Ser «porteño», opinión de Antonio Calabrese desde Buenos Aires

OPINIÓN

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Foto: Alexander Wipf

Por Antonio Calabrese, abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 7 minutos

Siempre piensa que no podría sentirse parte de ningún otro lugar que no fuera Buenos Aires.

Tal vez será por haber nacido aquí, o porque cuando escucha a Gardel parece llevarlo como una escarapela, o porque la sonrisa de Perón cuando dice definiéndolo, con inteligente picardía, que no son buenos sino que los otros son peores, o cuando la gambeta de Maradona, que venía de Fiorito, dribleando ingleses, lo desquita un poco de tantas cosas, o porque cuando escucha a Piazzola, hasta puede lagrimear.

Es que la emoción y la sensibilidad, dibujan firuletes, como los bailarines de una milonga.

No es difícil oír, en la locura agitada de una urbe que se renueva todos los días, la melodía de fondo de un tango que la identifica.

Me parece que no es un sentimiento individual o personal, es colectivo, está más allá de uno mismo se encuentra en los versos de Borges, las descripciones de Mujica o las novelas de Marechal, en los cuentos de Cortázar o Roberto Arlt.

Se percibe en todos ellos y en muchos más, en el bandoneón de Rubén Juárez o el de Troilo, en las voces aguardentosas de Rivero o Goyeneche, en el final reñido de algún «Nacional» en el hipódromo de Palermo que los deja roncos por gritar hasta que cruzan el disco.

Yo creo que es un espíritu que sobrevuela en las calles de cualquier barrio o en sus parques y plazas, enroscándose en los árboles, renaciendo con fuerza en las flores cada primavera.

Siente que son propios los teatros de la calle Corrientes, aunque no tenga dinero para pagar la entrada y ver sus espectáculos, también las pizzerías de la Boca pese a conformarme con los fideos que cocina la vieja, que son lo único que hay y cree que las arboledas de Belgrano forman un túnel que lo recibe triunfal camino de regreso a casa todas las noches.

Cuando uno va en el tren rumbo al trabajo o trepa al pescante de un colectivo, se hunde en las entrañas del subte, cruza las avenidas en el parpadeo de un semáforo, junto a la muchedumbre, en las máximas horas de actividad, es como la sangre que corre por las venas para dar vida a un ser inmenso, a un Goliat, que es la imagen de todos sus habitantes.

En las colas de las paradas del transporte público, en la de los bancos el día que pagan los sueldos o jubilaciones, en la puerta de los estadios cuando juega el clásico el equipo que los apasiona o en la tensa espera de las guardias de los hospitales, los porteños son todos iguales, ricos o pobres, por eso a los que gozan de algún privilegio, a los VIP, no los consideran propios. Son como turistas, ajenos, extraños, de otra parte.

No hay odio ni rencor, tal vez, desdén o desprecio o en algún caso envidia.

La vida sigue y pasa su zaranda dejando a alguno en el camino, cualquiera sea su condición, privilegiado o no, mientras la ciudad renueva y gasta sus energías, cada día en rutinas desparejas.

Pertenecer es saberse parte de todo eso que forma una colorida figura como la que el genio de un artista vuelca en la tela.

Las privaciones de una ciudad incompleta, siempre en estado de superación que a su vez, comparativamente, se distingue en el mundo, son como un espiral eterno de vanas ilusiones, de esperanzas sin concretar, de sueños que se pueden transformar en paraísos o en pesadillas.

Buenos Aires es generosa en los escasos triunfos que permite y en las malas horas, es como llevar un cilicio difícil de aguantar.

Sin embargo, aunque con el sello común, las individualidades sobresalen, aprovechando el talento natural o el mérito adquirido, se lucen, hay muchas estrellas y todos se sienten parte de ellas, ganando o perdiendo, como cuando Firpo sacó del ring a Dempsey o Ringo volteó a Casius Clay o Gatica provocaba a su adversario descubriéndose el rostro, bajando la guardia, seguro de su resistencia, hasta que el campeón de un solo trompazo lo noqueó.

La Sabiduría de Houssay, de Leloir o de Milstein demuestran hasta donde pueden llegar.

Así son, se dan el lujo de elegir un Papa en un mal momento de la Iglesia y tienen hasta dos premios nobel de la paz a pesar de que es la capital de un país que vive en la discordia.

Conquistadores contra originarios; criollos contra españoles; unitarios contra federales; conservadores contra radicales; peronistas contra todos. Con mucha sangre de por medio. No tuvo paz en los últimos 400 años.

Sin embargo allí están, estoicos y orgullosos, dispuestos a vender cara su identidad, la que se hereda, dado que es una construcción de la historia, pero que se debe ratificar o agigantar a cada momento, en cada encrucijada, de lo contrario desaparece.

Esa marca que nació en los que llegaron con Pedro de Mendoza, el granadino, que murieron a manos de los querandíes, cuyos sucesores tiempo después son los mismos que echaron a los ingleses con Liniers a la cabeza, que era francés, que crearon ejércitos con la leva, con hombres de todas las layas, creencias y orígenes, para luchar por la independencia y después contra los malones, que descubrieron sus tradiciones gloriosas con la pluma de Mitre que descendía de italianos, que conoció el martirio con Dorrego que era judío, que integró un país con Roca que era tucumano, que supo ganar finales por el hocico, de atropellada, con Irineo en la montura, que era oriental, con Peucelle que era de Barracas pero inventó «La Máquina» para ganar partidos por goleada.

Porque el que elige vivir aquí se integra, es parte de todo, se diferencia, se hace distinto.

Las épocas van pasando y de las carretas llegaron al subterráneo, de los burdeles a los pubs, de los almacenes a los supermercados, de los cuchilleros a los barra brava, de los arrabales a las villas, pero ahí están con sus defectos y virtudes, capaces de ganar el primer premio de cualquier cosa y después destruirlo u olvidarlo totalmente.

Pueden ser los mejores pero al mismo tiempo los peores, según les venga en ganas.

Como todo sentimiento es difícil definirlo, solo basta dejarlo estar, ser.

En su mochila llevan un pasado glorioso, un presente doloroso y un futuro incierto, además del bastón de Mariscal.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: Los estrechos límites de la libertad

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