Un Estado enemigo de los pobres, la opinión de Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Contraste: trabajo informal y organismo tributario detrás / Foto: total 13y

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

Dos noticias en la misma semana, dos gobiernos occidentales y democráticos. Dos gobiernos que salen de procesos supuestamente contrario a los intereses de los más humildes, pero toman medidas absolutamente opuestas en defensa de ellos.

Mientras aquí para «defender a los trabajadores» se estructuran vallas para la creación de trabajo, regulaciones que dificultan la creación de riqueza como consecuencia del trabajo conjunto, en EE. UU. el nuevo presidente duplica el salario mínimo.

El objetivo parece el mismo pero son totalmente opuestas las medidas. Una es cumplir con la tarea indelegable de asegurar la distribución de los recursos generados por la producción, la de nuestro estado es para garantizar el statu quo de la falta de empleo.

El salario es por excelencia el ordenador social, es distributivo en lo económico y virtuoso en lo cultural, premia el trabajo.

Las ayudas sociales deben ser ocasionales y temporales, si se convierten en permanentes desordenan en lo económico porque distraen dinero público en gastos improductivos y rompen con la única cultura que sostiene a una comunidad la del trabajo.

En los EE. UU. no existen las regulaciones en las relaciones laborales que aquí se imponen. De ninguna manera pienso que las normas son copiables, cada pueblo crea las normas en función de sus culturas. Pero si una norma, impuesta desde el estado se convierte en expulsora del orden social necesario, debe ser revisada.

Argentina es un país en el cual la supuesta economía informal no para de crecer, mientras la formal no para de decrecer. ¿No será hora de repensar esa supuesta formalidad, sostenida por la burocracia política, sindical y empresaria?

Argentina como ya dijimos en otras oportunidades es un país con limitadas reservas en su banco central y extraordinarias reservas líquidas en mano de sus habitantes. ¿No será hora de repensar la relación monetaria despojándose de preconceptos que ya fracasaron?

El título de esta nota no es una opinión, es solo una forma de expresar la realidad que muestran las estadísticas. Si con este sistema la pobreza no para de crecer en las últimas décadas el estado se convirtió en enemigo de los pobres.

Mientras los referentes políticos siguen debatiendo si alguno de los que gobernó o gobierna tiene razón en sus planteos, digo que ninguno tiene razón, no por opinión sino por resultado.

Si personas que dicen cosas como «a los ricos no se les ocurre nunca repartir la riqueza» u otra se le ocurre maldecir la exportación de alimentos que es nuestra bendición y esas personas son parte de la supuesta dirigencia del estado, demuestra que el gobierno convierte al estado en una institución que se enfrenta a los pobres.

El estado es el que debe garantizar la distribución de los ingresos. Pobre país si tuviéramos que depender de que los ricos sean los que por voluntad repartan la riqueza.

El estado debe garantizar que el salario sea el suficiente para que el pueblo pueda comprar los alimentos a los precios que valen, no se puede por fórceps poner el precio de nada en función del ingreso de la gente, es al revés.

Pero claro, estamos en manos de una oligarquía que en lo único que piensa es en como ganar las próximas elecciones. Entonces pretenden poner los precios en función de los ingresos, solo para ganar una elección, una locura.

Lo único que logran es seguir empequeñeciendo la pobre economía «formal» y abonando el crecimiento de la «informal».

Ya es hora de que alguien empiece a elaborar un plan partiendo desde esa economía marginal que hoy sin duda es la más virtuosa.

La virtud no la determina la ley, la virtud la determina si con sus acciones cumplen con el cometido social para la cual existen.

Si la economía no regulada crea empleo, muchos de ellos mejor remunerados que la regulada, si las mayores reservas de dólares la tiene esa economía, si garantiza que millones se puedan vestir (calle Avellaneda y La Salada mediante) comer y resolver sus necesidades básicas sin las normas supuestamente beneficiosas, algo pasa.

Existe un marco de hipocresía en nuestro país, muchos profesionales, comerciantes y empresarios tienen una formalidad que los ampara de inspecciones del gobierno pero sus ingresos fuera de esa formalidad son crecientes y en muchos casos mayores.

Un gobierno para poder llegar a ser exitoso debe partir de la realidad no de la que ellos quieren que sea, sino de la que es.

Los dólares están en manos de la gente y no se los van a dar al estado porque los estafaron repetidas veces.

Las empresas no pueden cumplir con regulaciones que les impide ser competitivas, los profesionales no pueden tener el nivel de vida que aspiran con los ingresos regulados porque los gastos improductivos y los impuestos los horadan.

Volver a la senda del desarrollo no es fácil, no es rápido, no es mágico, todo lleva esfuerzo y tiempo, pero en nuestro país es posible.

A la supuesta formalidad hay que adaptarla a las condiciones de la informalidad porque esta es la única que crece.

Forzar a la informalidad que es virtuosa, porque cumple con su cometido, a adaptarse a la formalidad que no lo cumple es imposible.

Cuando eso esté claro se podrá determinar qué parte de la informalidad es un verdadero delito y cuál es una auto defensa ante un estado estafador.

Suponer que lo formal es virtuoso es por lo menos ingenuo. Muchísimo de lo formal es un atraco a los recursos del pueblo.

El estado debe partir de lo que funciona, de lo que crece, poner las regulaciones necesarios para evitar abusos, pero nunca imponer nada que lo haga inviable.

Un plan supone dos variantes necesarias para que se cumpla, el consenso de la mayoría, y la necesaria participación comunitaria para llevarlo a cabo.

Aun en los países más autoritarios esto se cumple.

ARGENTINO A LAS COSAS.

Otro artículo escrito por Hugo Flombaum: 2021, a ganar, ¡¡a ganar!!

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