Opinión: La Identidad del Peronismo

OPINIÓN

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General Juan Domingo Perón

Escrito* por Antonio Calabrese y Miguel Ángel Pichetto.

Lectura: 11 minutos

Reconocer las ideas que inspiran a las distintas expresiones de la sociedad es una condición esencial para analizar un proceso político.

Es importante, en este caso, para comprender la identidad del peronismo republicano, diferenciarlo de las versiones que nos dio el panperonismo, es decir aquellas surgidas a partir del 1 de Julio de 1974, fecha del fallecimiento del General Perón, muy distantes entre sí, en el campo ideológico.

Sin embargo, partiendo del mundo del pensamiento y abrevando en sus orígenes, no debiera ser tan difícil poder hacerlo.

El peronismo, desde lo dogmático parece una doctrina creada con anterioridad a su existencia, adoptada con la autoridad de los hechos, primero desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, después desde la Presidencia de la República.

Algunos llegan a decir que Perón no creó al peronismo, sino que el peronismo creó a Perón, que supo entender las necesidades sociales imperantes en la Argentina.

Una de sus fuentes radica en dos encíclicas sociales de la Iglesia Católica, estudiadas por Perón previas a la generación de su acción política, que conmovida por la irrupción del industrialismo y el proletariado, ensaya una respuesta a las ideologías socialistas, fundamentalmente el marxismo, las que intentaron monopolizar su interpretación y su representación política.

Gran parte de las ideas de esas dos encíclicas y hasta de la terminología plasmada en «La Comunidad Organizada» y «El Modelo Argentino», expresiones esenciales del pensamiento de Perón, se pueden encontrar en esos textos fundadores de la llamada Doctrina Social de la Iglesia.

La encíclica «Rerum Novarum» («De las cosas nuevas») pertenece al Papa León XIII y sale a la luz en 1891. Es la primera de las encíclicas sociales y fundante de su doctrina social. Su temática versa principalmente sobre las condiciones de la clase trabajadora. Apoyaba e instaba a crear «uniones» o «sindicatos» para mejor defender sus intereses, y a respetar la propiedad privada, aunque agrega la función social de la misma, distintiva de los socialismos que no reconocen ese derecho esencial para la libertad del ser humano. Proponía una organización socio económica muy emparentada con el corporativismo y hablaba de «Justicia social» término por ella acuñado, concepto posteriormente identificatorio del peronismo, que lo toma como propio y lo transforma en el objetivo de su acción política. Condena al Socialismo y al abuso del Capitalismo, e insta al intervencionismo estatal como un factor equilibrante de las distancias entre ricos y pobres, probablemente siguiendo las tendencias del constitucionalismo social de moda en la época (Constitución de 1949).

La segunda encíclica es la «Quadragésimo Anno» que dicta Pío XI en 1931.

En ella el socialcristianismo se hace cargo de los obreros sin pasar por el socialismo. El objeto era reconstruir al mundo después de la primera guerra mundial y la depresión de 1929.

Defiende al salario y al contrato laboral, al que distingue de todos los demás contratos civiles dada la desigual situación de las partes contratantes. Condena al comunismo y propone un nuevo orden social, ni individualista ni colectivista.

Perón que fue un intelectual muy prolífico con formación en el ejército argentino, según puede verse en sus obras completas, asimila a la corriente liberal conservadora de las fuerzas armadas con aquellas enseñanzas de los filósofos de la iglesia. Siempre como una forma superadora y de contención a la izquierda y al marxismo, actitud que continua hasta el fin de sus días.

Cuando dispone convocar a los partidos democráticos para la «Hora del Pueblo» ordena expresamente que se excluya de ella a los partidos marxistas y ya en funciones del último gobierno se recuerdan como las acciones más expresivas de esta breve gestión, a la expulsión de la plaza de los montoneros, la recriminación e intimación a los diputados nacionales representantes de la juventud que proclamaban la patria socialista y la condena del asalto a los cuarteles de Azul que efectúa, ante las cámaras y micrófonos de todos los medios de comunicación, vestido con el uniforme de General de la Nación, que solo volvería a lucir después de muerto en el féretro.

Sus tendencias conservadoras se manifiestan tempranamente al ser protagonista del golpe del 6 de Septiembre de 1930 y al enrolarse, posteriormente con los Justistas, en la lucha entre estos contra los ultra nacionalistas Uriburistas, algo de lo que luego se arrepentiría.

La influencia de esta formación se rebela claramente, por ejemplo, en los nombres que impone a los ferrocarriles nacionalizados: Roca. Mitre, Sarmiento, etc., lejos del revisionismo histórico nacionalista.

Esta visión de la política, fue claramente advertida por la izquierda argentina que masivamente milita en su contra en la «Unión Democrática» aunque deba hacerlo junto a los ultra conservadores, para oponerse no sólo a su elección, desde 1945, sino a toda la obra de sus primeros gobiernos, por los casi diez años que duraron, para terminar participando inclusive, en la «Junta Consultiva» y en cargos y embajadas en el golpe de Estado de 1955, que derroca a Perón, tiñéndose de sangre con los fusilamientos de militares, estudiantes y obreros peronistas en 1956.

Aquella doctrina junto a otros conceptos basados en Ernest Jünger, Oswald Spengler y Max Weber, entre otros, como recuerda Jorge Castro, conforman definitivamente el pensamiento político del peronismo que se va adecuando a los cambios mundiales en una época de dinámica sin precedentes en la vida social y política de las naciones.

Por estas razones antes de la interrupción del segundo mandato se hace notoria no solo su reafirmación del laicismo (ley de divorcio, etc.) sino su apertura a las inversiones externas para la explotación de los recursos naturales (Standard Oil) lo que le permite adentrarse en una visión capitalista del mundo de posguerra que acentuará en su breve y tercer mandato constitucional. El concepto de «Democracia social» que expresa el «Modelo Argentino» es absolutamente diferente de la Socialdemocracia, basada en el «Estado de bienestar» como ícono aglutinante.

El asistencialismo no es propio del peronismo. Los subsidios o la asistencia universal como sistema de distribución de la riqueza pertenecen al concepto del Estado de Bienestar de la socialdemocracia, mientras que para el peronismo en cambio, la justicia social consistió en dar trabajo, en el pleno empleo, en la vida meritocrática, siguiendo nuevamente la enseñanza evangélica de «ganarás el pan con el sudor de tu frente».

La adhesión de Perón a la doctrina social de la Iglesia, quedó referenciada en aquellas dos primeras encíclicas pues las siguientes, en diferentes Papados, derivaron hacia otros aspectos de la vida social y económica, algunos de los cuales son ajenos a la evolución del pensamiento de Perón desde 1940 hasta su muerte.

Hubo algunos intentos como el de principios de 1992 cuando una delegación, integrada por Humberto Toledo, y Erman González entre otros, llevó a Alemania ante el canciller Helmut Kohl la voluntad de integrarse a la internacional socialcristiana, postura que en años posteriores solo la escuchamos, en el primer nivel, en los discursos de José Manuel de la Sota.

En el último lustro, hombres representativos de este peronismo al que denominan «republicano», rescata el pensamiento señalado, despejando otras interpretaciones, adecuándolo a la actualidad para dejar de lado cualquier antinomia con el capitalismo al ser el único sistema sobreviviente, en versiones algunas con mayor u otras con menor intervención del Estado, después del fracaso del corporativismo ensayado por Mussolini o el socialismo de la Unión Soviética en el derrumbe del tétrico muro de Berlín junto al fiasco del experimento cubano.

La distancia entre aquellas ideas originarias de las primeras encíclicas sociales y las más recientes se acentúa con el llamado «pobrismo», expresado en las Encíclicas del Papa Francisco «Laudatio si» y «Fratelli tutti» las que funcionan como criticas muy fuertes al capitalismo, sacralizando la pobreza que transformarían al catolicismo en «una Iglesia de exclusión y clasista».

Reconoce la labor pastoral de los «curas villeros» en un ambiente al que se llegó debido a la baja del nivel medio de vida y en la competencia con el avance de las iglesias evangélicas cuyo desarrollo ha sido muy importante en las últimas décadas en todo el país, como así también en Latinoamérica, pero condena la actuación política de algunos de ellos alejada de la institucionalidad y más bien cómplice de movimientos marginales basados en el asistencialismo y lejos de la cultura del trabajo.

Por ende, el peronismo republicano, sostiene que la idea central no puede ser «la pobreza» como el eje de una supuesta «superioridad moral» sino su eliminación o reducción expresando el ideal de recuperar un sistema donde el capital cumple su función, es productivo, generador de empleo, con un régimen laboral más libre, donde los sindicatos estén y protejan, pero también se adecuen a la oferta y la demanda, donde las Pymes tengan un régimen laboral distinto a las grandes empresas.

Insiste en el concepto histórico que recuerda los mejores momentos de la Argentina, en los cuales estuvo siempre presente el ascenso social, el futuro, el crecimiento, con la idea que los hijos sean mejores que los padres, en el acceso a la universidad pública con el progreso individual y colectivo como objetivo.

La batalla que da el peronismo republicano es en dos planos: en el plano del lenguaje y en el de la acción, es decir en el discurso, en un cambio mental y de valores, en un cambio cultural, en primer término, y luego obviamente en propiciar las reformas necesarias que cambien el descenso de la curva del atraso.

Conjuntamente con la mayoría de los partidos que aceptan los valores de la república en Argentina, el peronismo republicano no solo se referencia en las ideas contractualistas, roussonianas, donde el «Contrato Social» es una especie de Biblia iniciática, teniendo por objeto a «La República» y por Sujeto «Al Ciudadano» sino que incorpora un objeto más amplio como es «La Comunidad Organizada» que «es aquella donde la libertad y la responsabilidad son causa y efecto» teniendo por sujeto «Al Hombre», en toda su dimensión, desde la cultura del progreso, la dignidad del trabajo, la igualdad de oportunidades, el acceso a la educación, la generación de empleo y la solidaridad social.

*Antonio Calabrese es abogado constitucionalista, historiador, político. Columnista de LaCity.com.ar.
*Miguel Ángel Pichetto es abogado, político, senador nacional.

Otro artículo escrito por Antonio Calabrese: La soberanía líquida

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