El fracaso del federalismo argentino (I), por Antonio Calabrese

OPINIÓN

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Foto: La Flaca magazine

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Hoy comenzamos una nueva serie del escritor, abogado, especialista en el estudio de las instituciones democráticas Antonio Calabrese. Serán tres series con un primer capítulo que abre un apasionante estudio sobre la relación del Estado Nacional con los Estados Provinciales en Argentina, que podría asimilarse también a otros países, para comparar como para disentir. Los errores del inicio, cuando comenzó el proceso institucional que transformó a Las Provincias Unidas del Río de la Plata en Argentina, obedecieron a un sistema falsamente denominado Federal, como lo demuestra Calabrese en este atrapante artículo. Disfruten de esta primera parte.

Lectura: 7 minutos

EL ASPECTO HISTÓRICO

Desde la génesis pueden acreditarse las diferencias de un federalismo imposible como el nuestro al comparar su formación con el modelo norteamericano.

Guillermo Vázquez Franco (1), un importante historiador uruguayo resume la diferencia siguiendo a Melián Lafinur, aquel pariente recordado por Borges en sus cuentos, hablando sobre la «inviabilidad federal a estar a los propósitos de un teórico como Dorrego y expresados sin reserva (y sin teoría) por Artigas» recordando que «En la gran Republica del Norte para que un grupo de vecinos se constituya en Estado son indispensables muchas circunstancias que si no se reúnen alejan por un tiempo indeterminado la posibilidad de que se agregue una estrella más a la bandera de Unión».

Debían probar que tenían el número de habitantes necesario; que tenían personal suficiente para las tareas administrativas, políticas y judiciales; número suficiente de legisladores para ambas cámaras; todos los maestros que sean necesarios para enseñar a los niños en aptitud de aprender; una sede adecuada para las autoridades; recursos de sobra para atender a los gastos del Estado; etc.

La cultura política originaria de ambos países fue diferente. En el Norte se organizaron asimismas las colonias, que después fueron Estados, con sus leyes y autoridades, en cambio en la América Hispana el régimen se centró en las comunas, desde el municipalismo, de origen romano, con el Cabildo, como institución central que identificaba de manera inmediata al gobierno, con gran autonomía de gestión dadas las distancias y la dificultosa comunicación con el centro del poder absolutista cuyo mayor interés era la recaudación.

La «Ordenanza de Intendentes» forjó una amorfa división territorial diseñada en escritorios desde la metrópoli desprovista de sentido racional.

No había elección representativa popular, en todo caso solo corporativa e institucional en España, donde Las Cortes se reunían para tratar temas propuestos por el Rey y los «procuradores» asistían a las mismas en representación de las ciudades autorizadas, con un poder o mandato del que no podían apartarse.

En materia comercial prevalecía el monopolio y el privilegio en contra de la libre competencia.

Las colonias del norte, origen de los trece Estados fundacionales, se autosustentaban, sean grandes o pequeñas, con más o menos habitantes, con mayor o menor volumen mercantil, pero ninguna dependida de las otras.

ALBERTO RICARDO DALLA VÍA (2) sostiene con referencia a nuestra Carta Magna: «nuestro país la adoptó en un contexto histórico diferente y más bien como una fórmula superadora de antagonismos y luchas feroces entre unitarios y federales, siendo que los integrantes de este último bando no eran propiamente liberales en el sentido norteamericano, sino independentistas que propugnaban una confederación de estados soberanos cuyo fundamento principal era la oposición a Buenos Aires. «Para concluir diciendo después de enumerar una serie de razones que: «Todos estos rasgos concluyen para que se afirme que nuestro sistema conforma en realidad un unitarismo solapado»».
NATALIO BOTANA (3) le llama a esa construcción diferente «la representación invertida» recordándose a VICENTE FIDEL LÓPEZ con el texto que menciona «Las colonias inglesas fueron creadas bajo un régimen francamente electoral y republicano; las nuestras bajo un régimen administrativo y gubernamental».

Según ALEXIS DE TOCQUEVILLE (4) se podría resumir diciendo que «Se ha copiado la letra pero nunca alcanzará su espíritu».

LA OPINIÓN DE LAS PERSONALIDADES MÁS RELEVANTES

JOSÉ DE SAN MARTÍN: (Proclama en el Cuartel General de Valparaíso, Julio de1820) consideraba al federalismo como una forma bárbara de Estado y decía «El genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación…».

SIMÓN BOLIVAR: a pesar de su prédica federalista para la conformación de la Gran Colombia, dice en la «Carta de Jamaica»: «No convengo en el sistema federal entre los populares… por ser demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros… en tanto nuestros compatriotas no adquieran esos talentos… lejos de sernos favorable, temo mucho que sea nuestra ruina».

El genio de este gran libertador, que no necesitó ser un gran académico sino solo un agudo observador de la realidad, ratifica esta postura en el «Discurso de Angostura» donde dice: «Cuanto más entro en la excelencia de la Constitución Federal de Venezuela, tanto más me persuado de la imposibilidad de su aplicación en nuestros Estados».

Las necesidades del sistema no eran desconocidas por los federales, tal como lo explica claramente el caudillo federal cordobés, JUAN BAUTISTA BUSTOS en carta del 23/4/1820 a su colega de Catamarca JOSÉ PÍO CISNEROS en donde le dice: «Un territorio para considerarse libre debe tener todo lo necesario para constituirse civil, eclesiástica y militarmente; de lo contrario debe depender de otro y entonces no es libre:… además de los fondos necesarios para costear todo ello son necesarios otros para sostener las instituciones para el adelantamiento de las ciencias y las artes y todo lo necesario para el orden interno del país… deberes a los que deben someterse los emergentes de la federación, pues que esta tiene sus cargas que deben soportarlas los pueblos…». «Bajo estos supuestos dígame usted si Catamarca se halla en aptitud de ser un país independiente».

Para no abundar con citas de SARMIENTO o de ALBERDI (5) quien compara de manera lapidaria y expresa: «Paradojal y utopía es el propósito de realizar las concepciones audaces de Sieyes y las doctrinas puritanas de Massachusetts con nuestros peones y gauchos que apenas aventajan a los indígenas» o de otros padres fundadores, todos cuestionando al sistema, culminaremos con el concepto final y definitivo de la figura máxima del federalismo argentino, su ícono representativo según sus seguidores, Juan Manuel de Rosas.

En su célebre «Carta de la Hacienda de Figueroa» fechada el 28 de diciembre de 1834 y publicada recién el 15 de Marzo de 1851 por «La Gaceta Mercantil», que es un documento liminar, de un profundo conocimiento de nuestra realidad y del sistema, de gran inteligencia y ubicuidad, es tal vez, desde el punto de vista dogmático, lo más importante producido por el caudillo, en el que afirma: «Obsérvese que una República Federativa es lo más quimérico y desastroso que pueda imaginarse toda vez que no se componga de Estados bien organizados… En el estado de pobreza en que las agitaciones políticas han puesto a todos los pueblos ¿Quiénes ni con que fondos podrán costear la reunión y permanencia de ese Congreso, ni menos de la Administración General…».

ADOLFO SALDÍAS (6) recuerda uno de los párrafos más importantes de esa «Carta…» y transcribe «Obsérvese que en Norteamérica no se han admitido como Estados a los pueblos y provincias que se formaron después de su independencia, sino cuando estos pudieron regirse por sí solos».

Como vemos los diferentes orígenes, las distintas experiencias institucionales, las condiciones económicas incomparables no indicaban como posible la adopción de la forma de Estado federal.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: Ser «porteño»

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