La marcha de la Sal, escribe Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Protestas en Argentina / Foto: nando

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

El 12 de marzo de 1930, Mahatma Gandhi emprendió la que se conoció como Marcha de la Sal, fue en protesta por un ridículo impuesto a la sal. En realidad, fue el golpe final a una institución ridícula, el colonialismo inglés en la India.

Fue una acción sin violencia, sin siquiera una alternativa institucional, sin otro liderazgo que el de una persona que sólo pretendía el fin de un régimen.

En nuestro país hay algo que asoma como indiscutible, la absoluta mayoría de los argentinos se siente defraudados y estafados por las instituciones políticas, pero también por el Estado, es decir por la organización que nos da forma como país.

Desde la rebelión de 2001 continuada por la rebelión del campo en 2008 la sociedad civil viene cuestionando a las instituciones que no nos representan.

Ya no es un inconformismo con un gobierno ni con algún partido. Hay una porción de la sociedad que sigue embanderándose, pero es menor. Hay indicadores muy claros de esa situación, encuestas, y estadísticas, lo que se avecina en los próximos meses o años es el inicio de una marcha de la sal.

Solo los necios se niegan a verlo, son muchos los analistas que lo predicen, pero temen expresarlo con claridad. El vacío institucional para muchos es un agujero negro.

El pueblo argentino ya no cree ni en un resultado de fútbol, no cree en nada que provenga de una institución. Han perdido credibilidad en los jueces, la policía, los bancos, la moneda, los docentes en todos y cada uno de los estamentos institucionales.

La informalidad gana terreno día a día, los profesionales, en una cantidad creciente, tienen más ingresos informales que formales. Ni hablar de los comercios o las industrias. La única salvación que tiene cualquier emprendimiento pasa por la informalidad.

Cual será la forma que tomará la marcha de la sal en nuestro país es difícil de afirmar, pero no es difícil aventurar los caminos posibles. Desobediencia fiscal y renuncia a la producción formal.

Pregunto, solo para afirmar el diagnóstico, qué pueden pensar los civiles de aquellos que inventan el impuesto al sol o al viento, tan ridículo como aquel impuesto a la sal obtenida del mar.

Qué puede sentir un productor cuando algún delincuente le tajea un silo bolsa y lo deja sin el resultado de su trabajo.

Qué puede esperar cualquier persona, de las instituciones, cuando ve absorto que los políticos usan sus influencias para vacunar y vacunarse antes que los mayores.

Podría dar cientos de ejemplos, pero resumo la carencia institucional en la distorsión expresada en una de las más importantes responsabilidades del Estado, garantizar justicia y equivalencia en las remuneraciones a los trabajos. No es admisible, que el poder de presión o influencia sea el asignador de recursos, eso es terminal en la relación entre el gobernado y el gobernante.

El contrato social entre Estado y sociedad está roto, no es un problema de gobierno el que tenemos, es un problema institucional.

Los partidos políticos no son vehículos aceptados por la comunidad como manera de participación, porque no existe. Se expresó en 2001 en el «que se vayan todos».

Creyeron que cambiando la cara de los políticos se arreglaba, no fue así, todo empeoró. La clase política se encerró aún más, aumentó sus privilegios expolió con impuestos a los productores y a los consumidores. La pobreza creció, la educación desbarrancó, la salud pública se convirtió en un negocio de vivos, la educación en un privilegio de pudientes.

Hoy escucho hablar de propuestas surgidas de desprendimientos políticos, no son el camino. La única posibilidad que tenemos es borrón y cuenta nueva, recoger el mazo, mezclar y dar de nuevo.

A eso deberemos llegar sin violencia, no hay en el horizonte nada que la pueda expresar ni organizar, por eso la marcha de la sal. Desobediencia civil, rebelión no revolución. Desorden para lograr un nuevo orden.

No lo propugno lo leo en cada paso que doy, en cualquier actividad que uno desarrolle en nuestro país, el solo hecho de acercarse a alguna institución la convierte en inviable. La calidad de una prestación de servicio es proporcional a la lejanía de lo formal.

No da para más, las elecciones que se avecinan demostrarán el grado de descomposición de las expresiones políticas. Serán decenas de propuestas que sólo pelean por un poder cada día es más repudiado y menos poderoso.

No crean que este es un canto a la desventura, todo lo contrario, la salida será dura, tan dura como fue en la historia cualquier cambio institucional, pero será venturoso porque será sin hipocresía, con la virtuosidad de la sinceridad de querer defender intereses reales, transparentes, sean justos o no.

La lucha de intereses es cotidiana y promisoria porque los intereses de cada persona, de cada sector, de cada territorio, si es transparente es admisible. Lo que es despreciable es un interés inconfesable o espurio y eso es lo que las instituciones de nuestro país expresan.

Es ridículo comparar nuestra situación con la de otros países. En occidente se vive una crisis sistémica, pero los estados no han dejado de cumplir con su cometido, en su gran mayoría. Aquí la crisis es el estado, corrupto y delincuencial.

Viviremos horas muy difíciles, habrá sectores de la política, algunos vendiendo discursos mesiánicos que querrán llevarnos a la violencia. No creamos que ese será el camino.

La resistencia civil ya empezó en 2001 y crece día a día. En un tiempo se expresará en su faceta más descarnada, de ahí nacerá la alternativa.

¡ARGENTINOS A LAS COSAS!

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