con su esposa antes que con ninguno de ellos.

Los militares, apurando el proceso en ese tórrido verano, mandan un ultimátum.

«Debo cambiar los Ministros, doctor», dice González que le informa la Presidente después de recibir el ukase, para afirmar luego: «Dijo también, que el hombre que había venido de Europa, dejó todo en manos del embajador de la Plaza».

En reuniones privadas de aquellos días, Vignes, ya lejos de su Ministerio, insistía en que una de las principales cuestiones para recuperar el poder y ordenarlo, era limitar la influencia de los sindicalistas. Pero el tiempo se estaba acabando.

En principio parecía que el tercer hombre, que según la ley de acefalía, tenía que ser elegido por la Asamblea Legislativa, entre los legisladores nacionales o gobernadores, sería el preferido por la política, o sea el Senador Ítalo Luder.

Sin embargo, el Nuncio Apostólico hablaba con el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires Victorio Calabro, aunque solo lo hacía por cuestiones administrativas, según él, evidenciando moverse por un camino distinto. El Vaticano abría su propia vía y parecía alejarse del hombre elegido por la dirigencia política.

Ricardo Guardo que era embajador en la Santa Sede fue nombrado Ministro de Defensa, después del ultimátum, pero siendo una persona honorable, al conocer o intuir lo que se tramaba, renunció a los pocos días de gestión.

Por sugerencia del Ejército, Isabel reemplaza también, al Secretario de informaciones por el General Otto Paladino, quien honestamente, interrogado por la presidente, le informa que el golpe militar era inminente.

Pero Isabel se empecina y según su Secretario, recibe una misiva urgente en forma personal que quiso tirar a la basura sin leer, abriéndola solo ante la insistencia de González, sosteniendo este que en la misma le señalaban que hablara urgentemente con el embajador de la Plaza.

Isabel la destruye desoyéndola caprichosamente. Mientras tanto en la CGT dividida, Lorenzo Miguel había aceptado apoyarla pero Casildo Herreras estaba decididamente en contra, alineándose con el golpe institucional que pretendía el Partido Justicialista con el exministro Ángel Federico Robledo a la cabeza.

El caos y el desorden era tal, que hasta los intereses petroleros juegan su partida, mientras los norteamericanos pretendían reflotar el contrato de la «California» de más de 20 años atrás, o algo parecido, a cambio del apoyo a la continuidad de la Presidente, el Secretario de Energía ingeniero Raúl Ernesto Guiscardo denuncia al sindicato petrolero de ser el causante del descenso de la producción petrolera, el paro de la flota de transporte marítimo del petróleo que arrojaba ingentes pérdidas, y lo que es peor, del hundimiento, sin causa alguna, de una costosísima plataforma petrolera recientemente adquirida que no estaba asegurada, buscando de esa manera alguna negociación que les favoreciera, ofreciendo a cambio, terminar con las medidas de fuerza.

El Gobernador Calabro amenaza públicamente a la Presidente en intimidantes declaraciones y el Congreso también lo hace, amagando una autoconvocatoria en el tiempo de receso parlamentario, con el objeto de su juicio político y destitución.

Ella no iba renunciar, ni negociar, en un acto de mucho coraje y dignidad, eso hay que reconocerle, pero de poca inteligencia.

Sintiéndose perdida, convoca a último momento a «l’ancien», como le decía a Vignes, y lo entrevista el 22 de marzo pidiéndole interceda urgentemente a fin de evitar su caída, pero al día siguiente este le informa a González, que hizo la gestión, aunque ya era demasiado tarde.

Epílogo

¿Se quiso salvar al gobierno que por sus errores políticos terminó mostrándose insostenible? ¿Ante la caótica situación se pensó en conservar la institucionalidad a través de la aplicación de la ley de acefalía?

Las fuerzas políticas conspirantes, a través de los mecanismos legales, fracasaron por falta de conducción y acuerdos. Ni el oficialismo ni la oposición por distintos motivos pudieron arreglarlo.

El vacío de poder se hizo evidente y las Fuerzas Armadas lo ocuparon cómodamente, con el consentimiento cómplice de muchos actores, con la fuerza de sus bayonetas y el hartazgo social, en el desorden provocado por la prepotencia, la violencia y la impunidad que se llevaba una vida tras otra, en una guerra sórdida y silenciada.

Siguió el período más negro de la historia argentina.

Fue historia. Son fantasmas.

Sera siempre la magia de un pasado que nunca se conocerá con exactitud.

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