Drama del virus en América Latina, plagada de populismo y corrupción

INTERNACIONAL

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Deterioro social: favelas en Brasil / Foto: Steve Martinez

El diario Financial Times publicó un severo editorial sobre el comportamiento de la clase política en los países al sur del Río Grande. Fue reproducido por El Cronista de Buenos Aires tal como se publica hoy en lacity.com.ar.

Lectura: 4 minutos

América Latina es la región más afectada por la devastación humana y económica que ha provocado el coronavirus, según el Banco Mundial.

Jair Bolsonaro es uno de los negacionistas de la pandemia más prominentes del mundo. Pero si bien el pésimo manejo de la crisis sanitaria por parten del presidente de Brasil explica gran parte del sufrimiento de ese país, eso no transmite toda la historia. A otras naciones latinoamericanas les ha ido incluso peor.

Perú, Ecuador, Nicaragua, Bolivia y México ocupan los primeros lugares en una tabla global de exceso de mortalidad desde el inicio de la pandemia, compilada por el Financial Times.

La respuesta de sus presidentes no siempre ha sido la ideal, especialmente en Nicaragua, pero los problemas van mucho más allá del liderazgo.

Lo que la pandemia ha dejado al descubierto en América latina es una desgracia de larga data: la falta de capacidad estatal efectiva, o sea, la capacidad de un gobierno de lograr objetivos políticos.

Con demasiada frecuencia, cuando los gobiernos mueven las palancas que deberían hacer funcionar los sistemas de salud, orden público o bienestar, no sucede demasiado. Perú y Argentina ordenaron confinamientos prolongados el año pasado y ofrecieron generosos programas de asistencia social a quienes no podían trabajar. La ejecución fue irregular: las economías se paralizaron pero los contagios se dispararon.

Incluso en Chile, durante mucho tiempo un modelo en la región, el gobierno está luchando contra una segunda ola de infecciones a pesar de tener uno de los programas de vacunación más rápidos del mundo.

Esa situación se atribuye a una relajación prematura de las restricciones, y a que las vacunas chinas son menos efectivas.

Contar con servicios públicos de mejor calidad y más accesibles son parte de la solución, pero también hay preguntas que responder sobre la eficiencia del gasto estatal.

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Foto: Kalu Institute

Durante la «marea rosa» de los gobiernos socialistas en la región a principios de este siglo, el gasto social aumentó de forma pronunciada, pero sin una mejora proporcional en la calidad de los servicios públicos.

Gran parte del dinero generado por el auge de las materias primas se gastó en planes sociales que sacaron a millones de personas de la pobreza, pero que resultaron difíciles de mantener cuando las deudas se dispararon y los precios de las materias primas cayeron.

Se invirtió muy poco en infraestructura. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, el gasto anual promedio de Latinoamérica en esta área fue de sólo 2,8% del ingreso nacional entre 2008 y 2017, apenas la mitad de lo que administraba Asia oriental.

A pesar de los 14 años de gobiernos del Partido de los Trabajadores en este siglo, casi la mitad de los brasileños carecen de servicios cloacales adecuados.

Argentina gasta aproximadamente la misma proporción del ingreso nacional en educación que Francia, pero con resultados muy diferentes.

En medio de la devastación causada a las vidas y a los medios de vida por la pandemia, las instituciones internacionales ofrecen una receta clara: América Latina debe reconstruirse mejor.

La región debería invertir fuertemente en infraestructura, mejorar la calidad de la educación y la atención médica, llevar a cabo reformas fiscales para reducir la desigualdad y buscar un desarrollo más ecológico.

Se recomiendan esas medidas hace décadas. La clase política dirigente parece no estar escuchando.

En las primeras etapas de un ciclo electoral regional importante, abundan los candidatos populistas que venden recetas fallidas; Pedro Castillo, el activista de extrema izquierda que ganó la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Perú el fin de semana pasado, quiere un extenso programa de nacionalización.

Entonces, como resultado, Latinoamérica corre el riesgo de volver a caer en los hábitos políticos familiares que ya tanto le han costado: populismo desenfrenado de izquierda y derecha, teñido de autoritarismo y contaminado por la corrupción.

Si la región no quiere estar permanentemente por detrás del resto del mundo en desarrollo, debe comenzar por renovar la clase política, presentando una nueva generación de líderes que entiendan cómo construir un consenso nacional en torno al crecimiento sostenible e inclusivo en sociedades más justas e impulsadas por economías competitivas a nivel mundial. En la actualidad, eso parece una posibilidad remota.

(Traducción: Mariana Oriolo)

Otro artículo de interés: Deuda más pandemia acorralan a países emergentes

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