De Europa a Marruecos, escribe Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Foto: pixelRaw from Pixabay

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

Cheque electrónico, billetera electrónica y efectivo, salud pública y salud privada, educación pública y educación privada, comercio electrónico y trueque, trabajo «formal» y changas. Podríamos seguir y seguir sin final estableciendo dos estándar de vida absolutamente diferentes y contradictorios que han dividido a nuestra comunidad.

En medio, una cantidad decreciente de argentinos que mezclan de esas formas de vida un poco más de una o de otra.

Mientras tanto la élite política, empresaria, periodística, cultural, deportiva sigue actuando como si nuestra opción fuera ser Canadá o Australia.

Juzgan a los países en vías de desarrollo por sus ponencias en las relaciones internacionales, como si nuestra posición fuera tomada en cuenta.

No se llega a esta situación tan contradictoria entre pasado y presente por generación espontánea, hay culpables.

Lo común es echar culpas, las más comunes, los «peronchos», los sindicalistas, los empresarios concentrados, los políticos, el imperialismo internacional, etc. etc.

Nunca la responsabilidad recae en cada uno de nosotros, los argentinos. El famoso «yo no fui» se hizo general y los dedos acusatorios se reparten por doquier.

La dirigencia argentina, primeros responsables de la decadencia, no llegaron a sus lugares de privilegio ni por casualidad ni por imposición de algún poderoso.

Sacando los períodos militares, que en su gran mayoría se impusieron con el consenso de millones de argentinos, fueron dirigentes políticos electos por el pueblo, también lo son los dirigentes de sindicatos, asociaciones de empresarios, productores, asociaciones profesionales, clubes deportivos y asociaciones civiles.

Que es lo que nos pasó, que es lo que nos pasa, como pudimos destruir una nación que, hasta la década de los setenta del siglo pasado, más allá de los enfrentamientos políticos, que en todas las naciones democráticas existen, habíamos logrado ser una nación con expectativas.

Hay una característica que nos distinguió desde ese momento a hoy, la participación en la política de los jóvenes de esa época se canalizó no solo afuera de los partidos sino contra ellos. Todavía hoy continúa.

No fueron ni són jóvenes que, con nuevas ideas y nuevas improntas pelearon por el poder partidario como en la mayoría de las democracias, fueron y son agrupamientos juveniles que denostan a los políticos y a los partidos.

Si le sumamos la violencia y el acceso a poderes institucionales, de esos jóvenes, en función de presiones e imposiciones, terminamos de armar el escenario que dio comienzo a la ruptura de la representación social de los partidos.

La sociedad no vio en los partidos políticos un espacio que los contenga y los partidos comenzaron a ser terreno de luchas de elites definidas por imposiciones, chantajes, operaciones periodísticas, corruptelas, plagada de intereses mezquinos.

Hoy los «políticos» son productos que se exhiben en las boletas electorales al igual que los productos comerciales lo hacen en los escaparates. No tienen ninguna representación, carecen de arraigo social y por consiguiente no tienen control ciudadano.

Gracias a las nuevas tecnologías de las comunicaciones, en la última década los políticos se han visto juzgados por escraches digitales o personales en lugares públicos, casi la única arma que los comunes tienen para controlarlos.

Cuando un político ya no es votado, los expertos en marketing de la élite generan un nuevo producto con un nuevo embalaje, pero con el mismo resultado, más pobreza, inflación, desocupación, informalidad y menos salud, educación, seguridad y justicia.

Mucho se dice que estos males son multicausales, desde mi punto de vista la causa es una y las que son múltiples son las acciones para solucionarlos.

La causa es el vacío de poder político, exclusivamente. Sin poder político no hay confianza, no hay expectativa. El poder no lo dan los votos, el poder lo da la representatividad. Si no hay representación no hay poder.

Entonces hoy tenemos elecciones de productos del marketing político y no de representantes. Si le preguntamos a cada uno de los sectores sociales y económicos si se sienten representados y conducidos por esos dirigentes el coro generalizado dirá un no gigante.

No puedo ni debo juzgar a todos los que practican la política en lo personal, lo que no es posible es que su poder nazca de un acto electoral sin haber llegado al mismo sin representación legítima de algún sector o territorio que lo avale lo contenga y lo controle.

El mundo democrático se enfrenta a un desafío enorme, dentro del régimen capitalista y dentro de la Organización Mundial del Comerio, las autocracias orientales y el régimen ruso se muestran competitivos y lo único que nos distingue, no es una pavada, es la libertad individual.

Algunos vivos quieren aparecer como no alineados cosa imposible, y lo saben. Hoy lo que nos divide no es la ideología como antaño, pero esa posición les permite enriquecerse dentro de la indefinición, estableciendo protecciones, subsidios, corruptelas y monopolios.

Otros quieren pertenecer a los desarrollados, pero siendo sus representantes ante el pueblo y no los dirigentes de su pueblo ocupando el rol que le toque en ese gran desafío de ser eficientes y competitivos, pero en libertad.

El camino está trasado, o recuperamos la política como parte de la comunidad o la élite política nos llevará irremediablemente a la decadencia permanente.

Desde los albores de nuestra nación se debatió si nuestro norte era Gran Bretaña siendo parte del Commonwealth o Francia con sus ideas libertarias o la naciente Estados Unidos de Norteamérica o por último una nación sudamericana haciendo centro en el Perú Inca.

Lo que nunca se pensó es que doscientos años después estaríamos intentando imitar a Marruecos, un reino semidemocrático que, como logro, muestra una organización social de dos comunidades diferentes que funcionan a la perfección.

¡ARGENTINOS A LAS COSAS!

Otro artículo escrito por Hugo Flombaum: Conurbano

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