El Fin de la Democracia, la opinión de Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Foto: Fermín Grodira

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

El fin de un sueño

Huntington sostenía que la crisis era la condición normal de la democracia, es decir que ella portaba en su esencia, «un cambio profundo» o «la intensificación brusca de los síntomas de una enfermedad» según la acepción del término crisis en la Real Academia de la Lengua Española, por lo cual si agregamos que etimológicamente el término democracia significa «gobierno del pueblo», la opinión del politólogo neoyorkino podría entenderse como la grave enfermedad interminable del régimen o sistema que lo direcciona irremediablemente a una implosión o cambio.

Ya Pericles en Atenas, sostenía que en realidad en lo que se refiere a «pueblo», en el vocablo democracia, no se señalaba al conjunto de los habitantes de la antigua Grecia sino apenas a una elite o clase gobernante.

El hombre, atravesando su historia, siempre fue vaciando de contenido tanto a la palabra como a la forma política, porque el gobierno de mayorías sobre las minorías, o de los muchos sobre los menos, sin el agregado de otros controles, en el mejor de los casos, finaliza generalmente degenerando en una dictadura de las primeras sobre las segundas.

Rousseau consideraba que «jamás ha existido la verdadera democracia y no existirá jamás», el término es apenas una convención, en todo caso, podría considerarse su objeto como una utopía.

El resultado que nos ha dado el uso del sufragio universal, sobre el que se sustenta, es decepcionante y no garantiza nada, Hitler, Mussolini y otros dictadores surgieron del mismo. En América del Sur, tenemos múltiples ejemplos, de este «error de las matemáticas» como le llamaría Jorge Luis Borges.

En idéntica forma ocurre en el campo dogmático, donde el marxismo, por ejemplo, muy difundido en nuestra época, proclama la «dictadura del proletariado», que a su vez califica a los países organizados liberalmente como sometidos a una clase dominante, con acento en su potencialidad económica.

El concepto original del término está tan pervertido que un país lo adoptó como nombre, la República Democrática Alemana, a pesar de girar en la órbita satelital de la tiranía soviética bajo el modo del terror y la delación a cargo de la tristemente célebre «Stasi», construyendo la peor afrenta al hombre libre en el siglo XX como fue el «muro de Berlín», que dividió familias, hogares, tradición, historia, en la Alemania de posguerra.

Carlo Bordoni recuerda que si se estima a la democracia como la expresión soberana de la «voluntad general» nos equivocamos, porque la voluntad no puede ser representada, en consecuencia es más bien una formula convencional que englobaría intenciones, como son la libertad, la igualdad, la fraternidad, siendo todas estas imposibles de mensurar. Son eternas, universales, inmodificables, no pertenecen a una patria, ni a una nación, ni a un territorio, o bien podrían ser de algunos, de todos o de ninguno.

La Reconstrucción

Sin embargo está claro, como dice el profesor de las Universidades de Florencia y de Pisa que, «la renuncia a la democracia sería el fin del mundo que conocemos» y por lo tanto se refugia en Alexis de Tocqueville, a cuyo auxilio recurre, adhiriendo al sistema de división y control de poderes que sabiamente estatuye la Constitución Norteamericana.

La historia de la civilización esta signada por la lucha contra el poder o el abuso de él, reduciéndolo, dividiéndolo, aboliendo las castas, la esclavitud, los absolutismos.

Parece un contrasentido alcanzar la libertad, o al menos la porción de ella que pueda obtenerse, por su opuesto, por quien está destinado o ha nacido para someterla según el Leviatán.

El poder, constituye la herramienta más letal en manos del hombre malo de Hobbes o tal vez la imprescindible para solucionar generosamente nuestras necesidades en el camino a la felicidad para aquel que nace bueno antes que la sociedad lo pervierta como diría Rousseau.

El hombre podrá ser bueno, en el mejor de los casos, pero como señalaba un líder argentino, «si lo controlamos mejor».

La declaración de la independencia de Norteamérica en 1776 y la constitución federal de ese país 1787 en la búsqueda de la libertad, igualdad, fraternidad y felicidad, proclamaron esos objetivos aún antes que la revolución francesa que es de 1789.

La constitución marcó una sensible división del poder y un sistema de controles mutuos entre ellos que ponían a resguardo los derechos y garantías del hombre.

De eso se trata en definitiva, nada menos que de los derechos y garantías que tiene el hombre para vivir libremente, más allá de las mayorías que siempre son circunstanciales y efímeras.

En ese molde «vació» la nuestra José Benjamín Gorostiaga, según sus propias palabras, autor intelectual y material de ella a partir del «esbozo» manuscrito por su puño, en los altos de la panadería de Merengo, en la ciudad de Santa Fe, donde se hospedaba, en la navidad de 1852, para ser después el miembro informante en el recinto de la convención constituyente, y más tarde, con el país organizado, Presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

En ese esquema de controles mutuos entre los tres poderes, en defensa de la libertad, el menos confiable es el Poder Legislativo constituido por las mismas mayorías que en general eligen al Ejecutivo, por eso el judicial que no es elegido en esa forma sino profesionalmente, técnicamente, de una manera supuestamente independiente, es la última barrera de la libertad que tiene el hombre común.

Es el que defiende al ciudadano, representado en el imaginario político por aquel humilde molinero que se enfrentó, un día de 1747, al poderoso Federico «El Grande» rey de Prusia que amenazó con demoler su molino, para construir el jardín de su vecino castillo, contestándole que no le temía porque «todavía hay jueces honestos en Berlín».

De allí que las dictaduras lo tienen como primer objetivo, porque el ataque al poder judicial es el ataque al sistema de la libertad, por eso, nazcan por vía sanguínea hereditariamente, de la fuerza o de las mayorías electorales, doblegar al Poder Judicial está en el ADN de las tiranías.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: El Perro Callejero

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