La Náusea, el comentario de Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Víctima de las vacunas VIP, Ginés González García renunció a su puesto de ministro de salud / Foto: Ministerio de Cultura de la Nación

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 5 minutos

La náusea es el síntoma que precede al vómito, será por esa relación de causa a efecto que se llama olor nauseabundo al peor de todos ellos.

No se trata, en este caso, de la obra de Sartre y la influencia de Martin Heidegger o la fenomenología de Husserl en ella, aunque tal vez, como algún día la calificó en sus titulares el ABC, podría referirse sobre «lo absurdo de la obligación de existir».

Decimos esto, porque cuando se produce el pico máximo de inmoralidad, es porque se superaron todos los umbrales mínimos de la incorrección transformando a la verdad, la honestidad, la solidaridad, la generosidad y hasta la esperanza, en algo que ya no nos pertenece y que solo se nos reserva una existencia absurda, con la vida reducida al número con el que nos registran en el padrón electoral.

De que otra forma califica o huele un país, que batió el récord mundial de cuarentena (mas de seis meses) y que los seis meses siguientes siguió con el «distanciamiento social» y que a pesar de ellos llegó a superar los 50.000 muertos y tener varios millones de contagiados, según las siempre desconfiables estadísticas oficiales (¿¿¿Cuantos serán de verdad???).

Un país que fabrica una vacuna o parte importante de ella, pero que no la tiene, que sirve de campo de investigación a otra con miles de voluntarios entre sus ciudadanos, pero que a la hora de adquirirla no puede, porque se plantean exigencias indeseables, según sus autoridades, a pesar de que todo el mundo la compra sin problemas y hasta dictó una ley específica para que se pueda hacerlo.

¿No será que esas condiciones no son pedidas por los laboratorios sino por los propios funcionarios del gobierno? ¿Qué otra cosa nos puede diferenciar del resto del mundo?

Para solucionarlo encontramos un nuevo socio, desde la ideología particularmente, que es aquel que apoya, igual que nosotros, al nada apreciable internacionalmente presidente venezolano, y contratamos la compra de millones de vacunas Sputnik V, que por suerte parecen buenas.

Pero en varios meses apenas llegan como con un gotero, dosis mínimas, ni siquiera un millón, para un país de más de cuarenta y cinco millones de habitantes y se declara la imposibilidad de la provisión en tiempo y forma en el futuro.

Mientras tanto la gente sigue muriendo, cerrando comercios, industrias, negocios, porque los mercados no funcionan, la pobreza supera ampliamente a la mitad de la población, cierran las escuelas, colegios universidades, se pierde un ciclo lectivo entero.

Los niños encerrados, los padres sin trabajar para cuidarlos, los que pueden, porque la mayoría escapan a la calle del barrio que transitan peligrosamente, rodeados de robos, asaltos, adicciones.

Pero la náusea provoca su última arcada antes del vómito.

En vez de vacunar, con las pequeñas dosis que llegaron, como se supuso y ordenó oficialmente, a los trabajadores de la salud que han muerto y sufrido de a cientos, o a los grupos de mayor riesgo que son los ancianos, se inoculan el Presidente, los ministros, los intendentes, los concejales, los sindicalistas, los amigos y parientes de ellos, los diputados, los senadores, sus choferes, y tal vez alguna amante o compañero, militantes veinteañeros que suben a las redes las fotos vacunándose y haciendo la V de la victoria con los dedos.

¡¡¡Y pensar que aplaudíamos al principio, todas las noches, a las 21 hs., desde las calles y los balcones, a los médicos, enfermeros y trabajadores de la salud!!!

Hoy ni siquiera terminamos de vacunarlos para que nos protejan.

El Obispo Presidente de la Comisión Episcopal, representante de Francisco, salió a declarar la inmoralidad del privilegio, seguramente por despecho ante la militancia oficial del aborto que se sancionó por las navidades, para que se festejen juntos seguramente, después de recibir e intercambiar regalos durante años en el Vaticano con todos los líderes, desde Cristina, Alberto, sindicalistas y hasta Milagro Sala que tuvo el honor de que el Papa, nada menos, le regalara un rosario, mientras católicos honestos y practicantes ni siquiera pueden viajar fuera de su distrito más allá de la Iglesia cercana, rezando a una vieja estampita entre las hojas del misal.

Creo que ahora solo se espera al vómito.

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