Fusilación de Dorrego, escribe Antonio Calabrese

OPINIÓN

retrato_manuel_dorrego

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 3 minutos

El trece de diciembre se cumplió el 192 aniversario de la muerte del Coronel Manuel Dorrego, el héroe de Salta, el vencedor de Tucumán, con 21 heridas de combate en su cuerpo, que solo aceptó los ascensos recibidos por acciones de combate, tribuno ejemplar, orador del federalismo en la convención constituyente del 26, ejemplo demócrata para la época en que gobernó, en breve período, sin presos políticos y con total libertad de prensa.

Como homenaje reitero estas palabras que escribí oportunamente retratando como muere un valiente.

La Fusilación

El sol del mediodía caía a pique en la estancia de Almeida, más allá de Navarro.

El calor y la humedad, sofocantes, hacían transpirar a los hombres y las cabalgaduras.
Los mosquitos y los insectos giraban en derredor de la soldadesca petrificada, en posición de firmes, causándoles una molestia insoportable.

Sin embargo, aparte del zarpazo de la cola de algún equino, tratando de alejarlos, parecía no moverse nada, en la quietud de la pampa.

A lo ancho, se recortaban sobre el horizonte de fuego, los pajonales, también inmóviles.

El olor de los aperos sudados dificultaba la respiración y la paralización que produce el miedo hacía olvidar la fatiga.

De vez en cuando, un soplo de viento caliente movía la birlocha y dejaba ver la triste figura de su ocupante, que escribía.

Como fantasmas, el cura y su cancerbero estaban de pie, conmovidos, mirándolo en silencio.

Al bajarse, sereno, siempre con el corbatín negro al cuello para tapar la heroica herida de Nazareno, pidió que viniera el General Lamadrid, que lo acompañó unos metros caminando, porque no quiso dirigirse al patíbulo, sino por sus propios medios.

Le dijo algo, se intercambiaron la chaqueta, poniéndose el condenado la de paño escocés, luego se dieron un abrazo y mientras Lamadrid se volvía sollozante, Dorrego se fue apoyado en el brazo de su primo hasta el lugar de la ejecución.

fusilamiento-de-dorrego-620x330

Después de despedirse del pelotón y de su pariente , le pusieron un pañuelo de seda color amarillo cubriéndole los ojos.

Había llegado la hora funesta.

Sacó pecho e inmediatamente se oyó la descarga. Todos los tiros dieron en la cabeza menos uno, que entró sin salida, por el espacio intercostal formado por la quinta y la sexta costilla del lado izquierdo, como si uno de los fusileros no hubiese querido mirar y apretase el gatillo cerrando los ojos, lo que le llevó de manera inconsciente, a bajar el arma.

Los trozos de su cabeza desecha rodaron, separados del tronco, sobre el polvoriento camino.

No cabía duda. Ya lo habían matado a Dorrego.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s