Autogolpe de Estado, análisis político de Hugo Flombaum

OPINIÓN

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Vicepresidenta argentina, Cristina Kirchner / Foto: Ministerio de Cultura de la Nación

Por Hugo Flombaum, analista político. Columnista de LaCity.com.ar.

Lectura: 7 minutos

Cuando algún analista internacional cree empezar a entender a nuestro país es que no contó con la capacidad creativa de nuestra dirigencia.

Resumiendo, una líder política que estuvo más cerca de la cárcel que de los salones oficiales, por incompetencia del gobierno saliente, se le ocurre poner de candidato a un operador político profesional y acompañarlo en la fórmula.

Gana y a poco más de un año comienza una campaña de debilitamiento del presidente por ella propuesto a pesar de controlar tres cuartas parte del gobierno con funcionarios que le responden.

Imaginen a un inversor, analista, banquero que le cuentan esta historia, primero se ríe luego se toma la cabeza para por fin dar vuelta la página y mirar para otro lado.

Lo de Cristina parece una danza ritual previa al suicidio. Y la oposición, salvo alguna excepción, se parece a un grupo de comentaristas que critican.

Algunos gobernadores, intendentes, empresarios, y millones de argentinos han decidido ignorarlos a ambos y construir sus actividades a pesar de la existencia de esos políticos.

La acción emprendida por Cristina y sus seguidores genera preocupación por los efectos inmediatos y en lo personal un gran optimismo por nuestro futuro.

Si logra su objetivo de autodestrucción no solo desaparecerá ella como opción de poder sino también los que viven de criticarla, tan inútiles como ella misma.

Veo con mucho optimismo una elección sin polarización, lo que generará ganador débil y la oportunidad de generar un verdadero gobierno de coalición que se reúna para construir y no para repartir.

Las coaliciones electorales tienen ese defecto, reparten, no acuerdan.

Las de gobierno o acuerdan o fracasan, pero eso da una oportunidad para rearmarlas.

Hay muchos que buscan un líder, olviden esa búsqueda, no lo hay ni lo habrá. Esa es una consecuencia de la hiper conectividad, las viejas lealtades se convirtieron en efímeras. Todo dura muy poco.

Eso también redundará en un gran beneficio, la política ya no será una profesión para la vida, solo será por un tiempo acotado.

Si lo que llamamos grieta y yo llamo complicidad en un espectáculo que oculta el latrocinio, se rompe por la desaparición de uno de los polos, dará lugar a que movimientos con objetivos explícitos y cumplibles tomen el lugar de los viejos partidos anquilosados y sin vigencia alguna.

Estamos frente a una cantidad de reclamos específicos, de proyectos puntuales, que en el marco de un acuerdo macro que nos de un espacio de certidumbre y de tiempo. podremos debatir y decidir sobre su viabilidad.

El acuerdo macro debe, a partir de la realidad, resolver temas que los argentinos ya resolvimos hace décadas.

Desde 1960 nuestras instituciones no pudieron administrar la moneda nacional, los argentinos elegimos otra, los gobiernos insisten en imponer una moneda nacional que nunca pudieron administrar.

Lo mismo les pasó a los italianos, españoles, franceses, griegos etc. Armaron un banco regional y separaron la administración de la moneda de los gobiernos locales. Fin.

De alguna manera lo mismo hicieron, Paraguay, Chile, Uruguay y otros países vecinos, permitieron que el dólar que no controlaban se convirtiera en una moneda de transacción corriente. De esa manera lograron darle estabilidad a la propia.

Brasil ha logrado con el Real una estabilidad, pero el Banco Central Brasileño se convirtió en una institución impenetrable al igual que su cancillería. Lo que le permitió todo tipo de avatar político sin grandes sobresaltos en su estabilidad económica.

Lo mismo logró Perú, que nos muestra una inestabilidad política asombrosa y Colombia que pasa de un gobierno a otro sin que el Banco Central modifique su política.

No es tan complejo, es un acuerdo al cual arribar, lo difícil es cumplirlo, pero necesitamos garantizarnos que nunca más haya mayorías que lo puedan cambiar, se puede lograr.

Sin partidos políticos que se dediquen al reparto de puestos y no a acuerdos de gobernabilidad es posible lograrlo.

Como hoy las opiniones son puntuales, efímeras y cambiables, no hay lugar para instituciones estáticas que representen ideas comunes.

Argentina se prepara para un cambio de gobierno, vaya a saber cuándo, pero será pronto. El objetivo es llegar a noviembre, ahí empieza el mundial de fútbol, luego vienen las vacaciones y en marzo ya estamos de campaña.

Hay actores que nos acompañarán en la reconstrucción. La producción ligada a la bioeconomía, cada vez más sólida, a pesar de los empeños gubernamentales por destruirla por no aceptar su indudable poder, seguirá siendo nuestro buque insignia.

Otros serán algunos de los movimientos sociales, verdaderos gestores de acciones proactivas en el sector más humilde de la población que, a pesar de los embates de la débil Cristina, seguramente acompañará al proceso de reconstrucción si el nuevo gobierno les propone una acción más constructiva que la de repartir plata y alimentos. Cosa que ellos manifiestan como deseable.

Por último, el capital social más importante, el de los profesionales y técnicos que hemos formado durante décadas y que se hayan quedado en el país.

Ellos deberán ser parte fundamental en la nueva etapa, pero no como material de descarte, sino como parte decisora de las políticas a desarrollar.

En un plan hay dos etapas la primera es la que determina por acuerdo del poder institucional el rumbo, la segunda como transitarlo. En esa parte el actor clave es ese capital imprescindible que representa la materia gris que hayamos desarrollado.

Cuando un poderoso se rodea de incapaces seguro que fracasa y/o roba.

Las economías circulares han venido a cumplir con dos objetivos centrales en esta época de centralización y robotización de la producción a escala.

Han ocupado el territorio abandonado por la urbanización creciente y han desarrollado un hábitat de gran calidad para los que por decisión propia o por expulsión no son parte de la escena super competitiva de la economía global.

Uno recorre enormes territorios en EE. UU. y Europa y ve pequeñas ciudades rodeadas de pequeños pueblos con una calidad de vida entrañable, dedicados a ser parte de una economía circular que los abastece de todos los bienes y servicios que necesitan.

No participan de la trituradora que representa la economía global, no serán los «ganadores» de la competencia por riquezas innecesarias, pero serán formadores de sociedades sanas y felices.

Optimista en el desastre.

¡ARGENTINOS A LAS COSAS!

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