El Adiós a Carlos Menem, la opinión de Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Velorio del expresidente de la República Argentina, Carlos Saúl Menem / Foto: Charly Diaz Azcue / Comunicación Senado

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

Con Carlos Menem se fue el último caudillo, una forma de representación de la política vertical.

No es que las organizaciones no lo sigan siendo, sino que las representaciones fueron mutando en función de las nuevas vías de comunicación que tenemos los habitantes del planeta.

Muchas de las más importantes y antiguas organizaciones son verticales y organizadas territorialmente.

He vivido intensamente el proceso de encumbramiento de Carlos Menem, siempre desde una acción de servicio, pero con las vivencias que me permitió la cercanía.

Puede sentir la inmensa capacidad de atracción que ejercía sobre la gente, en su conjunto. Desde el más humilde hasta el más encumbrado. Desde el peón de campo hasta Astor Piazzola.

Pude observar su tremenda capacidad de observación, no se le pasaba un solo detalle de lo que sucedía, tanto alrededor suyo como lo que pasaba en el mundo.

Son muy pocos los seres humanos que tienen esa capacidad. Son los líderes políticos en esencia. Son predestinados a ocupar espacios que muy pocos pueden hacerlo.

Esto es lo que siento a flor de piel, nada de lo expresado tiene ningún concepto de valor sobre su acción política, que desde mi humilde lugar califico de claro oscuro.

Mi primera observación es sobre la trascendente interna justicialista en la cual vence a Antonio Cafiero. Esa interna descubre una nueva forma de organización política, nacida de los restos de la dictadura militar.

Los territorios urbanos expresaban una relación con el Estado de «toma y daca» ya la organización política no era en función de la organización territorial. Para construir la gobernanza no era a partir de las instituciones barriales (Unidades Básicas, Ateneos, Sociedades de Fomento o Clubes) no se utilizaba la organización política sino al Estado.

De lo que se trataba era la de intermediar la relación del barrio con el estado. Cuanto más influencia se tuviera en esa relación más importante era el «poder» político que se podía obtener.

Eso se potenció con el cambio de organización partidaria, dando lugar al voto directo para la elección.

La combinación de estas dos situaciones descoloca al aparato dirigencial partidario alineado con Antonio Cafiero.

Carlos Menem con esa característica que arriba describo lo percibe y potencia su liderazgo personal con una estructura de relación con esa nueva forma de «representación».

Se desvaloriza, para siempre la organización partidaria, para ser reemplazada por la coordinación de punteros que intermedien la relación entre el Estado y la gente.

Esto en realidad pone sobre la mesa la tremenda crisis de las organizaciones políticas. Si esa organización hubiera sido representativa no hubiera sucumbido ante la nueva propuesta que nada tenía que ver con la política sino más bien con la organización de la dádiva.

Esto determina el gobierno de Menem, por un lado él convoca desde sus posibilidades a todos los que cree capaces para administrar su gobierno, quizás su mejor cara, nunca se amilanó ante los pergaminos de los que convocaba ni de sus antecedentes. Así pudo llenar de muy buenos administradores y de los otros, sus gabinetes.

Por el otro vació de poder a la comunidad, coronó el proceso de corruptela iniciado por la dictadura, continuado por Alfonsín y perfeccionado por él.

Perdón, agrego a Alfonsín porque si él hubiera, para la organización y distribución de las cajas PAN, canalizado su acción social a través de las instituciones tanto partidarias como estatales todo sería distinto, lo hizo a través de su agrupación, la coordinadora, inaugurando la utilización del estado para hacer política partidaria.

Él también convocó a colaboradores de excelencia, pero no tenían lazos con la organización partidaria ni comunitaria. Eso es clave para que un gobierno tenga consistencia. La representación y el poder formal deben ser parte de un todo.
Ser capaz, pero sin representatividad, hace que ese técnico o funcionario se frustre cotidianamente, y ser dirigente sin la capacidad de ser funcionario convierte a la política en una intermediación.

Esa fue la característica de los 90, que heredamos y perfeccionamos en el nuevo siglo. En el Estado funcionarios sin representatividad, algunos capaces la mayoría no, en la política «dirigentes» sin poder en el estado, intermediando a través de su mayor o menor influencia.

Esto es lo que llevó a que el último líder popular, con la capacidad de absorber la realidad nacional e internacional en forma correcta, fracasara en un intento que tuvo como dije claros y oscuros.

No era, no es fácil, la violencia de los 70, el terrorismo de estado de la dictadura, la corrupción y delincuencia del partido militar que dominó esa época, la corruptela que se instaló en las organizaciones intermedias, sindicales y empresarias, llevaron a la descomposición de nuestras instituciones.

Dos grandes políticos como Alfonsín y Menem, incomparables, los dos, con los que los continuaron, no pudieron o no supieron reencauzar a las instituciones hacia lo único que garantiza el éxito, la genuina organización de la sociedad hacia objetivos comunes.

Quisieron, ambos, desde la debilidad de un gobierno pasajero, utilizando al Estado, organizar lo que se debe organizar en cada barrio, en cada territorio, en cada actividad.

Nada reemplaza a ese poder, mucho menos el poder formal de instituciones débiles.

Humildemente despido a el último dirigente político con la capacidad de comunicarse y de contener, desde un científico hasta un peón de campo. De convocar desde un liberal hasta un progresista, con la altura y la sabiduría de un grande.

Un verdadero líder que no pudo aprovechar su capital en función del desafío que ocupo en la historia de nuestro país.

Adiós Carlos, descansa en paz.

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