Conurbano, escribe Hugo Flombaum desde Buenos Aires

OPINIÓN

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Foto: TECHO

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 6 minutos

Cuando se avecinan las elecciones, el conurbano pasa a ser el tema principal de todas las mesas. Por los votos en algunas y por las estadísticas en otras.

Creer que el conurbano es una consecuencia de la economía o de factores sociales es por lo menos una ingenuidad.

Los conurbanos son producto de la incapacidad de la política de generar planes productivos y de educación que generen otra cosa.

El primer y parte del segundo cordón del conurbano bonaerense fueron conformados por la explosión industrial de la posguerra mundial, en los años 50. Fue una ordenada ocupación del territorio de Lanús, primer cordón de La Matanza, Ciudadela, San Martín y el sector de Villa Martelli y Munro de Vicente López. Ya Avellaneda albergaba a industrias frigoríficas y curtiembres.

El segundo albergó por muchos años residencias y quintas de las clases más favorecidas. Quilmes, Lomas de Zamora, Monte Grande, Ezeiza, Castelar, Moreno, Bella Vista, Del Viso y San Isidro. Hoy cuna de barrios cerrados.

Fue en las tres últimas décadas cuando este segundo cordón y el tercero recibieron millones de argentinos y emigrantes de latinoamérica en busca de oportunidades.

Ya no era el trabajo lo que ordenaba la ocupación del territorio sino la búsqueda de éste. Fue la ausencia total de planes de desarrollo lo que generó pobreza y la increíble economía informal que hoy domina el territorio.

De esa situación, desde la llamada formalidad, se ocupan solo dos sectores, los que necesitan de ellos para las elecciones y los estudiosos de la sociología que se ufanan de preocuparse por su situación.

Los primeros usan su inteligencia y sus «estudios» en crear planes y más planes con bonitos nombres. Los segundos en elaborar críticas a esos planes proponiendo otros.

Mientras tanto los que habitamos el conurbano partimos de bases diferentes, la primera y la principal es que sabemos que el 90% por lo menos de los que habitamos el territorio somos honestos, trabajadores, emprendedores seriales y la gran mayoría supervivientes del ataque permanente de la supuesta formalidad.

Sabemos que formalizar esa informalidad es un sueño irrealizable de técnicos e intelectuales, esa informalidad alberga a todo tipo de trabajadores en todos los rubros conocidos, desde profesionales, comerciantes, pequeños industriales hasta trabajadores de todos los oficios.

Será la formalidad la que deberá adaptarse a esa «informalidad», que para todos nosotros es la normalidad.

Si sacamos de la estadística a las grandes empresas y al estado, del resto de la economía la supuesta informalidad ocupa más del 70%.

Los comerciantes, monotributistas facturan el 80% fuera de la formalidad, lo mismo los profesionales, los constructores, los plomeros, los electricistas, y los jardineros. Basta de hipocresía, es la formalidad de los pocos la que deberá adaptarse a la formalidad de los millones de informales.

Una formalidad cara e ineficiente, con un estado caro y estafador y con muchas empresas subvencionadas y con bienes de precios caros y de poca calidad.

La situación de los que recorremos este territorio, porque vivimos en él, es de incredulidad cuando los laboratorios de ideas de la city hablan de nuestra situación, lanzan estadísticas, realizan pronósticos de explosiones sociales o peor se quejan de que esas revueltas no suceden.

La realidad es que la economía informal del conurbano avanza, cual ameba, sobre el primer cordón y sobre la ciudad capital. Ya es común ver que las distintas actividades, para poder sobrevivir, recurren a esa informalidad.

El día que asumamos, los que vivimos y nos desarrollamos en esa informalidad, que debemos hacernos cargo de la formalidad porque nos resulta muy cara y molesta sostenerla será el día que comencemos a hablar en serio de la salida a nuestra problemática y podamos decir a gritos que no queremos trabajar para los que no trabajan.

El día que gritemos que, para resolver el problema de los asentamientos urbanos, que son una ínfima minoría en los once millones de habitantes del conurbano, la solución no pasa por urbanizar la miseria sino por la generación de planes productivos sustentables. Porque el trabajo es el ordenador y no los planes gubernamentales.

El día que gritemos que la educación pública debe ser la prioridad absoluta para encarar los planes sociales y para eso debemos tomar el poder de la educación, hoy en manos de sindicatos y técnicos de poca monta, garantizando que ningún docente pueda ganar menos que un director estatal, terminando con la hipocresía de los políticos.

Ese día será el día que nuestro país pueda reordenar su institucionalidad hoy dislocada por esta locura de sostener dos realidades en un mismo espacio y en un mismo tiempo, una formalidad que abarca a los que no trabajan y una informalidad que agrupa a la mayoría de los que generan bienes y servicios.

Por supuesto en cada realidad hay excepciones.

Mientras tanto en el resto del país conviven, también, dos realidades, pero en distintos territorios.

Provincias que van logrando a través de proyectos productivos sustentables un desarrollo equilibrado, la mayoría ligados a la bioeconomía y a la industria del conocimiento. Y otras que sostienen su existencia a través del soborno obtenido por su sobre representación en el parlamento vendiendo sus votos a cambio de partidas de dinero que les permiten vivir del «no trabajo» estatal.

Si la economía del conurbano toma el espacio de poder que tiene y se alinea con la economía de las provincias productivas del interior y controlan la «formalidad» cara, inútil y corrupta del poder nacional renacerá la nación pujante que hace 45 años teníamos.

A nuestro frente no debe haber más peronismo, radicalismo, liberalismo, marxismo, todas rémoras de un pasado previo al universalismo. Hoy la brecha es trabajo y educación o estafa, corrupción y abuso.

¡¡ARGENTINOS A LAS COSAS!!

Otro artículo escrito por Hugo Flombaum: La política y los políticos

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