ESPAÑA

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Los expertos reclaman un inventario oficial actualizado para comprender plenamente el estado de las fortificaciones y frenar su deterioro progresivo: más de la mitad corren peligro de derrumbarse.
«Una cantera de ruinas». El arquitecto Ignacio Gil Crespo adopta el análisis que el crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño utilizó a principios de la década de 1950 para evaluar el estado de los castillos españoles. «Cuando uno visita un pueblo donde el castillo está en ruinas, es muy fácil ver fragmentos del mismo en las casas», explica el especialista, miembro de la comisión del Plan Nacional de Arquitectura Defensiva. Si bien el estado general de las fortalezas sigue siendo ruinoso, algunas cosas han cambiado en el último siglo. «Tenemos entre 800 y 1000 años de abandono y 100 años de concientización y restauración», aclara.
Sin embargo, la falta de información sigue siendo un obstáculo importante en el paisaje nacional, inseparable de torres, murallas, almenas y barbacanas. Para evitar el deterioro gradual de las fortificaciones, es fundamental saber cuántas hay y dónde se ubican, pero aún no se han completado los sucesivos intentos de contarlas, clasificarlas y evaluar su estado de conservación. «Todavía no existe un inventario definitivo; a menudo, la gente ni siquiera sabe que existen», lamenta Gil Crespo.
«El primer catálogo data de 1968 y es el reconocido por el Ministerio de Cultura, pero resulta totalmente insuficiente debido al escaso número de entradas», explica Miguel Ángel Bru, director de la Asociación Española de Amigos de los Castillos. Esta organización se ha propuesto subsanar esta falta de datos y lleva medio siglo trabajando en la catalogación de todas las estructuras defensivas ─con un resultado de más de 10.000─, pero el complejo proceso aún no ha concluido (la cifra real podría ser casi el doble). «Resulta indignante que no podamos ponernos de acuerdo en algo que países como Francia o Alemania tienen tan claramente definido», critica el arqueólogo, dando en el clavo: «El hecho de que los gobiernos autonómicos [de España] tengan jurisdicción sobre el patrimonio […] es positivo porque están más cerca de la ciudadanía; el problema es que, en la práctica, cada uno actúa prácticamente a su antojo, e incluso sus normativas contradicen la Ley Nacional de Patrimonio de 1985». Incluir o no un edificio en esa hipotética lista oficial no es un asunto menor: todos los castillos gozan del máximo nivel de protección desde el decreto de 1949 (primero monumentos nacionales y actualmente bienes de patrimonio cultural) y, además, pueden beneficiarse de exenciones fiscales, como el impuesto sobre bienes inmuebles.
El alarmante estado de abandono de las fortificaciones españolas ha vuelto al debate público después de que un visitante grabara con su móvil el derrumbe de una de las torres del Castillo de Escalona (Toledo) en marzo, un incidente que, afortunadamente, no causó heridos. La fuerza del derrumbe y el momento de la filmación causaron gran revuelo, pero quienes llevan décadas investigando castillos permanecen imperturbables. «Ver una foto de un montón de escombros y compararla con la imagen anterior siempre es angustiante, pero solo se menciona como una curiosidad», advierte Miguel Sobrino, autor de la monografía Castillos y Murallas (La Esfera, 2022). El educador sostiene que este fenómeno es relativamente común y señala otros casos que recibieron menos atención pública, como los derrumbes de los castillos de Almonacid, también en Toledo, y Peñarroya (Ciudad Real). O los frecuentes derrumbes de murallas, como en Salamanca, Plasencia, Lugo o Huesca. El arqueólogo Miguel Ángel Bru cuantifica el alto riesgo de destrucción: «Seis de cada diez castillos en España corren riesgo de derrumbarse, pero si hablamos de derrumbes menores, caídas parciales, ya estamos hablando de ocho de cada diez».
Un ejemplo emblemático de abandono y peligro real de derrumbe, advierte Bru, se encuentra a orillas del río Tajo, en la frontera entre Toledo y Aranjuez. «El Castillo de Oreja, construido sobre los restos de una antigua ciudad andaluza y con una torre excepcional, presenta enormes problemas estructurales, y llevamos tiempo advirtiendo que acabará derrumbándose». La inacción y el abandono, en este caso, son más que evidentes. «Ha habido gente durmiendo dentro, ocupando ilegalmente el castillo, e incluso se han celebrado fiestas rave», subraya el arqueólogo.
Otro ejemplo llamativo es el último vestigio de un castillo medieval cuya silueta se divisa desde la autopista A-6 al cruzar la provincia de Valladolid. «La torre de Mota del Marqués, con su espectacular bóveda, parece partida por la mitad, como si levitara, esperando el día en que se derrumbe», explica Bru. El investigador Miguel Sobrino, por su parte, está especialmente preocupado por otras fortificaciones de Castilla y León que se están desmoronando lentamente, como las de San Leonardo de Yagüe (Soria) y Cea (León). Aun así, prefiere mirar al futuro con cierta esperanza, dada la rehabilitación y consolidación en curso de importantes fortalezas como las de Belmonte de Campos (Palencia) y Ucero (Soria).
Gil Crespo ha identificado claramente las amenazas más perjudiciales para las fortalezas españolas: «Un castillo es un elemento funcional; cuando pierde su función, su función defensiva, se considera abandonado». Algunos de ellos, especifica, llevan milenios en este estado de abandono, circunstancia que no se ha dado, por ejemplo, en edificios religiosos como iglesias o catedrales. También señala la «geología misma», que «erosiona la base, produciendo grietas e incluso derrumbes completos». Este es precisamente el factor que amenaza el castillo de La Raya (cerca de Monteagudo de las Vicarías, Soria). «El borde de la meseta sobre la que se asienta se está desmoronando gradualmente, y recientemente se han producido derrumbes en algunos muros; son causas muy difíciles de resolver porque no podemos detener las placas tectónicas de la Tierra», explica. El equipo de Gil Crespo ha elaborado el plan director ─un documento que describe las acciones futuras─ para el Castillo de Atienza (Guadalajara), donde «en algunas zonas existe un riesgo inminente, no solo para la integridad del monumento, sino también para la seguridad de las personas». El arquitecto relata cómo «un martes a las 10 de la mañana, mientras trabajábamos allí, una piedra del muro cayó por la puerta por donde pasan los lugareños a comprar pan». Afortunadamente, no hubo consecuencias.
Sin embargo, es el comportamiento humano lo que amenaza más seriamente a estos edificios. «Tampoco deberíamos culpar a los habitantes de un pueblo por llevarse piedras de un castillo para construir su casa; creo que todos habríamos hecho lo mismo». Gil Crespo vuelve a señalar el saqueo, muy común en edificios defensivos que se convirtieron en canteras no oficiales de materiales de construcción al derrumbarse, como denunció la historiadora Gaya Nuño. «Si uno pasea por el pueblo segoviano de Maderuelo, ve piedras del castillo en cada fachada», describe. Aunque, cuando el arquitecto habla de «causas antropogénicas», se refiere, sobre todo, a las «malas acciones» que los humanos han llevado a cabo sobre numerosas fortificaciones por ignorancia. «Si se construye un parador (un hotel estatal), como ocurría mucho en los años 60, y se abre una puerta en medio de un muro, ese elemento deja de cumplir su función», explica. O también, por miedo: «A veces se realizan refuerzos inadecuados con materiales como el hormigón armado o el cemento, que es muy rígido, no transpira y libera sales, por lo que acaba causando más daños».
Entonces, ¿por qué España ha dado la espalda a sus castillos? Bru cree que el mal estado de estas fortalezas se debe a la «visión turística» de estos edificios. «Cuando se invierte, no es por necesidad para el castillo en sí, sino por el beneficio potencial que se puede generar en la zona circundante a través del turismo», argumenta. Sobrino, por su parte, sostiene: «Todavía tenemos la oportunidad de conservar castillos medievales en un estado muy auténtico, algo muy difícil en Francia». Por supuesto, la otra cara de la moneda parece revelar la clave del problema actual. «Quizás, al no haberse transformado con el tiempo, a veces no sabemos muy bien qué hacer con ellos, y eso sí que es peligroso; en el caso de los castillos, la lluvia de ideas puede ser como la lluvia ácida», advierte. Para Gil Crespo, la situación actual debe analizarse en un marco temporal mucho más amplio: «Dentro de la historia de un monumento que puede tener mil o mil quinientos años, nosotros somos solo una fase más». Una simple etapa que, en su opinión, debería limitarse a «preservar y documentar» este antiguo legado.
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